Ensayo · Filosofía política · Materialismo dialéctico
Sobre el Papel y la Viabilidad de la Violencia en la Lucha Social de las Mujeres En Particular y en las Luchas Sociales En General
Violencia, normalidad y orden social
La palabra “violento” posee una raíz etimológica latina (“violentus”) que el diccionario de la Real Academia Española define en su edición tricentenario (actualización 2020) como “Que implica fuerza e intensidad extraordinarias”.
¿Hubo violencia en las manifestaciones en el Día de la Mujer alrededor del mundo? ¡Por supuesto que sí! ¿Es justificable esa violencia? Para responder, que es lo que busca hacer esta exposición (y no únicamente para el caso de la lucha feminista), hay que comenzar por decir que el machismo es un fenómeno (descrito en líneas generales muy bien por Friedrich Engels en El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado) inherente a los sistemas de economía política, es decir, a sistemas económicos en que las diferencias de recursos son lo suficientemente significativas como para dar lugar a la existencia de intereses sociales irreconciliablemente contradictorios (antagónicos, su conflicto sólo puede ser resuelto mediante la aniquilación de una clase por otra —así como la burguesía aniquiló físicamente a la clase feudal durante la Revolución Francesa y después de ella, así como la clase feudal aniquiló a la clase esclavista cuando Flavio Odoacro sacó de los pelos a Rómulo Augusto para deponerlo y autoproclamarse rey de Italia, dando así fin al Imperio Romano de Occidente y a Roma antigua con ello, al imperio más grande que algún ojo humano ha visto hasta la fecha—); a continuación se expandirá al respecto.
Como se planteó, el machismo es parte del estado natural de las sociedades de clases (i.e., sistemas de economía política), así como el racismo, la pobreza, la marginación, la exclusión y otros tantos hechos sociales (siguiendo la terminología de Émile Durkheim en Las Reglas del Método Sociológico, quien plantea que los fenómenos sociales deben ser tratados como cosas —y a tales fenómenos les llama hechos sociales—) omnipresentes no sólo en el capitalismo sino en toda sociedad de clases, tan omnipresentes que son parte de la normalidad cotidiana de las personas y precisamente por estar profundamente normalizadas no suelen enfrentar resistencia… repensando la antigüedad, Roma no era Roma por las lanzas que llevaban sus legiones, lo era por las ideas que esas legiones imponían con esas lanzas (financiadas con recursos de diversa índole, fundamentalmente económicos) en las cabezas de los pueblos y se sedimentaban con el paso indetenible del tiempo. Por supuesto, en la reflexión anterior la palabra clave es “normalidad”.
Sistemas dinámicos, ergodicidad y crisis
En sistemas dinámicos (un sistema debe entenderse como una especie de orquesta musical que no sólo posee instrumentos y músicos, sino también una dinámica concreta mediante la cual lo que ocurre en un momento condiciona lo que puede ocurrir posteriormente —todo fenómeno con el suficiente grado de complejidad puede ser estudiado de esta forma en la Física y en otras ciencias—) existen distintas nociones que nos arrojarán luz en este análisis. Una de ellas es la medida invariante, que matemáticamente es una forma de medir la distribución de los estados posibles del sistema que permanece preservada bajo la propia dinámica de este. Dicho de una manera menos formal, aunque sin perder la esencia conceptual, si el sistema evoluciona mediante una determinada regla, la medida invariante permite describir una estructura estadística que no cambia simplemente porque el sistema avance en el tiempo.
Ligada a la noción anterior aparece la ergodicidad. Un sistema ergódico, bajo las condiciones matemáticas correspondientes, no queda dividido en regiones dinámicamente independientes de medida positiva entre las cuales su trayectoria no pueda transitar; por ello, su evolución temporal puede llegar a representar adecuadamente las propiedades estadísticas globales del sistema. En términos coloquiales (y sólo en términos coloquiales), la ergodicidad expresa una forma particularmente fuerte de unidad estadística de la dinámica: el sistema no posee varios “mundos” dinámicos relevantes completamente separados entre sí dentro de la misma descripción.
Distinta, aunque posteriormente relacionada con el estudio de fenómenos críticos y con la renormalización, es la noción de longitud o escala característica. Una escala característica es una magnitud que sirve como referencia relevante para describir la estructura de un sistema; por ejemplo, la longitud característica de una circunferencia puede tomarse como su radio, puesto que conocido el radio puede reconstruirse completamente su escala geométrica. En sistemas físicos más complejos aparece, por ejemplo, la longitud de correlación, que expresa aproximadamente hasta qué distancia dos regiones del sistema mantienen comportamientos estadísticamente relacionados. Cerca de determinados puntos críticos esa longitud de correlación puede crecer extraordinariamente y, en el límite ideal correspondiente, dejar de existir una escala finita privilegiada; es precisamente allí donde pueden aparecer invariancias de escala y formas de autosimilitud, es decir, situaciones en que determinadas relaciones estructurales relevantes se conservan aproximadamente al observar el sistema a escalas distintas.
La importancia de distinguir estos conceptos no es puramente terminológica. La ergodicidad se refiere a la estructura dinámica y estadística del sistema bajo una medida invariante; la escala característica y la longitud de correlación pertenecen a otra familia conceptual; y la renormalización estudia cómo cambia la descripción efectiva del sistema cuando cambia la escala desde la cual se lo observa. Las tres nociones pueden encontrarse relacionadas en el estudio de sistemas complejos y fenómenos críticos, pero no significan lo mismo ni una puede definirse simplemente mediante la otra.
Una ruptura de ergodicidad, hablando con mayor precisión, no consiste en que desaparezca una longitud característica, sino en que la dinámica deja de comportarse como un único régimen ergódico y aparecen regiones, estados o sectores dinámicamente separados que ya no pueden ser recorridos de manera equivalente por una misma trayectoria del sistema. Dicho de forma menos formal, el sistema deja de comportarse como si toda su dinámica relevante perteneciera a un único “mundo” estadístico y comienza a quedar atrapado, dividido o diferenciado entre configuraciones que poseen historias dinámicas distintas. En este sentido, y únicamente en el nivel de correspondencia estructural cualitativa que aquí interesa, las crisis del capitalismo pueden concebirse como rupturas de la ergodicidad del régimen social precedente: la reproducción ordinaria del sistema deja de garantizar por sí sola la continuidad de las mismas regularidades económicas, políticas e ideológicas y comienzan a abrirse trayectorias que antes permanecían contenidas dentro de la normalidad del orden.
Las contradicciones del capitalismo son multidimensionales puesto que este es un sistema complejo de características multidimensionales; sin embargo, su contradicción fundamental es la disociación que existe entre la producción y el consumo (que es el fenómeno económico que se presenta en la esfera de la circulación como disociación entre inversión y ahorro, pero la esfera de la circulación está subordinada en última instancia a la esfera de la producción; por ello la disociación esencial es entre la producción y el consumo —y esta disociación obedece a relaciones de distribución institucionales, i.e., relaciones de distribución fijadas con antelación al proceso de producción y que no obedecen a criterios técnicos sino puramente políticos; aquí se habla de la relación de distribución en sí, no de la distribución como tal—). La determinación de las relaciones de distribución institucionales de la sociedad con antelación al proceso de producción es un brillante descubrimiento realizado por William Hickling Prescott, el padre de la Historia (la historia desde su perspectiva científica) en los Estados Unidos (puesto que él es considerado de forma general como el primer historiador científico en ese país) en su obra Historia de la Conquista del Perú y sobre la cual profundizará Marx en su célebre investigación conocida como los Grundrisse (no debe confundirse con El Capital, puesto que los primeros son el fundamento de los segundos y de Contribución a la Crítica de la Economía Política).
En el contexto de este artículo la contradicción de interés es aquella que expresa que el sistema de economía política capitalista difunde cada vez más la tecnología (la cual a su vez desarrolla incesantemente) y el impacto que este vertiginoso cambio tecnológico, cada vez más homogéneamente presente en la sociedad occidental (generalizar la afirmación anterior no sólo sería un craso error sino también una profunda falta de respeto, puesto que África y el mundo árabe sufren y el mundo digno sufre con ellos), genera, en conjunto con otros factores (fundamentalmente la exacerbación de la explotación —independientemente de la forma que tome tal explotación, lo de George Floyd es una de las formas que la explotación toma, específicamente es su forma racial—), rupturas en la ideología dominante, lo que poéticamente se expresa como un despertar en las conciencias de los pueblos. También en el contexto de los sistemas dinámicos y de la Física (tanto teórica como aplicada), los fenómenos críticos pueden aparecer asociados al enlentecimiento de la dinámica del sistema; en la Economía Política ambas cuestiones están íntimamente relacionadas, es decir, la ralentización del sistema de economía política (la cual se expresa en las crisis económicas) y la ruptura ideológica ocurren en un mismo intervalo de tiempo (primero ocurre la ralentización económica, luego la ruptura en la ergodicidad ideológica o uniformidad ideológica en la sociedad o sistema social capitalista).
