Economía política · Método · Teoría del valor
La Refutación Metodológica de Nikolái Bujarin a la Crítica de Böhm-Bawerk a la Teoría del Valor de Marx
Sociedad, Historia y Producción: Los Fundamentos de una Crítica de la Economía Marginalista
Fundamentos metodológicos de la teoría de la utilidad marginal y del marxismo
La economía política del rentista. Crítica de la economía marginalista.
Toda teoría suficientemente bien organizada debe constituir una totalidad definida, cuyas partes estén unidas por un vínculo lógico sólido. Por ello, una crítica consecuente debe ocuparse necesariamente de los fundamentos de la teoría, de su método, pues este es el que articula las distintas partes de su estructura. Comenzaremos, por tanto, con una crítica de los presupuestos metodológicos de la teoría de la utilidad marginal: no nos referimos a su carácter deductivo, sino a los rasgos específicos que presenta dentro del método abstracto-deductivo. A nuestro juicio, toda teoría de la economía política —si merece el nombre de teoría— es abstracta; hasta ese punto, el marxismo coincide plenamente con la Escuela Austriaca.[21] Pero esta coincidencia es exclusivamente formal; de no existir, ni siquiera sería posible comparar la teoría austriaca con la de Karl Marx. Lo que aquí nos interesa es el contenido concreto del método abstracto propio de la Escuela Austriaca, aquello que lo distingue tan profundamente del marxismo.
La economía política es una ciencia social y presupone —sean o no conscientes de ello sus teóricos— alguna concepción de la esencia de la sociedad y de las leyes de su desarrollo. En otras palabras, toda teoría económica depende de determinados presupuestos de carácter sociológico que sirven de fundamento a la investigación de la dimensión económica de la vida social. Estos presupuestos pueden formularse explícitamente o permanecer implícitos; pueden exponerse como un sistema ordenado o conservar la forma de una «visión general indefinida», pero nunca pueden estar ausentes.
La economía política de Karl Marx posee tal base en la teoría historiográfica y sociológica del materialismo histórico, que a su vez encuentra su fundamentación metodológica en la filosofía del Materialismo Dialéctico. Esta articulación permite distinguir tres planos relacionados: la reflexión filosófica sobre la realidad material, sus relaciones y sus procesos de transformación; la investigación histórico-social de las formaciones sociales determinadas; y el análisis de las relaciones específicamente capitalistas mediante la crítica de la economía política. La fundamentación filosófica orienta la investigación, pero no sustituye la reconstrucción histórica, el análisis de los mecanismos causales ni la contrastación con la realidad concreta. La prioridad de las relaciones sociales tampoco elimina la acción individual: permite comprender las condiciones en las que esta actúa y los resultados colectivos que produce.[E1]
La Escuela Austriaca, en cambio, no cuenta con una base sociológica sistemática, ni siquiera suficientemente definida: debemos reconstruir sus vestigios a partir de la propia teoría económica austriaca. Al hacerlo, encontramos repetidamente contradicciones entre sus concepciones generales acerca de la naturaleza de la «economía política» y los fundamentos efectivos de su teoría económica.[22] Son estos últimos, por tanto, los que recibirán nuestra atención principal.
El marxismo se caracteriza por los siguientes fundamentos sociológicos de la ciencia económica: el reconocimiento de la prioridad de la sociedad respecto del individuo; el reconocimiento del carácter histórico y transitorio de toda estructura social; y, por último, el reconocimiento del papel predominante de la producción. La Escuela Austriaca, por el contrario, se caracteriza por un individualismo metodológico extremo, una perspectiva ahistórica y la adopción del consumo como punto de partida. En la introducción de este libro intentamos ofrecer una explicación sociogenética de esta diferencia fundamental entre el marxismo y la Escuela Austriaca; caracterizamos esta diferencia —o, más exactamente, esta oposición— como un contraste de psicología social. Ahora lo analizaremos desde el punto de vista lógico.
| Eje | Punto de partida marxista | Objeción de Bujarin al enfoque austriaco |
|---|---|---|
| Sociedad e individuo | Individuos insertos en relaciones sociales efectivas. | El individuo aislado presupone, al explicar el mercado, el contenido social que debería explicar. |
| Historicidad | Valor, capital y renta como categorías de relaciones históricamente determinadas. | Las categorías ahistóricas borran lo específicamente capitalista. |
| Producción y dinámica | Producción, productividad, reproducción, acumulación y crisis. | Partir de una dotación dada de bienes restringe la explicación del desarrollo económico. |
01Objetivismo y subjetivismo en la economía política
Werner Sombart, en el conocido artículo en el que examinó el tercer volumen de El Capital de Marx, después de contraponer los dos métodos de la economía política —el subjetivo y el objetivo—, caracteriza el sistema de Marx como expresión de un «objetivismo extremo»; la Escuela Austriaca, a su juicio, representaba «el desarrollo más consecuente en la dirección opuesta».[23] Consideramos enteramente acertada esta caracterización.
En efecto, el estudio de los fenómenos sociales en general, y de los económicos en particular, puede abordarse de dos maneras. Podemos suponer que la ciencia debe partir del análisis de la sociedad como totalidad, la cual determina en cada momento las manifestaciones de la vida económica individual; en ese caso, su tarea consiste en descubrir las conexiones y los encadenamientos causales entre los distintos fenómenos sociales que determinan los fenómenos individuales. O bien podemos suponer que la ciencia debe partir del análisis de las conexiones causales de la vida individual, dado que los fenómenos sociales serían una resultante de los individuales; en ese caso, su tarea consistiría en comenzar por las relaciones causales de la vida económica individual y derivar de ellas los fenómenos y las relaciones causales de la economía social.