Planteadas así las cosas resulta evidente que las crisis económicas (que son el núcleo de las crisis sistémicas del capitalismo, mas no el único factor relevante —la anatomía de la sociedad civil debe buscarse en su Economía Política—) pueden ser comprendidas, en el nivel de correspondencia estructural cualitativa aquí empleado, como rupturas de la ergodicidad del régimen social precedente, mientras que el reacomodo de la sacudida estructura económica posterior a la crisis (este reacomodo implica la centralización de capital —que las empresas grandes se coman a las pequeñas tras las crisis—, la desaparición o absorción de unidades productivas, la modificación de relaciones entre ramas y escalas productivas y otras cuestiones aparejadas a ello) presenta una estructura cualitativamente correspondiente a la lógica que en Física se estudia mediante la renormalización.
La renormalización no consiste en “volver el sistema a la normalidad”, ni en recuperar simplemente una longitud característica que se perdió, sino en estudiar cómo cambia la descripción efectiva de un sistema cuando cambia la escala desde la cual se lo observa y qué relaciones continúan siendo relevantes después de ese cambio de escala. En determinados fenómenos críticos ocurre precisamente que los detalles microscópicos dejan de determinar de forma independiente el comportamiento macroscópico y ciertas propiedades colectivas pasan a dominar la descripción del sistema, lo que permite que sistemas materialmente diferentes compartan una misma estructura efectiva a gran escala.
Debe recordarse que la autosimilitud puede aparecer en este contexto como conservación aproximada de determinadas relaciones estructurales bajo cambios de escala. En términos coloquiales (y sin perder por ello la esencia conceptual), la imagen de las muñecas Matrioshka continúa siendo útil siempre que se introduzca una pequeña pero importante precisión: no se trata de afirmar que cada muñeca sea literalmente el mismo objeto físico que la anterior ni que todo sistema sea idéntico a sí mismo en cada escala, sino que determinadas relaciones de estructura pueden reaparecer cuando se modifica la escala de observación. Esa es precisamente la característica que interesa aquí: el todo y sus partes no tienen que ser formalmente idénticos para que determinados patrones estructurales puedan conservarse, transformarse o reaparecer a diferentes escalas.
Isomorfismo, dialéctica y transformación
Conviene aquí decir que, como señalan los filósofos soviéticos en el diccionario filosófico de 1965 (que por cierto marcó el destierro sistemático del Stalinismo de la academia —en particular de la academia filosófica—, aunque no por ello necesariamente de la cotidianidad en general), la realidad misma presenta relaciones de isomorfismo, entendiendo aquí la palabra en su sentido filosófico-estructural: fenómenos materialmente distintos pueden reproducir relaciones internas de organización cualitativamente equivalentes sin ser por ello objetos formalmente idénticos. Lo que interesa filosóficamente en el isomorfismo es, entonces, la preservación de una determinada estructura de relaciones.
En Matemáticas la palabra “isomorfismo” posee un significado más restringido: designa, en términos generales, una correspondencia biyectiva que preserva la estructura relevante del tipo de objetos que se estudian. Cuando se habla específicamente de Topología, el isomorfismo entre dos espacios topológicos recibe el nombre de homeomorfismo, que es una función biyectiva y continua cuya inversa es también continua; intuitivamente, dos espacios homeomorfos poseen la misma estructura topológica aunque puedan diferir completamente en tamaño, distancias, ángulos u otras propiedades métricas. Una homotopía, por su parte, no es simplemente otro nombre para lo anterior ni una generalización inmediata del homeomorfismo, sino una deformación continua entre aplicaciones; y la equivalencia homotópica sí constituye una noción más débil de equivalencia entre espacios, puesto que conserva propiedades topológicas más generales sin exigir la identidad estructural más fuerte que impone un homeomorfismo.
Esta distinción matemática no contradice el empleo filosófico soviético del isomorfismo, sino que ayuda a precisar los niveles de la exposición: aquí no se afirma que dos fenómenos pertenecientes a dominios diferentes de la realidad sean necesariamente homeomorfos bajo alguna aplicación matemática concreta que no ha sido definida, sino que pueden existir entre ellos correspondencias estructurales cualitativas. Algo semejante puede observarse incluso en las ciencias naturales cuando modificaciones de la conectividad, de la configuración o de otras propiedades estructurales relevantes de una molécula cambian las propiedades o funciones accesibles para ella; la estructura no es un adorno exterior puesto encima de la materia, sino una de las determinaciones concretas de la forma en que esa materia existe y actúa.
Esto es equivalente a cómo en el sistema hegeliano (que debe recordarse que busca sintetizar los estudios de los antiguos griegos sobre la Naturaleza y los estudios del idealismo clásico alemán que le precedía sobre el Pensamiento) el Ser En Sí (que expresa a “eso que está ahí”, a la Naturaleza) se refleja y se sintetiza dialécticamente con el Ser Para Sí. Una síntesis dialéctica (que en su forma más general se expresa por la palabra alemana Aufheben, que significa simultáneamente eliminar y superar —siendo rigurosos, la diferencia es que el Aufheben ocurre a nivel de lo homogéneo, mientras que la síntesis propiamente dicha a nivel de lo heterogéneo, pero como la realidad en general es un todo que se refleja con relativa y variante precisión en sus partes, entonces el Aufheben es más general que la síntesis—) es la resolución de las contradicciones entre los componentes integrantes de un todo (ligados indisolublemente por la misma naturaleza de la realidad) tras una acumulación cuantitativa de las contradicciones inherentes a la naturaleza de las partes que conforman ese todo, lo cual permite un salto cualitativo del todo, que a su vez implica un cambio de esencia (lo que Hegel describe como el tránsito del Universal Abstracto al Universal Concreto —Hegel es, por cierto, el único filósofo hasta la fecha que incluye al Universal Concreto en su sistema—).
Hegel en su obra Ciencia de la Lógica realiza una analogía entre el Aufheben y la Mecánica Clásica (la Física de su época), específicamente con el momento de fuerza de la palanca. Del ejemplo que el filósofo alemán expone se evidencia que para él lo importante es que a nivel de sistemas físicos los momentos de fuerza de la palanca permiten representar cómo la aplicación de una acción sobre un sistema altera su estado o su dinámica y genera una respuesta condicionada por la propia estructura del sistema; filosóficamente, lo que interesa de este ejemplo es la relación entre acción, resistencia y transformación, no afirmar que toda contradicción social sea formalmente reducible a la ecuación mecánica de una palanca.
La noción anterior se manifiesta también, bajo determinaciones científicas diferentes pero con una estructura cualitativamente afín, a bajas escalas físicas de medición. En Mecánica Cuántica y, de forma más general, en Teoría Cuántica de Campos, las partículas se clasifican según su espín y la estadística que obedecen en dos grandes familias: bosones y fermiones. Los bosones poseen espín entero y obedecen la estadística de Bose-Einstein; los fermiones poseen espín semientero y obedecen la estadística de Fermi-Dirac. Son bosones, por ejemplo, los fotones y el célebre bosón de Higgs, mientras que electrones y quarks son fermiones (protones y neutrones también son fermiones, aunque a diferencia de electrones y quarks no son partículas elementales sino estructuras compuestas).
Una de las formas más poderosas de representar sistemas cuánticos de muchas partículas es la conocida como segunda cuantización, en la que los estados se describen mediante números de ocupación y se introducen operadores capaces de aumentar o disminuir la ocupación correspondiente a un determinado estado. A esas operaciones se las representa mediante los llamados operadores de creación y aniquilación: un operador de creación incrementa la ocupación del estado correspondiente y uno de aniquilación la disminuye. Estos operadores no pertenecen únicamente al caso de los bosones; aparecen tanto para bosones como para fermiones, aunque su estructura algebraica es distinta: los operadores bosónicos satisfacen relaciones de conmutación, mientras que los fermiónicos satisfacen relaciones de anticonmutación, diferencia que expresa matemáticamente las distintas estadísticas cuánticas de ambas familias.
Lo filosóficamente relevante del proceso anterior no consiste en convertir la segunda cuantización en una demostración de una tesis social ni en afirmar que una revolución sea una interacción de campos cuánticos (lo que sería evidentemente absurdo), sino en constatar que incluso en uno de los niveles más fundamentales de la descripción contemporánea de la materia los procesos de transformación se representan mediante relaciones entre creación y aniquilación, aparición y desaparición, ocupación y desocupación de estados. La forma científica particular pertenece a la Mecánica Cuántica; la correspondencia estructural cualitativa que interesa a la filosofía consiste en que transformación, negación y producción de nuevas determinaciones no aparecen necesariamente como procesos externos y mutuamente incomunicados, sino como momentos relacionados dentro de una misma dinámica material. Todo lo anteriormente descrito respecto a los operadores de creación y aniquilación puede encontrarse desarrollado, entre otras fuentes, en la obra Mecánica Estadística de Richard Feynman publicada por Avalon Publishing en 1998, específicamente en las páginas 167 y 174-175.
Lo anteriormente planteado en relación con los isomorfismos en el sentido filosófico antes definido —esto es, con la preservación de determinadas relaciones estructurales a través de manifestaciones diferentes— se recoge en dos adagios de la sabiduría popular, específicamente en “La mona, aunque se vista de seda, mona se queda” y “El que anda entre la miel algo se le pega” (que es isomórfico a “El que con lobos anda, a aullar aprende”). Sin embargo, con precisión inequívoca se recoge en una expresión popular que pertenece a un tipo de sabiduría popular (seguramente más popular) menos elaborada, más cruda (pero muchas veces más poderosa analíticamente): es la misma “cuestión” con diferente olor. Eso son precisamente todas las reestructuraciones económicas tras las crisis capitalistas y toda promesa de reformismo provenientes de la clase gobernante (la clase político-burocrática) y de la clase dominante (los dueños de los grandes medios de producción, que es el tipo de propiedad privada que critica Marx —nunca la propiedad personal y distinguir ambos tipos no ofrece dificultad a un intelecto de mediana estatura o superior—), puesto que las crisis son el único resultado posible (todo resultado es resultado en cuanto producto de un proceso; ese proceso son precisamente los ciclos industriales de la economía) del comportamiento natural o normal del capitalismo, puesto que ello es lo único que puede ocurrir cuando se introduce el cambio tecnológico vertiginoso en una sociedad en la que existen clases sociales y en la que una de ellas se dedica a producir para rentabilizar, pero para rentabilizar necesita del consumo final de otra clase social con la que entra en contradicción (porque salarios y beneficios empresariales tienen una relación inversa). La realidad capitalista como un todo, así como la realidad como un todo en general, reproduce en sus partes determinadas relaciones estructurales que pueden ser isomorfas en el sentido filosófico antes definido; de lo que se trata es de describir adecuadamente qué estructura cualitativa se conserva entre el todo y sus partes y, cuando se quiera hablar de un isomorfismo en sentido matemático estricto, definir entonces de manera explícita cuáles son los objetos, las relaciones y las transformaciones que preservan dicha estructura.
Tecnología, bienestar y poder político
La magnitud y la dirección de la disrupción social realizada por el cambio tecnológico vertiginoso dentro del capitalismo obedece a que este multiplica de forma no lineal (viendo esto como una función matemática, no como una mera gráfica de puntos) las fuerzas productivas del ser humano (y con ello se multiplica asimismo de forma no lineal —en el sentido antes definido—, de ahí que el capital sea trabajo acumulado, trabajo pasado), tal como se puede ver en las siguientes gráficas de puntos (y también en muchas otras que se pueden encontrar sin siquiera mínimas dificultades en la web).
A la luz de las gráficas anteriores resulta indispensable hacer una pausa aquí para hablar sobre la ampliamente conocida justificación ético-moral del capitalismo que sostiene que es un sistema ideal en tal sentido (ético y moral) porque provee mayor bienestar que sus antecesores (que la comunidad primitiva, que el esclavismo y que el feudalismo). Bajo esa lógica se omiten cuestiones no triviales, por ejemplo, que la justeza de un orden social no puede medirse simplemente por el bienestar relativo (midiendo ese bienestar en aspectos únicamente materiales) que provee a sus ciudadanos, porque bajo esa lógica Hitler sería indudablemente más justo que algún jerarca de las gens (de la época de la comunidad primitiva cuando imperaba el orden de sucesión matrilineal —vía la madre, no existía aún la discriminación de género—), cuando tales jerarcas no eran genocidas, ni discriminaban (ni siquiera existían las clases sociales), y ello también implicaría omitir a su vez que el progreso tecnológico es un logro social (colectivo, fundamentalmente de la clase trabajadora, que incluye a los científicos y técnicos) y acumulado (el cambio tecnológico puede ser superior en el capitalismo, pero no por eso se lo inventó la clase capitalista —que ni siquiera es la que lo concibe intelectualmente en la generalidad de ocasiones—), y seguramente no sólo judíos y polacos sino también muchos alemanes no estarían de acuerdo con ese razonamiento.
El nivel tecnológico del que disponga un sistema social debe considerarse en conjunto con el bienestar material que provee a sus ciudadanos (y eso aún sin complejizar la cuestión añadiendo el bienestar psicológico), porque sólo así se podrá analizar a un sistema también en términos del bienestar que ese mismo sistema puede dar y no incurrir así en reduccionismos vulgares al comparar sistemas sociales cuyo progreso es acumulado y que los separan miles de años, es decir, el nivel tecnológico relativo (en relación al de sus pares) del que dispone un sistema debe ser el factor de estandarización que vuelva lógicamente óptima la comparación entre los diferentes sistemas de producción social que han existido a lo largo de la historia. En ese apartado es evidente que el capitalismo sólo puede ser comparable al esclavismo, aunque evidentemente es superior a nivel de dignificación humana, lo cual es un motivo de alegría (hemos evolucionado un poco) y tristeza (definitivamente ni por asomo hemos evolucionado lo suficiente), simultáneamente.
El poder político visto sociológicamente, tal como lo define el politólogo salvadoreño Dagoberto Gutiérrez, es una relación social basada en la diferencia de recursos que sirve para transformar la realidad o para impedir que esta cambie. Esta definición es importante porque hace alusión a la existencia de un determinado orden.
Se dijo anteriormente que los momentos de fuerza de la palanca cristalizaban la idea de la acción de una fuerza externa a un sistema de referencia que alteraba a tal sistema (no necesariamente cambia su estado, puesto que no toda contradicción es antagónica) y también se dijo que “violencia” implicaba fuerza e intensidad extraordinarias, lo suficientemente extraordinarias para generar el efecto de poner fuera de su estado natural a algo, sea lo que fuese. Lo que se expresó en los párrafos anteriores a través de las ciencias formales y las llamadas “ciencias duras” es el estado natural u orden natural del sistema de economía política capitalista y el papel de la violencia en la historia es, como lo dijo ya Engels en una investigación de su autoría con el mismo nombre, ser la “partera” de la historia, y eso tiene que ver con aquella célebre reflexión del politólogo italiano Antonio Gramsci, quien dijera que lo viejo siempre cede paso a lo nuevo, pero no sin antes oponer resistencia o, lo que es lo mismo, que en el contexto de las sociedades de clase, en el proceso de creación de un nuevo mundo, de una nueva sociedad, existen simultáneamente procesos de aniquilación entre las partes integrantes de la sociedad actual (las clases sociales de esa sociedad). Sobre ello se reflexionará al final de esta exposición, pues está ligado indisolublemente a la respuesta a la pregunta que aquí inicialmente se planteó.
Por supuesto, para que exista un cambio de modo de producción debe existir también un determinado nivel tecnológico que permita sustituir unas relaciones sociales de producción por otras técnicamente superiores (así como las esclavistas técnicamente eran superiores a las de la comunidad primitiva, las del feudalismo a las del esclavismo y las del capitalismo a las del feudalismo). En Física una estructura cualitativamente semejante del cambio aparece en las transiciones de fase, en las que la modificación cuantitativa de determinadas variables o parámetros altera las condiciones de estabilidad del estado previo y, atravesado cierto régimen crítico, emerge una nueva organización cualitativa del sistema. No significa esto, evidentemente, que un cambio de modo de producción sea formalmente una transición de fase física, sino que ambos procesos pueden compartir la misma estructura dialéctica general de acumulación cuantitativa, pérdida de estabilidad y salto cualitativo (el ejemplo clásico en la historia fundacional del Marxismo lo encarnan los cambios de estado del agua con la suficiente variabilidad en las condiciones físicas aplicadas; aquí se han procurado exponer ejemplos más heterodoxos).
La analogía anterior es posible porque tanto la Naturaleza como la Sociedad se rigen por leyes objetivas universales[1], las leyes dialécticas-materialistas, y ello está en armonía con el hecho de que la Naturaleza se refleja estructuralmente en sus partes integrantes, dentro de las cuales se encuentra la vida orgánica consciente (por supuesto, sólo cuando se habla de isomorfismos matemáticos formalmente definidos tiene sentido exigir una equivalencia matemática perfecta), hecho sobre el cual hablan los célebres biólogos evolutivos marxistas Stephen Jay Gould, Richard Lewontin y Richard Levins en diversas obras, entre las cuales se encuentran La Estructura de la Teoría Evolutiva (de Gould), La Falsa Medida del Hombre (de Gould), El Biólogo Dialéctico (de Lewontin y Levins), Biología Bajo Ataque: Ensayos Dialécticos Sobre Ecología, Agricultura y Salud (de Lewontin y Levins), Una Respuesta a Orzack y Sober: Análisis Formal y la Fluidez de las Ciencias (de Levins, en el que señala también los fundamentos de la complejidad con base en el número de dimensiones topológicas de la estructura analizada), entre otros.
Conviene, sin embargo, hacer aquí una precisión para evitar una confusión que no es menor: que Naturaleza y Sociedad formen parte de una misma realidad material y que determinadas leyes dialécticas generales puedan manifestarse en ambas no significa que una sociedad sea formalmente una molécula, un campo cuántico, un sistema termodinámico o cualquier otro objeto físico particular, ni significa tampoco que de una ecuación física pueda deducirse directamente una conclusión política. Lo que se sostiene es algo diferente: que procesos materiales cualitativamente distintos pueden reproducir una misma estructura lógica general de transformación. La relación que aquí se invoca es, por tanto, una correspondencia estructural cualitativa de una misma lógica dialéctica subyacente, no una identidad formal entre las ciencias particulares que estudian cada dominio.