En este sentido, Marx es sin duda un «objetivista extremo», tanto en sociología como en economía política. Por ello, su doctrina económica fundamental —la teoría del valor— debe distinguirse claramente de la de los economistas clásicos, en particular de la de Adam Smith. La teoría del valor-trabajo de este último se basa en una estimación individual de las mercancías correspondiente a la cantidad y la calidad del trabajo empleado. Es una teoría subjetiva del valor-trabajo, frente a la cual la teoría del valor de Marx es objetiva; es decir, constituye una ley social de los precios.
La teoría de Marx es, por tanto, una teoría objetiva del valor-trabajo: no se funda en valoraciones individuales, sino que expresa la conexión entre las fuerzas productivas sociales existentes y los precios de las mercancías tal como se determinan en el mercado.[24] Precisamente mediante el ejemplo de la teoría del valor y del precio, Sombart muestra con especial claridad la diferencia entre ambos métodos.
«Marx no se ocupa ni por un instante —dice Sombart— de los motivos individuales de quienes participan en el intercambio, ni toma como punto de partida consideraciones sobre los costos de producción. Su razonamiento es otro: los precios se forman mediante la competencia; cómo se forman es una cuestión distinta. Pero la competencia está regulada, a su vez, por la tasa de ganancia; la tasa de ganancia, por la tasa de plusvalor; la tasa de plusvalor, por el valor, que es expresión de un hecho socialmente condicionado: las fuerzas productivas sociales. El sistema de Marx presenta estos elementos en el orden inverso: valor — plusvalor — ganancia — competencia — precios, etc. Si tuviéramos que resumirlo en una sola frase, diríamos que Marx nunca se propone explicar la conducta del sujeto económico a partir de sus motivos individuales, sino determinar y delimitar su arbitrio». (Werner Sombart, op. cit., p. 591).
La escuela subjetiva procede de manera muy diferente. En ella encontramos «en todas partes, únicamente “motivación” para cada transacción económica [individual]» (ibíd., p. 592).
La diferencia queda aquí expresada con gran claridad. Mientras Marx considera «el movimiento social como un proceso de historia natural regido por leyes que no solo son independientes de la voluntad, la conciencia y la inteligencia humanas, sino que, por el contrario, determinan esa voluntad, esa conciencia y esa inteligencia»,[25] Böhm-Bawerk toma como punto de partida el análisis de la conciencia individual del sujeto económico.
«Las leyes sociales —escribe Böhm-Bawerk—, cuya investigación constituye la tarea de la economía política, dependen de las acciones coincidentes de los individuos. A su vez, esa uniformidad de la acción es consecuencia de la intervención de motivos semejantes que la determinan. En tales circunstancias, difícilmente cabe dudar de la pertinencia de explicar las leyes sociales remontándose a los motivos impulsores que determinan las acciones individuales, o partiendo de esos motivos».[26] La diferencia entre el método objetivo y el subjetivo no es, por tanto, otra que la oposición entre el método social y el individualista. (R. Stolzmann, Der Zweck in der Volkswirtschaftslehre, Berlín, 1909, p. 59).
Sin embargo, debemos precisar todavía esta definición de ambos métodos. Ante todo, es necesario aclarar en qué sentido habla Marx de la independencia respecto de la voluntad, la conciencia o las intenciones humanas. En segundo lugar, debemos definir con mayor precisión al «individuo económico», que constituye el punto de partida de la Escuela Austriaca.
«Estas relaciones sociales determinadas son producidas por los seres humanos tanto como lo son el paño, el lino, etc.». (Karl Marx, Miseria de la filosofía, Chicago, Charles H. Kerr, p. 119). De ello no se sigue, sin embargo, que las consecuencias sociales —ese «producto social» del que habla Marx— estén contenidas en la conciencia de esos individuos como fines o motivos impulsores.
La sociedad moderna, con su estructura anárquica —precisamente la sociedad que la teoría de la economía política toma como objeto de estudio— y con sus fuerzas de mercado y su acción espontánea —competencia, fluctuaciones de precios, bolsa de valores, etc.—, ofrece numerosos ejemplos de cómo el «producto social» se impone a sus creadores. El resultado de los motivos de los sujetos económicos individuales, aunque no aislados, no solo puede no corresponder a esos motivos, sino incluso oponérseles directamente.[27]
La formación de los precios permite verlo con claridad. Cierto número de compradores y vendedores acude al mercado con una idea aproximada del valor de sus propias mercancías y de las ajenas; de su enfrentamiento resulta un precio de mercado que no coincide con las estimaciones individuales de la gran mayoría de las partes. Más aún, ese precio puede tener efectos destructivos para algunos «individuos económicos»: los precios bajos pueden obligarlos a abandonar sus negocios; quedan «arruinados». El fenómeno se vuelve todavía más evidente en la bolsa de valores, donde la especulación es la regla.
En todos estos casos, característicos de la organización socioeconómica moderna, podemos hablar de la «independencia» de los fenómenos sociales respecto de la voluntad, la conciencia y las intenciones humanas. Pero esa independencia no debe entenderse como si existieran dos órdenes de fenómenos enteramente desvinculados. Sería absurdo suponer que la historia humana no es realizada por la voluntad de los seres humanos, sino al margen de ella: semejante «concepción materialista de la historia» es una caricatura burguesa del marxismo. Ocurre precisamente lo contrario: las acciones individuales y los fenómenos sociales mantienen entre sí la más estrecha relación genética.
Esta independencia debe entenderse únicamente en el sentido de que los resultados objetivados de los actos individuales se imponen sobre los demás elementos parciales. El «producto» domina a su creador: en cada momento, la voluntad individual está determinada por la resultante ya constituida del enfrentamiento entre las voluntades de los distintos «individuos económicos». El empresario vencido en la competencia y el financiero quebrado se ven obligados a abandonar el campo de batalla, aunque un instante antes actuaban como agentes, como «creadores» del proceso social que finalmente se volvió contra ellos.[28]
Este fenómeno expresa la irracionalidad y el carácter espontáneo del proceso económico en la economía mercantil, que se manifiestan con claridad en la psicología del fetichismo de la mercancía, expuesta y analizada de manera brillante por Marx. Es precisamente en la economía mercantil donde se produce la objetivación de las relaciones entre los seres humanos: debido al carácter espontáneo del desarrollo, estas expresiones cosificadas adquieren una existencia específica e «independiente», sometida a una legalidad propia.
Nos encontramos, por tanto, ante diversas series de fenómenos individuales y diversas series de fenómenos sociales. Sin duda, existen conexiones causales entre ambas categorías —la individual y la social— y entre las distintas series de una misma categoría, en especial entre las series de fenómenos sociales que dependen unas de otras. El método de Marx consiste precisamente en determinar la ley causal que rige las relaciones entre los distintos fenómenos sociales. En otras palabras, Marx examina la causalidad de las resultantes de las diversas voluntades individuales, sin estudiar estas últimas por separado; investiga las leyes de los fenómenos sociales sin hacer del análisis de su relación con la conciencia individual el punto de partida.[29]
Pasemos ahora a los «sujetos económicos» de Böhm-Bawerk.
En su artículo sobre el libro de Carl Menger, Untersuchungen…, Böhm-Bawerk, de acuerdo tanto con los adversarios de la Escuela Austriaca como con el propio Menger, reconoce que los «sujetos económicos» de la nueva escuela son, ni más ni menos, los átomos de la sociedad. La tarea de la nueva escuela consiste en «eliminar los métodos histórico y orgánico como métodos dominantes de la investigación teórica en las ciencias sociales […] y […] restablecer la orientación atomista exacta». (Böhm-Bawerk, Zeitschrift für Privat- und öffentliches Recht der Gegenwart, Viena, 1884, vol. XI, p. 220).
El punto de partida del análisis no es, evidentemente, el individuo perteneciente a una sociedad determinada, en sus relaciones sociales con los demás, sino el «átomo» aislado: el Robinson Crusoe económico. Los ejemplos elegidos por Böhm-Bawerk para aclarar sus ideas responden a ese mismo esquema. «Un hombre se encuentra junto a un manantial del que brota agua en abundancia»: así introduce su análisis de la teoría del valor. (Böhm-Bawerk, «Grundzüge der Theorie des wirtschaftlichen Güterwerts», Jahrbücher für Nationalökonomie und Statistik, de Hildebrandt, vol. XIII, p. 9). A continuación aparecen un viajero en el desierto (ibíd., p. 9), un campesino aislado del resto del mundo (ibíd., p. 9), un colono «cuya cabaña de troncos se alza solitaria en el bosque virgen» (ibíd., p. 30), etc. En Carl Menger encontramos ejemplos semejantes: «el habitante del bosque virgen» (Grundsätze der Volkswirtschaftslehre, Viena, 1871, p. 82), «los habitantes de un oasis» (ibíd., p. 88), «un individuo miope en una isla solitaria» (ibíd., p. 95), «un campesino aislado» (ibíd., p. 96), «unos náufragos» (ibíd., p. 104).
Encontramos aquí el punto de vista que Bastiat, el «más dulce» de los economistas, formuló con tanta nitidez. En sus Armonías económicas afirma: «Las leyes económicas actúan de manera uniforme, ya se trate de una multitud de personas solitarias, de solo dos personas o de un único individuo obligado por las circunstancias a vivir aislado. Si ese individuo pudiera vivir algún tiempo en aislamiento, sería simultáneamente capitalista, empresario, trabajador, productor y consumidor. En él se realizaría todo el desarrollo económico. Al poder observar cada una de sus fases —la necesidad, el esfuerzo, la satisfacción de la necesidad— y disfrutar libremente de los frutos del trabajo, podría formarse una idea de todo el mecanismo, aunque fuera en su forma más simple». (Frédéric Bastiat, Harmonies économiques, Bruselas, 1850, p. 213).
Anteriormente, en el mismo libro, Bastiat sostiene: «Afirmo que la economía política alcanzaría su objetivo y cumpliría su misión si llegara a demostrar lo siguiente: que lo que es válido respecto de una persona también lo es respecto de la sociedad» (ibíd., p. 74).[30]
Jevons formula una afirmación equivalente: «La forma general de las leyes económicas es la misma para los individuos y para las naciones».[31]
Por venerable que se haya vuelto esta perspectiva con el paso del tiempo, sigue siendo enteramente errónea. La sociedad no es —aunque se lo suponga consciente o inconscientemente— una suma aritmética de individuos aislados. Por el contrario, la actividad económica de cada individuo presupone un medio social determinado, en el que se expresan las relaciones sociales entre las economías individuales. Los motivos del individuo que vive aislado son completamente distintos de los del «animal social», el zoon politikon. El primero vive en un entorno compuesto por la naturaleza, por las cosas en su simplicidad originaria; el segundo está rodeado no solo de «materia», sino también de un medio social específico. El tránsito del individuo aislado a la sociedad solo es posible a través de ese medio social.