Dicho de otra forma, que el agua cambie de estado, que una molécula modifique cualitativamente sus propiedades o su función cuando cambia una relación estructural relevante y que una sociedad experimente una transformación revolucionaria no significa que los tres fenómenos obedezcan las mismas ecuaciones particulares (sería ridículo pedirle a una ecuación de Schrödinger que explique la Revolución Francesa o a una ecuación de lucha de clases que determine el espectro energético de un átomo); significa que en dominios distintos de la materia pueden reaparecer formas generales del cambio en las que una acumulación cuantitativa altera las condiciones de estabilidad de un estado previo y hace posible la emergencia de una nueva cualidad. Las leyes particulares pertenecen a cada ciencia; la determinación de la forma más general del cambio pertenece al plano filosófico.
Lo expuesto anteriormente relativo a la correspondencia estructural cualitativa entre las transiciones de fase y los cambios revolucionarios en la sociedad (que implican el tránsito de un modo de producción u orden social a otro) busca sentar las bases lógicas para no generar sorpresa al afirmar que no parece existir el nivel tecnológico suficiente para sustituir las relaciones sociales de producción capitalistas por otras (y, además, no se conocen otras; sobre ello se hablará más adelante), pero sí parece sobrar para disminuir considerablemente el nivel de incivilización que reina en las sociedades de clase (específicamente para este caso, en el capitalismo contemporáneo), aunque inexorablemente eso implicará una merma en las tasas de ganancia de la clase capitalista, de la que emana este orden incivilizado e incivilizatorio, pero que curiosamente no padece las “bondades” del mismo.
Comercio internacional, imperialismo y desarrollo
Finalmente, surge una pregunta de importancia fundamental, ¿por qué la situación es diferente en los países industrializados respecto a países como América Latina, África y Oriente Medio? La respuesta a la pregunta anterior tiene múltiples rostros, sobre los cuales se hará una exposición sintética yendo de los más simples a los más complejos y con ello, de los aspectos históricos de corto plazo (más recientes) a los de largo plazo (más lejanos en el tiempo). En primer lugar, es fundamental preguntarse, ¿las relaciones de distribución en esos países poseen las mismas especificidades?, es decir, ¿existe la misma estructura tributaria, la misma participación gubernamental en la economía, existe la misma alineación de los objetivos de política fiscal y política monetaria, existen las mismas regulaciones laborales, el mismo grado de indización de los salarios a la inflación y a la productividad, etc.?
Si la respuesta es negativa, alguien incluso podría considerar que el capitalismo es funcional y que únicamente para ello se requiere de un nivel de desarrollo tecnológico suficiente, lo que también a alguien podría parecerle intuitivo, aunque no por ello deja de ser también falso; sin embargo, para verificar tal falsedad se necesita realizar un análisis menos superficial del asunto, por lo que conviene empezar a introducir aquí el papel del comercio internacional, tanto en sus facetas legales como en las ilegales.
A partir de los 90 se firmaron tratados de libre comercio entre los países industrializados (fundamentalmente Estados Unidos) y los países de América Latina; han pasado ya treinta años de la firma de esos tratados en la mayoría de esos países y los resultados prometidos en materia de crecimiento económico, empleo, desarrollo social y demás cuestiones relacionadas nunca llegaron. En su lugar la desigualdad incrementó en esos países (que sí fue de la mano de un crecimiento económico significativo en algunas ocasiones, pero siempre incrementándose la desigualdad) y generó una oleada de gobiernos por todo el istmo que rompieron con las políticas de Washington llegados al poder por la vía electoral, algo impensable a finales del siglo pasado, principalmente en el período de la Guerra Fría. Estos tratados de libre comercio poseen una característica fundamental y es que no consideran las asimetrías tecnológicas (que devienen en asimetrías en nivel de competitividad) entre las empresas de los países industrializados y las de los no-industrializados, dando como resultado del intercambio comercial un estado de comercio en que, como diría el célebre poeta uruguayo Eduardo Galeano, los países ricos se especializan en ganar y los países pobres se especializan en perder (que sólo es una generalización al plano internacional de la lucha de clases que ocurre a nivel nacional), porque las empresas de los países industrializados pueden producir a menor costo y con mejor calidad, frente a lo cual hay poco o nada qué hacer, y esos mismos países industrializados ofrecen “generosamente” préstamos para déficits que ellos, en conjunto con la clase dominante de los países no-industrializados, han contribuido a crear, a tasas usureras (como ha sido la tradición de organismos financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, etc.) que condicionan el destino de ese dinero (conocido tal condicionamiento formalmente como “cláusulas de condicionalidad del préstamo”), lo que no sólo es una clara vulneración de la soberanía de un país sino que además es una estafa sistemática a gran escala.
¿Por qué se dice que ese binomio de clases dominantes es el que produce tal déficit en la contabilidad nacional de un país? En primer lugar, porque un déficit es generado y/o agudizado por desequilibrios comerciales (resultantes de poner a “David” sin hondilla y sin respaldo divino a pelear contra “Goliath”, es decir, la competencia entre industrializados y no-industrializados); en segundo lugar porque son la única clase social que en general y sistemáticamente evade y elude impuestos (a pesar de que las estructuras tributarias de estos países sean profundamente regresivas, lo cual no debería extrañar porque el motivo que tuvieron para fundar estos países fue ese, evitar al virreinato español el respectivo tributo —que sería el equivalente a lo que contemporáneamente representan los impuestos—); en tercer lugar porque lo más común es que los funcionarios públicos cuyas campañas electorales son financiadas por ellos sean no sólo los que legislan a favor de ellos servilmente (esto incluso lo describe el Nobel de Economía Joseph Stiglitz para el caso de la política estadounidense en su libro El Malestar en la Globalización publicado en la década antepasada —específicamente cómo los que financiaban las campañas políticas de Bush lo acompañaban a todas partes para supervisar que los compromisos que adquiriera durante el proceso de campaña electoral estuviesen alineados con sus intereses y con base en ello se condicionaba el financiamiento del candidato[2]—), sino también porque uno de los atractivos de tal servilismo (además de los pagos directos) para los funcionarios públicos corruptos (que son los que usualmente llegan a los cargos fundamentales precisamente porque ello es parte del diseño del sistema político) es el saqueo de las instituciones públicas. A nivel político-burocrático la corrupción es una consecuencia inevitable del ejercicio de poder en las sociedades de clase (por eso el pueblo debe estar siempre vigilante y organizado frente a ella, porque la corrupción no ocurre nunca en favor de las mayorías, sino únicamente de una minoría —sea cual sea, pero siempre en última instancia de la clase dominante, que abre portillos favorables para la acumulación de capital, portillos los cuales están cerrados legal y formalmente, por lo que su apertura es posible únicamente a través de la corrupción—), mientras que desde el punto de vista político-ideológico es producto del desclasamiento, es decir, de la falta de conciencia de clase de los miembros de la clase trabajadora que se corrompen.
En cuarto lugar, debe entrarse en detalle de las empresas transnacionales (pertenecientes a los países industrializados) y el comportamiento comercial de los países industrializados en relación con las políticas comerciales que le “sugieren” (con un garrote financiero en una mano y un garrote militar en otra) a los países pobres que tomen. Para nadie es un secreto que las políticas del “consenso” de Washington (curiosamente usan semejante palabra cuando no participó ninguno de los países a los que les “sugirieron” esas políticas; seguramente los imperios tienen una forma peculiar de comprender el diálogo con las demás naciones) no son seguidas por Alemania (que hasta la fecha no ha dejado entrar a Walmart y de eso no se ve ningún titular en los periódicos de “comunistas enemigos del libre mercado” y que tiene una participación estatal en la economía que en el último medio siglo —e incluso más atrás— no ha bajado del 50% como porcentaje de su producto interno bruto), muchísimo menos por Estados Unidos [en el cual la FED le presta a tasa cero a los bancos privados (y que, de hecho, es una institución bajo el poder de privados, específicamente de los banqueros privados estadounidenses, la cual obtiene los fondos para operar de los ingresos federales, que en un país en donde los ricos no pagan impuestos —y de ahí el movimiento de protesta social estadounidense Occupy Wall Street suscitado alrededor de 2011— es recolectado fundamentalmente del pueblo —un pueblo que pagó la crisis financiera de 2008 que precisamente los banqueros privados estadounidenses generaron, y ello lo define magistralmente Joseph Stiglitz en su artículo “Capitalistas Estúpidos” disponible fácilmente en la web—), en que el sector agrícola existen fortísimas barreras arancelarias que no cumplen ningún criterio de libre mercado y muchos otros aspectos relacionados por la característica común de ser justamente lo contrario que recetan en materia de política económica (tanto fiscal como monetaria)], Canadá, Suecia o cualquier país industrializado (al menos no hasta inicios de este siglo, sobre lo que se hablará más adelante).