En efecto, si nos encontráramos únicamente ante un agregado de economías individuales sin puntos de contacto entre sí, si faltara ese medio específico que Rodbertus llamó acertadamente «comunidad económica», no habría sociedad. Desde luego, es teóricamente posible reunir bajo un solo concepto varias economías aisladas y distantes, forzándolas, por así decirlo, a constituir una «totalidad». Pero ese agregado no sería una sociedad: no sería un sistema de economías estrechamente vinculadas y en interacción permanente. El primer agregado sería una construcción artificial nuestra; el segundo, una totalidad realmente existente.[32]
Por tanto, el sujeto económico individual solo puede considerarse como miembro de un sistema económico social, nunca como un átomo aislado. En su acción, se adapta al estado dado de los fenómenos sociales, que imponen límites a sus motivos individuales o, en palabras de Sombart, los «delimitan».[33] Esto vale tanto para la «estructura económica de la sociedad», es decir, para las condiciones de producción, como para los fenómenos socioeconómicos que surgen sobre la base de una estructura determinada.
Así, por ejemplo, las estimaciones individuales de los precios siempre parten de precios previamente establecidos; el deseo de depositar capital en un banco depende de la tasa de interés vigente; la inversión en una u otra industria está determinada por la ganancia que esta proporciona; la valoración de una parcela depende de su renta y de la tasa de interés, etc. Los motivos individuales ejercen, sin duda, efectos de retorno sobre esas condiciones; pero debe subrayarse que desde el comienzo están impregnados de contenido social. Por ello, no es posible derivar «leyes sociales» de los motivos de un sujeto aislado.[34]
Ahora bien, si nuestra investigación no comienza por el individuo aislado, sino que da por supuesto el componente social de sus motivos, caeremos en un círculo vicioso: al intentar derivar lo «social», esto es, lo «objetivo», de lo «individual», esto es, lo «subjetivo», en realidad lo derivaremos de lo «social». No habremos hecho más que trasladar de lugar aquello que debíamos explicar.
Como hemos visto, los motivos del individuo aislado constituyen el punto de partida de la Escuela Austriaca, representada aquí por Böhm-Bawerk. Es cierto que sus representantes presentan a veces concepciones bastante acertadas de la naturaleza de la estructura social como totalidad. Sin embargo, en la práctica comienzan directamente por analizar los motivos de los sujetos económicos, prescindiendo de sus vínculos sociales. Esta perspectiva caracteriza a los teóricos más recientes de la burguesía, y la Escuela Austriaca la aplica de manera consecuente a lo largo de todo su desarrollo. En cuanto intente derivar cualquier fenómeno social, se verá obligada a introducir subrepticiamente la noción de lo «social» en los motivos individuales de sus «átomos sociales». Con ello incurrirá en un círculo vicioso tan ineludible como desmesurado.
Esta falacia lógica inevitable ya se manifiesta, de hecho, en el análisis de la teoría austriaca del valor subjetivo, piedra angular de toda la construcción teórica de la que sus representantes se enorgullecen tanto. Basta esta falacia para invalidar el alcance de esa ideología económica científica de la burguesía moderna, elaborada con tanto ingenio, pues, como observa acertadamente el propio Böhm-Bawerk, «en una investigación científica es un pecado mortal de método dar por supuesto aquello que debe explicarse».[35]
Llegamos, por tanto, a la conclusión de que el «subjetivismo» de la Escuela Austriaca, el aislamiento deliberado del «sujeto económico» y la omisión de las relaciones sociales[36] conducen necesariamente a la quiebra lógica de todo el sistema. Este resulta tan insatisfactorio como la antigua teoría de los costos de producción, que también giraba impotente dentro de su círculo mágico.
Surge entonces la pregunta de si es posible formular teóricamente la vida económica y determinar sus leyes causales sin analizar las leyes causales de los motivos individuales; en otras palabras, si es posible el «objetivismo» que fundamenta la teoría marxista. Incluso Böhm-Bawerk admite esa posibilidad: «No, ciertamente, acciones causalmente condicionadas sin una motivación causal; pero sí el conocimiento de acciones causalmente condicionadas sin conocer la motivación que las acompaña».[37] Sin embargo, considera que «la fuente objetivista de conocimiento […] puede aportar, a lo sumo, una fracción muy pequeña y particularmente insuficiente para sus propios fines del conocimiento total alcanzable, ya que en el terreno económico nos ocupamos especialmente de acciones humanas conscientes y calculadas». (Zum Abschluss des Marxschen Systems, p. 202; traducido al inglés con el título Karl Marx and the Close of His System; las páginas citadas corresponden a la edición alemana).
Frente a ello, ya hemos visto que son precisamente las abstracciones psicológicas individualistas de la Escuela Austriaca las que ofrecen resultados tan pobres.[38] No estamos cuestionando la abstracción como tal: hemos insistido en que es un elemento necesario de todo conocimiento. El error austriaco consiste en omitir justamente los fenómenos sociales que se propone estudiar. R. Stolzmann lo expresa con claridad: «Los tipos de economía pueden simplificarse cuanto se quiera mediante el aislamiento y la abstracción, pero deben seguir siendo tipos sociales; deben referirse a una economía social». (R. Stolzmann, op. cit., p. 63; véase también Die soziale Kategorie, pp. 291–292; D. Lifschitz, Zur Kritik der Böhm-Bawerkschen Werttheorie, Leipzig, 1908, cap. IV, especialmente pp. 90–91).
No es posible pasar de lo puramente individual a lo social. Aunque ese tránsito hubiera existido realmente en la historia, es decir, aunque los seres humanos hubieran pasado de una condición de aislamiento a la de «ser social», la única posibilidad —incluso en ese caso— sería ofrecer una descripción histórica y concreta del proceso: una solución puramente idiográfica, «cinematográfica», del problema. Ni siquiera entonces podría establecerse una teoría nomotética.
Supongamos, por ejemplo, que ciertos productores aislados entablan relaciones entre sí, intercambian sus bienes y construyen gradualmente una sociedad de intercambio semejante a la moderna. Examinemos ahora las valoraciones subjetivas del individuo moderno. Estas se basan en precios anteriormente establecidos, como mostraremos con detalle más adelante. Esos precios, a su vez, se habrían formado a partir de los motivos de los sujetos económicos de una época anterior; pero también dependían de precios establecidos en un período todavía más antiguo, los cuales resultarían de valoraciones subjetivas basadas en precios aún anteriores, y así sucesivamente.
Al final encontraríamos las valoraciones de los productores individuales en las que ya no interviene ningún elemento de precio, porque faltan todos los vínculos sociales, la sociedad misma. Pero ese análisis, que parte del individuo moderno y termina en un Robinson Crusoe hipotético, solo ofrecería una descripción histórica de la transformación de los motivos del individuo aislado en los del individuo moderno, con la particularidad de recorrer el proceso en sentido inverso. Sería una mera descripción; sobre esa base tampoco podría construirse una teoría general de los precios o del intercambio.
Cualquier intento de construir así una teoría conduce necesariamente a círculos viciosos: mientras permanezcamos dentro de una teoría general, debemos partir del elemento social como algo dado, en lugar de pretender explicarlo por ese procedimiento. Ir más allá de ese dato equivaldría, como hemos visto, a transformar la teoría en historia, es decir, a pasar a un campo de investigación diferente.
Nos queda, por tanto, un solo modo de estudio: combinar la deducción abstracta con el método objetivo, combinación característica de la economía política marxista. Solo por esta vía puede construirse una teoría que, en lugar de incurrir reiteradamente en contradicciones internas, constituya un instrumento efectivo para investigar la realidad capitalista.
02La perspectiva histórica y la perspectiva ahistórica
En sus Teorías sobre el plusvalor (vol. I, p. 34), Karl Marx afirma acerca de los fisiócratas: «Su gran mérito consistió en concebir estas formas [las formas del modo de producción capitalista] como formas fisiológicas de la sociedad: formas que emanan de la necesidad natural de la producción misma y que son independientes de la voluntad, la política, etc. Son leyes materiales; el error de los fisiócratas consiste en haber concebido la ley material de una etapa histórica específica de la sociedad como una ley abstracta que domina de manera uniforme todas las formas sociales».
Esta formulación expresa de manera excelente la diferencia entre una perspectiva puramente social y una perspectiva histórico-social. Es posible considerar «la economía social como un todo» y, aun así, no comprender la importancia de las formas específicas que la sociedad ha desarrollado históricamente. Aunque en la época moderna la perspectiva ahistórica suele ir acompañada de una incomprensión de los vínculos sociales, debemos distinguir ambas cuestiones metodológicas: la posibilidad de un «tratamiento objetivo» no garantiza por sí sola que los problemas se planteen históricamente. Los fisiócratas ofrecen un ejemplo de ello. El caso reaparece en la literatura económica moderna con Tugan-Baranovsky, cuya «teoría social de la distribución» resulta aplicable a cualquier sociedad dividida en clases y, precisamente por ello, no explica nada específico.[39]
Marx subraya rigurosamente el carácter histórico de su teoría económica y la relatividad de sus leyes. «A su juicio, cada período histórico posee sus propias leyes […]. En cuanto la vida supera un período determinado de su desarrollo y pasa de una etapa a otra, comienza también a regirse por leyes diferentes».[40] De ello no se sigue que Marx negara la existencia de leyes generales de la vida social a lo largo de sus diversas etapas de desarrollo. La concepción materialista de la historia, por ejemplo, formula leyes que pretenden explicar el desarrollo social en sus distintos momentos. Pero estas no excluyen las leyes históricas específicas de la economía política que, a diferencia de las leyes sociológicas generales, expresan la esencia de una estructura social determinada: la sociedad capitalista.[41]
Anticipemos una posible objeción: aceptar el principio histórico podría conducir directamente a una teoría idiográfica, puramente descriptiva, es decir, a la perspectiva defendida por la llamada Escuela Histórica. Esa objeción, sin embargo, confundiría cuestiones distintas. Tomemos como ejemplo un método general de las ciencias idiográficas: la estadística. En las estadísticas de población encontramos la «ley empírica» según la cual nacen entre 105 y 108 varones por cada 100 mujeres. Esta «ley» tiene un carácter puramente descriptivo y no indica ninguna relación causal.
En cambio, una ley teórica de la economía política debe poder formularse así: si están presentes A, B y C, debe producirse también D; es decir, la presencia de determinadas condiciones o «causas» implica la aparición de determinadas consecuencias. Es evidente que estas consecuencias también pueden tener carácter histórico y presentarse efectivamente solo en un momento determinado. Desde un punto de vista puramente lógico, es indiferente dónde y cuándo se produzcan esas condiciones, e incluso si llegan a producirse: en ese sentido, «tratamos con leyes eternas». Pero en cuanto se realizan efectivamente, son «leyes históricas», porque están vinculadas a condiciones que solo aparecen en cierta etapa del desarrollo histórico.[42] Una vez presentes esas condiciones, sus consecuencias quedan igualmente determinadas.