Además, para nadie es un secreto que estas grandes empresas transnacionales que absorben por medios legales y otros no tanto a las empresas nacionales de los países no-industrializados no pagan impuestos en los países pobres a los que llegan; prueba de ello fue el golpe de Estado de tipo militar generado en la embajada de los Estados Unidos que se le dio a Jacobo Árbenz en Guatemala por plantearle a la United Fruit Company que pagara los impuestos que el reglamento fiscal guatemalteco de aquel momento establecía (que era previo a su llegada a la presidencia), el golpe de Estado (también de carácter militar) orquestado por la burguesía chilena y la embajada de Estados Unidos en Chile a Salvador Allende durante el siglo pasado (que recuérdese, no fue hace mucho) y, en general, todas las sanguinolentas dictaduras militares de derecha instauradas por toda América Latina durante el siglo pasado que llevaban el sello de sangre de la democracia del tío Sam, con la “solidaria” finalidad de explotar y expoliar a nuestros pueblos.
El refrán “Candil de la calle, obscuridad del hogar” puede invertirse y de ello se obtiene “Candil del hogar, obscuridad de la calle”, que describe precisamente el comportamiento moralmente hipócrita y económicamente eficiente de los gobiernos de los países industrializados (que expresan los intereses políticos de la clase dominante), cuyas sociedades son sociedades modelo fundamentalmente porque logran trasladar todas las contradicciones sociales aparejadas a los procesos de acumulación de capital de la burguesía a las sociedades subdesarrolladas, agudizando así su subdesarrollo. ¿Acaso en Estados Unidos, considerando el mismo momento histórico en la comparación, se han pagado alguna vez los mismos salarios, dado las mismas prestaciones laborales, trabajado la misma cantidad de horas, se han dado la misma cantidad de días vacacionales, se han vulnerado con la misma intensidad los derechos laborales (salvo para el caso de los indocumentados, por eso es que la inmigración no se acaba y a los grandes capitales de los países industrializados es a los que menos les conviene que se acabe), se ha hecho la misma optimización en el uso de los recursos naturales (Estados Unidos desea obtener el petróleo de Medio Oriente y Venezuela, pero curiosamente evita tocar sus reservas de petróleo), se evade y elude la misma cantidad de impuestos, etc.? Evidentemente que no.
Nótese que las maquilas estadounidenses y alemanas que esclavizan a niños y niñas en China y Vietnam (por mencionar algunos), las maquilas que explotan inclementemente por salarios de hambre a mujeres y hombres en países como Honduras, El Salvador y Guatemala (por mencionar algunos) “curiosamente” no están en sus países de origen ni en ningún país industrializado [salvo China y tras la industrialización es bien conocido que alrededor de 2008 China decidió migrar a un modelo de “crecimiento desde adentro” (puesto que la economía mundial entró en recesión, la demanda mundial se contrajo y aunque siendo China un país cuyo crecimiento en las últimas décadas se había basado fundamentalmente en la demanda de bienes y servicios del resto del mundo —por eso es que crecía tanto su PIB a pesar de los bajísimos salarios y vulnerabilidad laboral, que fueron los aspectos del entorno de trabajo chino que atrajo a las empresas occidentales—, no se vio afectado significativamente por las contracciones de la demanda mundial suscitadas desde la crisis financiera de 2008 debido a que —como reporta Marcelo Justo en su artículo para BBC Mundo titulado “Los países en los que más subió el salario mínimo” publicado el 5 de marzo de 2015— las autoridades chinas ya habían planificado y anunciado al público desde antes de la crisis que la economía china migraría hacia un modelo de crecimiento basado en la demanda interna, por lo que previo a la crisis ya se había dado inicio a una redistribución del ingreso al interior de China para que la demanda interna de consumo final de tantos millones de chinos estimulase a la economía China en lugar de la demanda del resto del mundo —por lo que entre 2005 y 2015 el salario mínimo subió entre el 8% y el 13%, mientras que reporta la web Expansión/Datosmacro.com que el salario mínimo interprofesional en China pasó de 170.3 euros en 2013 a 271,6 euros en 2018— y así fue como China pudo, a pesar de la contracción de la demanda mundial, continuar creciendo y consolidarse como imperio hegemónico —lo que ocurrió en el contexto de la crisis sanitaria del COVID-19—), por lo que las maquilas occidentales están empezando a migrar progresivamente a países como Vietnam, porque un modelo basado en demanda interna —que es el que los países industrializados tienen— no es compatible con salarios de hambre y aspectos afines de los puestos de trabajo que las maquilas de esos mismos países industrializados quieren tener en otros países], las tienen precisamente en los países subdesarrollados, en los países pobres, ¿entonces qué interés pueden tener en que los países pobres se desarrollen? El mínimo sentido común indica que ninguno. Adicionalmente, conviene decir que tampoco les interesa el cuido del medio ambiente cuando no es el medio ambiente de ellos y prueba de ello es que las empresas canadienses son bien-conocidas por practicar minería de cielo abierto en los países de América Latina.
Por supuesto, aquí no se ha mencionado en lo absoluto el saqueo que los países europeos industrializados hacen a los países europeos no-industrializados, como lo han sido históricamente Grecia, Portugal e incluso España (que es una extraña criatura económica, puesto que es relativamente industrializada —no al nivel de Alemania, pero es industrializada—, pero es saqueada sin miramientos por la burguesía local del país y por la burguesía extranjera, fundamentalmente por la burguesía dueña del imperio alemán —evidentemente son imperio, que no tengan las formas cavernícolas de Estados Unidos es otra cosa—, que es la que fundamentalmente saquea en toda la Europa subdesarrollada —tampoco Alemania le presta a Grecia, España o Portugal para sacarlos del subdesarrollo, eso sería como “pegarse un balazo en los pies”, puesto que las repúblicas dependen de lo que saquea el imperio, para el caso de las repúblicas imperiales—), pero de ello no sólo habla el Nobel de Economía Joseph Stiglitz en su artículo “La captura de BCE” (en referencia a cómo los capitales financieros europeos controlan el Banco Central Europeo) sino también está el célebre caso de cuando un presidente del Fondo Monetario Internacional (Dominique Strauss-Kahn) quiso condonar la deuda griega (porque como ya han planteado tanto Joseph Stiglitz y Paul Krugman —también Nobel de Economía— como el mismo Yanis Varoufakis —el Ministro de Finanzas de Grecia a cargo cuando se llevaron a cabo las renegociaciones de deuda con la Troika— cuenta en diversas entrevistas disponibles en YouTube, algunas en conjunto con Joseph Stiglitz, otras con Slavoj Žižek y otras con Noam Chomsky sobre la negociación, Varoufakis recibió amenazas telefónicas respecto a la seguridad de su hijo si no paraba en su línea de negociación —contraria a la de los capitalistas alemanes, pero él siguió, como debe de ser, cuando alguien enfrenta al capitalismo está buscando garantizar la supervivencia de la especie y cualquier daño colateral que no sea la especie en general, el pueblo, es aceptable—, así como también pruebas tanto de acción como de palabra por parte de los negociadores alemanes de que los capitalistas financieros alemanes no querían que se les pagara la deuda, porque la deuda no sólo tenía que ver con la rentabilidad del capital, sino que también tenía un componente político: querían subyugar a Grecia políticamente —había llegado un partido de izquierda al poder, el Syriza— para poderla mantener subyugada económicamente, por lo que para que las negociaciones siguieran, tras la cobardía del presidente democráticamente electo —y que había planteado en un referéndum al pueblo griego si querían enfrentar las consecuencias de decidir no pagar la deuda a los banqueros alemanes y el pueblo votó maravillosamente que ¡SÍ!—, Yanis Varoufakis tuvo que renunciar para que las conversaciones continuaran —ahora en un tono dócil para con los capitales financieros internacionales—, lo que fue una traición flagrante al pueblo por parte de la “izquierda” griega.
Así, queda desmontado otro mito, todo ello sin mencionar el papel que desempeñan los fondos buitre en la política económica de los países subdesarrollados ni el saqueo que se realiza del continente africano y de los recursos de Medio Oriente. Sería interesante comparar los ingresos que los grandes capitales internacionales obtienen en la suma de toda la economía subdesarrollada (tanto los legales como los ilegales fruto del tráfico ilegal de armas y drogas —que es más permisible por los políticos en los países pobres—, el trabajo esclavo que las empresas de diamantes estadounidenses explotan en África, el valor de los recursos naturales que se apropian sin pagar nada a cambio) versus los que obtienen sólo dentro de los Estados Unidos para tener una idea aproximada de la magnitud del saqueo realizado a América Latina, África y Medio Oriente. Esto lo expresa Marx al plantear que el mercado mundial sólo traslada las contradicciones internas del capitalismo a una esfera de acción más amplia o, en palabras del politólogo Dagoberto Gutiérrez, toda república imperial (una república que se desarrolló lo suficiente en el contexto internacional de las clases sociales como para convertirse en imperio también) está compuesta precisamente de la república como tal y del imperio como tal, y es en ese sentido que el florecimiento de la república depende de lo que saquea el imperio de las colonias que subyuga. Por supuesto, aunque esto ocurra con Estados Unidos (precisamente a medida que fue siendo suplantado por China y Rusia en el mercado mundial como potencia hegemónica es que el florecimiento de su república se fue viendo condicionado progresivamente hasta llegar a la penosa situación actual en la que se encuentra —la razón de ello es que el excedente o plusvalía mundial se redistribuye de diferente forma al cambiar la hegemonía, de una forma que progresivamente ha ido siendo cada vez menos ventajosa para el imperio estadounidense—) no es la primera vez que ocurre y esto es una característica de toda república imperial, que es un fenómeno social de escala planetaria en que la lucha de clases alcanza su expresión más general; tal fue el caso de los romanos en relación con la expoliación que realizaban de los pueblos bárbaros durante la era del modo de producción esclavista.