Este carácter de las leyes económicas teóricas permite aplicarlas a países y épocas cuyo desarrollo social ha alcanzado el nivel correspondiente. Así pudieron los marxistas rusos prever acertadamente los «destinos del capitalismo en Rusia», aunque el análisis de Marx se basara en material empírico concreto procedente de Inglaterra.[43]
En otras palabras, el carácter «histórico» de las leyes de la economía política no convierte esta disciplina en una ciencia idiográfica. Por otra parte, solo la perspectiva histórica puede tener valor científico en este terreno.
La economía política, como ciencia, solo puede tener por objeto una sociedad mercantil, una sociedad capitalista. Si tratáramos con una economía organizada de otra manera —por ejemplo, la economía del oikos de Rodbertus, una sociedad comunista primitiva, la propiedad feudal de la tierra o la economía socializada y organizada del «Estado» socialista—, no encontraríamos ninguno de los problemas cuya solución corresponde a la economía política teórica. Esos problemas están ligados a la economía mercantil, especialmente a su forma capitalista: valor, precio, capital, ganancia, crisis, etc.
No es casual que, con el predominio más o menos extendido del sistema de «libre competencia», el carácter espontáneo del proceso económico se manifieste con particular intensidad: la voluntad y los fines individuales pasan a segundo plano frente al encadenamiento objetivo de los fenómenos sociales. Solo a la producción mercantil como tal, y a su forma más desarrollada, la producción capitalista, se aplica el fenómeno que Marx denomina «fetichismo de la mercancía» y analiza en El Capital. La relación personal entre los seres humanos en el proceso de producción adopta entonces la forma de una relación impersonal entre cosas; estas adquieren la forma del «jeroglífico social» del valor. (Karl Marx, El Capital, vol. I, p. 85).
De ahí el carácter «enigmático» propio del modo de producción capitalista y los rasgos específicos de los problemas que aquí se someten por primera vez a investigación teórica. El análisis de la sociedad capitalista reviste un interés particular y confiere una forma lógica específica a la ciencia económica: esta investiga las conexiones causales de la vida espontánea de la sociedad moderna y formula leyes independientes de la conciencia humana, «leyes naturales reguladoras» semejantes a la ley de la gravedad cuando «la casa se le viene a uno encima». Ello ocurre «no por el caractère typique de la liberté économique [carácter típico de la libertad económica], sino por la peculiaridad epistemológica del sistema competitivo, que reúne el mayor número de enigmas teóricos y las mayores dificultades para resolverlos». (Heinrich Dietzel, Theoretische Sozialökonomik, p. 90).
Este carácter espontáneo, resultado de condiciones sumamente complejas, es él mismo un fenómeno histórico propio de la producción mercantil.[44] Solo una economía social no organizada presenta fenómenos específicos en los que la adaptación recíproca de las distintas partes del organismo productivo tiene lugar independientemente de una voluntad humana orientada conscientemente a ese fin. Cuando la economía social se dirige de manera planificada, la distribución y redistribución de las fuerzas productivas sociales constituyen un proceso consciente apoyado en datos estadísticos.
Bajo la anarquía actual de la producción, ese proceso se efectúa mediante el mecanismo de los precios: sus alzas y caídas, su presión sobre las ganancias, una serie de crisis, etc. No se realiza mediante un cálculo consciente de la comunidad, sino por la fuerza ciega del proceso social, que se manifiesta en una cadena de fenómenos socioeconómicos, particularmente en el precio de mercado. Todos estos fenómenos son característicos de la sociedad moderna y constituyen el objeto de la economía política.
En una sociedad socialista, la economía política perderá su razón de ser: quedarán una «geografía económica», de carácter idiográfico, y una «política económica», de carácter normativo. Las relaciones entre los seres humanos serán sencillas y transparentes; desaparecerá su forma objetiva fetichizada, y las consecuencias causales de fuerzas sociales no controladas serán sustituidas por las consecuencias causales de la actividad consciente de la sociedad.
Este hecho basta para mostrar que la investigación del capitalismo debe atender a los rasgos fundamentales que distinguen su «organismo productivo» de cualquier otro: estudiar el capitalismo es estudiar aquello que lo diferencia de las demás estructuras sociales. Si prescindimos de sus particularidades típicas, llegamos a categorías generales aplicables a cualesquiera condiciones sociales de producción y que, por ello, no explican el proceso específico e históricamente condicionado del «capitalismo moderno». Precisamente en olvidar este principio, dice Marx, «consiste toda la sabiduría de los economistas modernos, que demuestran la eternidad y la armonía de las condiciones sociales existentes».[45]
Debemos recordar también que el capitalismo es la forma desarrollada de la producción mercantil: no se caracteriza por el intercambio en general, sino por el intercambio capitalista. En él, la fuerza de trabajo aparece en el mercado como una mercancía, y las condiciones de producción —«la estructura económica de la sociedad»— incluyen tanto las relaciones entre productores de mercancías como las relaciones entre la clase capitalista y la clase asalariada. Por tanto, analizar el capitalismo exige investigar no solo las condiciones generales de la economía mercantil —quedarse en ellas equivaldría a formular una teoría de la producción mercantil simple—, sino también la estructura específicamente capitalista.
Una teoría económica verdaderamente científica requiere plantear los problemas de este modo. Solo cuando se pretende glorificar y perpetuar las condiciones capitalistas, en lugar de investigarlas teóricamente, puede omitirse el análisis de sus rasgos específicos. Por eso Marx inicia El Capital con estas palabras: «La riqueza de las sociedades en las que predomina el modo de producción capitalista se presenta como una “inmensa acumulación de mercancías”, y la mercancía individual como su forma elemental. Nuestra investigación debe comenzar, por tanto, con el análisis de la mercancía». (El Capital, vol. I, p. 41).
Desde el comienzo, la investigación de Marx sigue, por tanto, una vía histórica; el análisis posterior muestra que todos los conceptos económicos fundamentales tienen carácter histórico.[46] «Todo producto del trabajo —dice Marx a propósito del valor— es un valor de uso en cualquier estado de la sociedad; pero solo en una época histórica determinada del desarrollo social ese producto se convierte en mercancía: cuando el trabajo gastado en producir un artículo útil se expresa como una de sus cualidades objetivas, es decir, como su valor». (El Capital, vol. I, p. 71).
Marx se expresa de manera semejante sobre el capital: «Pero el capital no es una cosa. Es una relación social de producción determinada, perteneciente a una formación histórica específica de la sociedad. Esa relación se expresa mediante una cosa y le confiere un carácter social particular. No es la suma de los medios de producción materiales y producidos. Es, más bien, los medios de producción transformados en capital; los medios de producción, por sí mismos, no son capital, del mismo modo que el oro y la plata no son dinero por sí mismos». (El Capital, vol. III, parte VII, pp. 947–948).
Comparemos esta definición con la que ofrece Böhm-Bawerk:
«Llamamos capital, en general, a un conjunto de productos que sirven como medios para adquirir bienes. De esta concepción general puede separarse el concepto más restringido de capital social. Llamamos capital social a un conjunto de productos que sirven como medios para obtener bienes de la economía social; en pocas palabras, un conjunto de productos intermedios».[47]
Es evidente que ambas definiciones parten de perspectivas completamente diferentes. Mientras Marx destaca como rasgo principal el carácter histórico de la categoría, Böhm-Bawerk prescinde de él por completo. Mientras Marx estudia relaciones entre seres humanos históricamente determinadas, Böhm-Bawerk presenta formas universales de la relación entre los seres humanos y las cosas. En efecto, si se eliminan las relaciones entre los seres humanos, sujetas a cambios históricos, solo quedan las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza: las categorías histórico-sociales quedan sustituidas por categorías «naturales». Pero estas no pueden explicar aquellas, pues, como observa acertadamente Stolzmann, «las categorías naturales solo pueden ofrecer posibilidades técnicas para el desarrollo de los fenómenos económicos». (R. Stolzmann, Der Zweck in der Volkswirtschaftslehre, 1909, p. 131).
El proceso de trabajo, el proceso de producción y distribución de bienes, adopta siempre formas históricas determinadas y variables; solo estas producen fenómenos socioeconómicos específicos. Resulta insostenible la perspectiva del «coronel Torrens» y de Böhm-Bawerk, que ve en «la piedra del salvaje el origen del capital»[48] y en el propio «salvaje» un capitalista. Solo cuando los medios de producción surgidos sobre la base de la producción mercantil[49] han sido monopolizados por una clase, frente a la única mercancía que permanece en manos de los trabajadores —su fuerza de trabajo—, aparece el fenómeno específico del capital; y solo entonces comienza, naturalmente, la «ganancia del capitalista».
Lo mismo ocurre con la renta. El rendimiento desigual de distintas parcelas, o la célebre «ley de los rendimientos decrecientes del suelo», no produce por sí mismo la renta de la tierra, ni siquiera en la formulación de los malthusianos más radicales. La renta aparece únicamente cuando la tierra, sobre la base de la producción mercantil, ha sido monopolizada como propiedad por la clase terrateniente. Las diferencias de rendimiento entre parcelas y la «ley» mencionada son condiciones meramente técnicas: hacen posible[50] el fenómeno social de la renta.
Carecen, por tanto, de fundamento las quejas de Böhm-Bawerk contra quienes, según él, confunden la «esencia de la cuestión» con su «manifestación». La esencia del capitalismo no consiste en constituir un «conjunto de productos intermedios» —la «esencia» de los medios de producción—, sino en una relación social específica que da lugar a fenómenos económicos desconocidos en otras épocas. Puede afirmarse que el capital es una forma de manifestación de los medios de producción en la sociedad actual; no puede afirmarse que el capital moderno sea una manifestación de un capital universal, idéntico a los medios de producción.
Incluso el fenómeno del valor tiene carácter histórico. Aunque admitiéramos el método individualista de la Escuela Austriaca e intentáramos derivar directamente el valor del «valor subjetivo», es decir, de las valoraciones individuales, deberíamos reconocer que la psicología del «productor» en la economía moderna tiene un contenido completamente distinto de la del productor de una economía natural, particularmente de la del hombre «sentado junto al arroyo» o «hambriento en el desierto». El capitalista moderno, industrial o comercial, no se interesa por el valor de uso de los productos para su propio consumo: «trabaja» mediante «trabajadores asalariados» y persigue exclusivamente la ganancia; le interesa el valor de cambio.
Es evidente que ni siquiera el fenómeno fundamental de la economía política, el valor, puede explicarse por la circunstancia común a todas las épocas y pueblos de que los bienes satisfacen necesidades humanas. Y, sin embargo, ese es el «método» de la Escuela Austriaca.[51] Concluimos, por tanto, que esta sigue una orientación metodológica enteramente equivocada al omitir las particularidades del capitalismo. Una economía política que aspire a explicar las relaciones socioeconómicas, es decir, las relaciones entre los seres humanos, debe ser una ciencia histórica.