Acumulación originaria y herencia colonial
Ahora llegó el turno de abordar la ampliamente difundida idea (y seguramente compartida por la mayoría de personas —la alienación es poderosa—) de que el saqueo colonial no tiene influencia en las condiciones socioeconómicas actuales de los pueblos de América Latina y África o, en general, que el pasado no tiene influencia en el presente (que es sólo la esencia de la primera idea). En la obra Capitalismo Tardío del gran economista marxista Ernest Mandel se establece que el valor del oro saqueado a América equivalía a diez veces la totalidad del capital ferroviario en la Europa de la época; llevemos ese hecho al presente (después será el turno de revisar si el número de veces referido es correcto o incorrecto).
Es evidente que en la época de la implementación y difusión de la Revolución Industrial las empresas que más capital movían eran aquellas que pertenecían precisamente al sector ferroviario, puesto que ese sector o rama productiva (utilizando la jerga marxista) movía no sólo las máquinas a vapor como tales (como innovación en sí misma), sino el acero con que dichas máquinas se construían y el acero con el que se construían los caminos sobre los que tales máquinas se desplazaban, lo que en medio de un proceso de expansión industrial generalizado en todo un continente (la Revolución Industrial se manifestó fenoménicamente por vez primera en 1760 en Manchester —seguramente un día lluvioso, ¿o será que ese día no llovió?— y su implementación generalizada en Europa Occidental, Estados Unidos y Canadá se consolidó en 1840) no parecería ser poca cosa, sobre todo tomando en cuenta que, como reporta Marx en el tomo I de El Capital, a su vez tomado de los informes oficiales de carácter público de la época que en la obra del autor judeo-alemán se pueden encontrar bien referidos, se aprobaron decretos reales para que la naciente burguesía saqueara por medios violentos (y otros no tanto) las iglesias y las tumbas de los santos para extraer cualquier pertenencia de oro (incluyendo sus dientes de oro) para acuñar moneda, lo que por sentido común parecería indicar que en términos de las necesidades de circulación del capital europeo de esa época no existía suficiente oro y, por el contrario, llegó incluso a ser sumamente escaso en relación con tales necesidades; simplemente como información adicional de interés hay que mencionar que también emplearon medios violentos para expropiar de sus tierras a los productores directos (seguramente más violentos, porque la Iglesia no estaba absolutamente desprovista de poder) y que eso, junto con acciones de igual estatura ético-moral (júzguese de tal ética y de tal moral como se juzgue), constituye el “secreto” de la acumulación originaria de capital.
No sólo no parecería ser no-despreciable el impacto del saqueo de oro realizado por los europeos en términos de los recursos iniciales de los que se dispuso al constituir las repúblicas en América (fundamentalmente en América Latina) tras los procesos independentistas suscitados en el continente, sino que además parece haber sido fundamental en que el capitalismo europeo lograra funcionar, puesto que no debe olvidarse que los inicios de la Revolución Industrial en Europa no fueron decorosos ni mucho menos y están perfectamente documentados grotescos hechos como jornadas laborales de 18 horas para hombres, 16 para mujeres y 14 para niños y niñas, hacinamiento en las fábricas, la contratación de asesinos a sueldo (los famosos “rompehuelgas”) en caso los obreros se organizaran para pedir un poco de dignidad y, con el fin de ser breve, conviene decir “etcétera”. El capitalismo europeo se edificó sobre el sudor, la sangre y el llanto de América, fundamentalmente de América Latina.
Ahora es el turno de abordar el factor de escala, es decir, que el saqueo de oro tuvo una relación de 10 a 1 con el capital ferroviario. Asúmase que Mandel infla maliciosamente la cifra el doble (por decir un número relativamente arbitrario), se obtiene una relación de 5 a 1 y luego asúmase que Mandel toma el dato de una fuente que recoge esa cifra con un error del 50%, por lo que quedaría una relación de 2.5 a 1 y, finalmente, asúmase que la contabilidad macroeconómica de la época tenía profundas deficiencias y recogía los datos también con un error del 50%, por lo que se tiene una relación de 1.25 a 1, es decir, del 125%.
Evidentemente las necesidades conjuntas de capital y de circulación en el momento de la primera gran Revolución Industrial de la historia parecen haber sido más duras (incluso socialmente) que las que se observan en 2021 con la pandemia del COVID-19; sin embargo, con tomar esta pandemia de referencia será suficiente para terminar de exponer el punto, el cual no es más que una simple pregunta: ¿qué impacto tendría para un empresario en la actualidad en términos de la consolidación de su empresa y de su futura tasa de acumulación de capital (la tasa a la que la plusvalía —el capital— se reproduce a sí misma o, lo que es lo mismo, a la que la inversión del capitalista retorna y expande el volumen del capital en funciones) que en este contexto de la crisis sanitaria y la crisis económica alguien por alguna razón le regalara un capital por un valor del 125% del capital que tiene en funciones (sin intereses, sin trucos, sin implicaciones legales por estafa o algo por el estilo)? De nuevo, resulta evidente que el capitalismo europeo se edificó sobre la sangre, los huesos y el llanto de América, fundamentalmente de América Latina, además de la obviedad del impacto que tuvo en América ese saqueo (todo lo que se podría haber hecho con tales recursos), todo ello sin mencionar aún el impacto en la acumulación originaria de capital y de la acumulación de capital que permitió consolidar la Revolución Industrial que tuvo la fuerza de trabajo esclava que obtuvieron por medios bélicos en toda América (y ese no es un detalle trivial, porque el Imperio Romano, el imperio más grande de la historia, se hizo sobre la base de los esclavos y los saqueos —e igualmente hizo la clase feudal—, así que en el mejor de los casos fue “únicamente” significativo).
En un mundo en que las cosas funcionen con absoluta justicia ellos deberían devolver todo lo robado con los mismos intereses usureros que sus instituciones financieras le prestan a los países de América Latina o pagar esa deuda de sus ancestros con su propia sangre, pero evidentemente no estamos en el mundo del justo sino del fuerte, es una selva maliciosa, porque no todos llegan a la selva con los mismos insumos (por lo que no para todos la selva es tan salvaje), prueba de ello es que a América Latina no llegó la Revolución Industrial y mientras ocurría en Europa aquí se luchaba por librarse del yugo colonial de los invasores asesinos que mezclaron a los pueblos originarios con violadores, asesinos, secuestradores u otro tipo de lumpenproletariado, es decir, que no obligaron a América Latina a mezclarse con sus mejores hombres (y aquí sí aplica decir únicamente hombres porque los que cometieron esas atrocidades —directamente, porque en general todos fueron cómplices—), sino, por el contrario, con la putrefacción de su sociedad; en Estados Unidos simplemente extinguieron a los indígenas sin mezclarse con ellos y dejaron unos pocos a manera de “exhibición” en ciertas jaulas forestales masivas a las que llaman “reservas indígenas”, como si se tratase de alces o venados, cosas de la democracia yankee (por eso no debería parecer extraño lo que hicieron y hacen en Washington con los niños y niñas sin documentos, no sólo Trump sino también Biden; lo han hecho desde la fundación del país). Finalmente, conviene recordar que el saqueo no sólo continúa de manera financiera (con la agudización de déficits y préstamos con tasas de usura para “subsanar” esos déficits —hasta la fecha ningún país los ha logrado subsanar con esas recetas—), sino también con los tratados de libre comercio asimétricos antes mencionados que no sólo desmantelan el tejido productivo nacional sino que permiten jurídicamente aberraciones como que únicamente empresas estadounidenses pueden tener un monopolio (ese es el caso para El Salvador en el CAFTA-DR, lo que entra en conflicto flagrante con la Constitución Política de dicho país, puesto que esta establece que únicamente el Estado puede —y ahí se denota claramente la filosofía del fundamentalismo de libre mercado: el mercado por encima del Estado o, lo que es lo mismo, el capital por encima de los seres humanos—).
Lo anterior no contempla el hecho de que estos tratados comerciales permiten, explícita o implícitamente (el economista salvadoreño Raúl Moreno ha escrito abundantes y precisas investigaciones al respecto), que los países industrializados patenten la biodiversidad existente en los países pobres sin remunerar de ninguna forma al país que posee esa riqueza natural y luego utilizar esa biodiversidad para crear medicamentos que venden en los países pobres (de los que extrajeron los principios activos) a precios exorbitantes (que están muy por encima de las condiciones técnicas de producción de esos medicamentos y, sobre todo, muy por encima de los costos reales de los insumos, puesto que la biodiversidad la consiguieron gratis —así como el oro con espejos—, a lo sumo puede considerarse el gasto de transportarla —lo que es trivial en comparación al gasto que podría representar adquirir la biodiversidad y patentarla; ¿a cuánto la venderían ellos si el caso fuese a la inversa?—), entre muchas otras cuestiones que sobraría mencionar porque el punto ha quedado contundentemente demostrado, por ejemplo, que muchas veces esos medicamentos servían para curar enfermedades que ellos mismos habían provocado mediante experimentos que se hacían a espaldas de la gente utilizándola como conejillo de indias, lo cual está perfectamente documentado para el caso de Guatemala y de Puerto Rico, pero seguramente no han de haber sido los únicos países en probar “las mieles” de la democracia internacional yankee (todo lo anterior —referente al saqueo actual— por mencionar un par de cuestiones, a fines de brevedad). Entonces el saqueo no sólo ocurrió, sigue ocurriendo y las generaciones presentes del “viejo” continente son por tanto tan culpables como sus ancestros puesto que el capitalismo europeo sigue construyéndose y siendo funcional.
Violencia, lucha feminista y transformación social
Y ahora llegó el momento de cerrar esta exposición ahondando en por qué la violencia es la partera de la historia y en qué condiciones está justificada la violencia en la lucha social como necesidad histórica de los pueblos. Al analizar la evolución del capitalismo resulta evidente que todo derecho social conseguido por la clase trabajadora le ha sido arrancado por la fuerza a la clase capitalista (desde la jornada laboral de 8 horas, hasta el salario mínimo, el aguinaldo, el derecho a voto de las mujeres, entre otros), salvo el derecho a que las mujeres pudiesen trabajar (ya hablando en la época en que se asentó la Revolución Industrial) porque eso les convenía debido a que ocasionó una caída de los salarios (por la simple ley de oferta y demanda), aumentaba el número de desempleados (ejército industrial de reserva o superpoblación relativa, con la importancia psicológica que esto tiene para que el trabajador o trabajadora se auto-explote por miedo a perder su trabajo) y fijando la producción a un nivel determinado, aunque los salarios unitariamente disminuyan la masa salarial aumenta, lo que indefectiblemente favorecerá siempre a la clase capitalista en su acumulación de capital, pero no necesariamente a la clase trabajadora (dependerá de las circunstancias concretas puesto que habría que ver los valores específicos que los cambios en los salarios reales tomaron —manteniéndose constantes las demás cosas, como las mediciones estadísticas de la canasta básica, por ejemplo—, pero si tales cambios son negativos no es un hecho favorable, salvo que sean positivos).
Las mujeres están exigiendo un cambio en la cultura de aquellos hombres que son cómplices significativos del machismo (y de aquellas mujeres cómplices significativas del machismo también); sin embargo, es evidente que estos cambios sólo pueden llegar con políticas públicas que refuercen la seguridad para las mujeres (que no debe confundirse con militarizar la sociedad —muy del gusto de las oligarquías de América Latina y de las burguesías de ahí también—) y con campañas públicas feroces contra el machismo que la sociedad padece como enfermedad estructural.
La cuestión se complica considerando que la realización de las dos políticas públicas antes mencionadas (necesarias para satisfacer el justo pedido de las feministas) exige recursos (que deben obtenerse de arcas públicas saqueadas por la clase dominante local, la clase dominante extranjera y la clase gobernante local), que la clase dominante es y ha sido siempre patriarcal (el “caldo de cultivo” de la opresión entre seres humanos es la opresión del hombre hacia la mujer, como expone magistralmente Engels en El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado —en este sentido la clase burguesa no es la excepción—) y ello no parecería ser poca cosa, además del hecho evidente de que esas dos políticas públicas exigen un conjunto de políticas públicas complementarias considerando cuán arraigado está el machismo en la psique social (lo que implica un control de políticas en el tiempo en miras a maximizar periódicamente su eficacia —optimizarlas—) a nivel mundial, independientemente de que tome formas más crudas y visibles en América Latina (al menos en general, claramente puede haber excepciones a ello), puesto que está asociado a la lucha de clases, la distribución del ingreso y otra serie de variables fundamentales del sistema de economía política capitalista en general (aquí no se está refiriendo únicamente al sistema de economía política capitalista como sistema productivo —en particular—, sino como sociedad o sistema social). Los recursos necesarios para semejante política pública, al menos en América Latina y fundamentalmente en América Latina en tiempos de la crisis sanitaria y económica, no parecerían poder salir de otro lugar que no sea de captar más impuestos de la clase trabajadora (lo que no parece ser fácil de hacer, puesto que subir salarios podría perjudicar sus ganancias, las arcas públicas están vacías —ellos y sus esbirros las han saqueado— y cobrar más impuestos sobre el consumo —regresivos, los que paga el pueblo— no sólo agudizaría con total seguridad la crisis económica sino que podría perjudicar sus ganancias si la demanda de consumo final cae lo suficiente —que es lo único que les importa—) o por fin “animarse” ellos a pagar impuestos (lo que parece una utopía sumamente abstracta, si fundaron estos países precisamente para no pagar impuestos).
Antes de continuar conviene distinguir varios sentidos de la palabra “violencia” que pertenecen a un mismo género, pero no por ello son idénticos en cada una de sus determinaciones concretas. En el sentido más general empleado en esta exposición, violencia es una fuerza o intensidad extraordinaria capaz de sacar a un sistema de la reproducción ordinaria de su estado; en el terreno social esa ruptura puede tomar la forma de huelgas, bloqueos, ocupaciones, desobediencia, destrucción de objetos o símbolos, irrupción en espacios institucionales y, bajo determinadas circunstancias históricas, confrontación física entre personas o grupos. Todas estas formas poseen en común que vencen o intentan vencer una resistencia del orden existente, pero no por ello son tácticamente idénticas ni producen necesariamente los mismos efectos.
La legitimidad general de la violencia ejercida por quienes se encuentran sometidos sistemáticamente a un orden opresivo contra las estructuras que reproducen dicho orden no significa que cada acto singular, únicamente por ser violento, sea automáticamente inteligente, necesario, eficaz o indistinguible ética y políticamente de cualquier otro. Significa algo anterior y más fundamental: que no puede condenarse en abstracto la ruptura violenta del orden mientras se acepta como invisible, normal o “civilizada” la violencia estructural mediante la cual ese mismo orden se reproduce todos los días. La forma concreta que deba tomar esa violencia es un problema histórico, táctico y político y, como todo problema concreto, sólo puede resolverse mediante el análisis concreto de la situación concreta.
¿Cómo un estado de cosas como el anteriormente descrito (fundado sobre la sangre derramada con violencia, el hambre, el engaño, la manipulación ideológica, las falsas esperanzas y en el que a quienes beneficia tal estado de cosas no les resulta conveniente que dicho estado de cosas cambie) se podría alterar mínimamente sin violencia? Exigirles a las mujeres que salieron a manifestarse un comportamiento “civilizado” no sólo no parece tener un significado libre de ambigüedades, sino que es exigirles que no busquen alterar el estado de cosas, puesto que quienes critican ese uso de la violencia son quienes (por conveniencia o alienación ideológica) conciben como civilización el estado de cosas actual. Lo mismo aplica para el caso del racismo y las manifestaciones desatadas en Estados Unidos a raíz del caso de violencia policial que devino en la trágica muerte de George Floyd.
No parece ser válida la réplica “Esas no son formas”, porque las formas contrarias no han generado ningún resultado en varias décadas (al menos desde la última década del siglo pasado se viene hablando de erradicar el machismo y en América Latina cada día se agudiza más —y parece que en Europa en general no es muy diferente—) y son ellas quienes viven, respiran, caminan, sueñan, piensan, aman y extrañan angustiosas y temerosas, acomplejadas, traumadas. ¿No son formas? Recuérdese la definición de la cualidad de violento, “Que implica una fuerza e intensidad extraordinarias”, es decir, fuera de lo ordinario, ¿y con qué está relacionado lo “ordinario”? Pues la palabra “ordinal” significa según el diccionario de la RAE ya citado “Perteneciente o relativo al orden” y, en este sentido, entendiendo orden como el orden natural de un sistema de economía política en general y considerando que la definición de violentar es, según el mismo diccionario de la RAE, “Aplicar medios violentos a cosas o personas para vencer su resistencia”, es evidente que las manifestaciones tenían que ejercer alguna forma de violencia sobre el estado de cosas actual en el sentido general definido anteriormente, es decir, interrumpir, bloquear, desobedecer, irrumpir o de alguna manera impedir que el orden continuara reproduciéndose como si nada estuviese ocurriendo. Eso no determina de antemano cuál forma concreta de violencia sea tácticamente adecuada en cada circunstancia, pero sí determina algo anterior y más general: un orden que ofrece resistencia activa a su transformación no cambia simplemente porque se le pida que deje voluntariamente de ser lo que es (por eso la humanidad ha usado y seguirá usando distintas formas de violencia mientras existan sociedades en que los individuos no puedan resolver pacíficamente contradicciones que, por su propia estructura social, sean irreconciliables —los intereses de clase—).
De hecho, una definición alternativa de “violentar” es “Entrar en una casa u otra parte contra la voluntad de su dueño”; si se sabe que las repúblicas son las fincas de los burgueses y oligarcas “latinos” (siempre suelen tener más ascendencia europea que de otro tipo), pues las chicas de hace unos días decidieron irrumpir en la casa a negociar contra la voluntad de su dueño porque el dueño se negaba a salir a dialogar. En realidad, a los dueños de estos países nunca les ha gustado el diálogo, porque hay que ser una clase dominante con mucha inteligencia para ser partidaria del diálogo y no parece realista esperar eso de clases dominantes no-industrializadas; al fin y al cabo, en las sociedades de clase la psique de la clase dominante se refleja (aunque de forma distorsionada) en la psique de la clase dominada (en eso consiste la alienación) y es perfectamente entendido por todos que el subdesarrollo no sólo es material, también tiene elementos subjetivos, psicológicos. Si existen violaciones sistemáticas a los derechos de un sector masivo de la sociedad (las mujeres) que emanan de las políticas que los dueños de la casa dictan a los administradores de la misma (la clase gobernante, los políticos de profesión), se busca dialogar con ellos al respecto y estos se niegan a dialogar con el sector social afectado, considero que mi abuela estaría de acuerdo en decir que es justo aplicar el refrán “El vivo a señas y el tonto a palos”. Ella seguramente no había leído a Gramsci, pero había leído la vida misma.
Que sea esta era entonces la era de las revoluciones a toda escala o, por lo menos, que sea la era en que la humanidad empiece a transitar irremediablemente hacia su extinción por no poderse entender entre sí, como sí lo logramos hace tantos miles de años cuando salimos de África en busca de nuevos horizontes y superamos como Homo sapiens a los neandertales en la desenfrenada carrera por la supervivencia enfrentando como enemigo común a una naturaleza inclemente para el nivel de precariedad tecnológica de la época. Jamás se debe olvidar que el neandertal no fue una criatura intelectualmente rudimentaria frente al Homo sapiens: poseía un cerebro de tamaño semejante y a menudo mayor en términos absolutos, desarrolló tecnologías relativamente sofisticadas y existe evidencia convergente de comportamiento simbólico y, cuando menos, de determinadas capacidades lingüísticas[4]. ¿En qué pudo radicar entonces una ventaja decisiva del Homo sapiens? No necesariamente en una supuesta superioridad intelectual simple, sino, entre otros factores todavía discutidos, en diferencias demográficas y en la capacidad de construir redes sociales y cooperativas más amplias; dicho de una forma sencilla, en la escala a la que logramos entendernos. Es hora de iniciar un éxodo inverso hacia nuestras raíces (que seguramente durará algunos siglos) o desaparecer irremediablemente a causa de nuestra estupidez, la cual curiosamente es una característica únicamente de los animales racionales.
Notas
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El calificativo “universales” se emplea aquí en un sentido filosófico, no para afirmar que las leyes particulares de la Física, la Química o cualquier otra ciencia puedan trasladarse sin mediación de un dominio de la realidad a otro. Las ciencias particulares formulan leyes generales dentro de los dominios objetivos que estudian, mientras que las leyes dialécticas-materialistas se plantean aquí en un nivel filosófico de generalidad superior, referido a formas generales del movimiento y la transformación de la materia. La realidad es multifacética y un mismo objeto material adquiere determinaciones cualitativamente diferentes según la relación concreta bajo la cual se lo estudie: un edificio es capital fijo desde determinadas categorías de la Economía Política y la Contabilidad, un cuerpo material sometido a interacciones físicas desde la Física, un sistema estructural desde la Ingeniería Civil y, en un problema de optimización topológica, una estructura cuyo diseño puede optimizarse mediante una determinada función objetivo —por ejemplo, minimizando masa, costo o determinada medida de deformabilidad o cumplimiento estructural bajo las restricciones correspondientes—. No cambió el edificio de realidad material; cambió la determinación concreta bajo la cual esa misma realidad está siendo estudiada. ↩
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Como contexto institucional posterior —y no como prueba del episodio concreto de la administración Bush descrito anteriormente, que es anterior a estos fallos—, conviene recordar que el 21 de enero de 2010 la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos resolvió el caso Citizens United v. Federal Election Commission. Lo que la Corte declaró inconstitucional no fueron los límites a las contribuciones directas que una persona puede hacer a un candidato, sino determinadas prohibiciones impuestas a corporaciones y sindicatos para realizar gastos electorales independientes con sus propios fondos; las prohibiciones sobre contribuciones corporativas directas a candidatos permanecieron. Poco después, el 26 de marzo de 2010, en SpeechNow.org v. FEC, la Corte de Apelaciones del Circuito del Distrito de Columbia concluyó, apoyándose precisamente en la lógica constitucional desarrollada en Citizens United, que tampoco podían limitarse las contribuciones destinadas a organizaciones que se dedicaran exclusivamente a realizar gastos independientes. De la combinación de ambos desarrollos jurídicos surge el régimen contemporáneo de los llamados Super PACs o comités dedicados exclusivamente a gastos independientes: pueden recibir contribuciones ilimitadas de personas naturales, corporaciones, sindicatos y otros comités políticos, pero no pueden hacer contribuciones directas a candidatos y sus gastos, precisamente para seguir siendo jurídicamente “independientes”, no pueden ser coordinados con las campañas que favorecen.
La diferencia no es entonces que un multimillonario o una corporación posean formalmente una libertad de expresión que le esté negada a una persona ordinaria —las personas naturales también pueden realizar gastos independientes—, sino que una libertad formalmente igual opera sobre una distribución profundamente desigual de recursos y, por tanto, produce capacidades materialmente muy desiguales para financiar discurso político. Para el ciclo electoral 2019-2020 una persona podía contribuir directamente hasta $2,800 por candidato y por elección, mientras que los gastos independientes reportados a la FEC durante ese ciclo superaron los $3.1 mil millones. Precisamente ahí reside la cuestión política relevante: la separación jurídica entre “contribución directa” y “gasto independiente” permite que enormes diferencias de poder económico se traduzcan en enormes diferencias de capacidad efectiva de intervención política sin necesidad de entregar el dinero directamente al candidato. Modificar profundamente este régimen no es imposible dentro del propio orden jurídico —una Corte Suprema posterior puede revisar sus precedentes y la Constitución misma puede ser enmendada mediante los procedimientos extraordinariamente exigentes de su artículo V—, pero evidentemente se trata de una estructura institucional extraordinariamente difícil de transformar por la vía legislativa ordinaria. ↩
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“Espirituales” se utiliza aquí en el sentido histórico-filosófico correspondiente a términos como el alemán geistig, es decir, referido a las dimensiones intelectuales, psíquicas, culturales, conscientes y afectivas de la vida humana y no a la existencia de alguna sustancia sobrenatural o religiosamente entendida como “espíritu”. El propio Marx contrapone y relaciona en los Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844 la existencia y la energía físicas con la existencia y la actividad geistige, precisamente porque desde su perspectiva materialista las necesidades humanas no se reducen a la mera subsistencia biológica: un ser humano necesita alimentarse y proteger físicamente su cuerpo, pero también conocer, crear, relacionarse, amar, desarrollar sus capacidades, participar de la cultura y realizar conscientemente su propia vida. En terminología contemporánea buena parte de aquello que en esa tradición se denominaba “espiritual” podría expresarse mediante categorías psicológicas, intelectuales, culturales y sociales sin modificar por ello la esencia del argumento. ↩
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Que el volumen cerebral absoluto de los neandertales fuese semejante y con frecuencia superior al del Homo sapiens moderno no permite concluir que fueran “más inteligentes”, puesto que el tamaño absoluto del cerebro no constituye por sí solo una medida suficiente de capacidad cognitiva y debe considerarse, entre otros aspectos, en relación con el tamaño corporal, la organización cerebral y las funciones que desempeñaban sus distintas regiones. Lo que sí puede afirmarse con bastante mayor fundamento es que la vieja representación del neandertal como un ser cognitivamente rudimentario resulta insostenible. Sverker Johansson, en “Language Abilities in Neanderthals”, publicado en Annual Review of Linguistics, volumen 1, en 2015, revisa conjuntamente evidencia anatómica, arqueológica y genética y concluye que los neandertales poseían cuando menos determinadas capacidades lingüísticas y eran capaces de comunicación simbólica, aunque de ello no pueda inferirse sin más la existencia de un lenguaje sintáctico moderno idéntico al nuestro. La razón de la desaparición de los neandertales continúa siendo objeto de discusión científica y no puede reducirse a una supuesta inferioridad intelectual; entre los factores seriamente considerados se encuentran la demografía, el tamaño y conectividad de las poblaciones, las redes sociales, las condiciones ecológicas y las interacciones con las poblaciones de Homo sapiens. ↩


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