«Quien intentara someter la economía política de Tierra del Fuego —observa Engels con justificada ironía— a las mismas leyes que la de la Inglaterra actual, solo llegaría a los lugares comunes más triviales».[52] Esos «lugares comunes» podrán construirse con mayor o menor ingenio, pero no explicarán las particularidades del orden capitalista si estas han sido eliminadas de antemano. La «economía hipotética» que Böhm-Bawerk «construye» y cuyas «leyes» investiga queda, así, tan alejada de nuestra realidad terrenal que no admite ningún criterio de contrastación con ella.
Los creadores de esta corriente no son enteramente inconscientes de tal situación. En la edición más reciente de su libro, Böhm-Bawerk afirma: «Me habría gustado especialmente llenar el vacío que todavía subsiste en la investigación de la naturaleza y la importancia de las influencias de la llamada “categoría social”, de las relaciones de poder y autoridad derivadas de las instituciones sociales […]. Este capítulo de la economía social aún no ha sido escrito satisfactoriamente […], ni siquiera por la teoría de la utilidad marginal». (Prólogo a la tercera edición de Kapital und Kapitalzins, vol. II, pp. 16–17).
Podemos prever que los representantes de esa teoría no escribirán «satisfactoriamente» tal «capítulo», porque consideran la «categoría social» como un elemento ajeno y exterior a la economía, en lugar de reconocerla como componente orgánico de la categoría «económica». Aquí vuelve a oponerse a Böhm-Bawerk Stolzmann, representante del método «social-orgánico» al que hemos recurrido repetidamente: «El llamado “objetivismo” entra así en una nueva etapa y se vuelve no solo social, sino también “histórico”. Ya no existe un abismo entre la ciencia sistemático-lógica y la histórico-realista: ambas comparten ahora un campo de trabajo y estudian la realidad histórica».[53]
Pero la tarea de unir el método abstracto clásico con el «objetivismo» y la «historicidad» había sido resuelta por Karl Marx mucho antes de Stolzmann, y sin aditamentos éticos. También en este punto la «anticuada» teoría del proletariado parece superior a las demás.[54]
03El punto de vista de la producción y el punto de vista del consumo
«El primer tratamiento teórico de los modos de producción modernos —dice Karl Marx— partió necesariamente de los fenómenos superficiales del proceso de circulación […]. La verdadera ciencia de la economía moderna solo comienza cuando el análisis teórico pasa del proceso de circulación al proceso de producción». (El Capital, vol. III, p. 396). Böhm-Bawerk y la Escuela Austriaca, en cambio, toman el consumo como punto de partida de su análisis.
Mientras Marx considera ante todo la sociedad como un «organismo productivo» y la economía como un «proceso de producción», Böhm-Bawerk relega por completo la producción a un segundo plano: concede prioridad al análisis del consumo, de las necesidades y los deseos del sujeto económico.[55] No sorprende, por tanto, que parta de los bienes económicos no en cuanto productos, sino como una cantidad dada de antemano, una «oferta» cuyo origen permanece incierto. Ello determina también la configuración de la teoría del valor como centro de todo su sistema teórico.
Si el factor productivo queda excluido desde el principio, la teoría del valor resultante será necesariamente independiente de la producción. A ello corresponde una aplicación peculiar de la «abstracción aisladora»: al analizar el valor, en vez de hacer producir bienes a sus Robinsones, Böhm-Bawerk hace que los pierdan o que «prescindan de ellos». Así, la posibilidad de producir o reproducir deja de ser el fenómeno que debe analizarse en primer término y pasa a considerarse un factor perturbador.[56]
Resulta natural, entonces, que la «utilidad» se convierta en el concepto fundamental de la Escuela Austriaca, del que se derivan sucesivamente el valor subjetivo y, después, el objetivo. El concepto de utilidad no implica por sí mismo ni «gasto de trabajo» ni producción; expresa una relación pasiva con las cosas, no una relación activa: no una «actividad objetiva», sino una relación con un estado dado y uniforme. Por eso puede aplicarse con tanto éxito a situaciones tan importantes como las protagonizadas por náufragos, «personas miopes en islas deshabitadas», «viajeros hambrientos» y otras construcciones monstruosas de la imaginación profesoral.
Sin embargo, esta perspectiva impide desde el comienzo comprender los fenómenos sociales y su desarrollo. La fuerza motriz de ese desarrollo es el crecimiento de las fuerzas productivas, de la productividad del trabajo social y de las funciones productivas de la sociedad. Sin consumo no hay producción; nadie lo discute, y las necesidades motivan toda actividad económica. Pero la producción también ejerce una influencia decisiva sobre el consumo. Marx distingue tres formas de esa influencia: primero, la producción crea el material que se consume; segundo, determina el modo de consumo, es decir, su carácter cualitativo; tercero, crea necesidades nuevas.[57]
Así ocurre cuando consideramos las relaciones generales entre producción y consumo, sin referirnos a una estructura histórica específica. Al estudiar el capitalismo debemos añadir otro factor. En palabras de Karl Marx: «La “demanda social”, es decir, aquello que regula el principio de la demanda, está esencialmente condicionada por las relaciones recíprocas entre las distintas clases económicas y por su posición económica relativa: en primer lugar, por la proporción entre el plusvalor total y los salarios; en segundo lugar, por la proporción entre las diversas partes en las que se divide el plusvalor —ganancia, interés, renta de la tierra, impuestos, etc.—». (El Capital, vol. III, primera parte, p. 124). A su vez, esas relaciones de clase se configuran y transforman bajo la influencia del crecimiento de las fuerzas productivas.
Observamos, por tanto, algo fundamental: la dinámica de las necesidades está determinada por la dinámica de la producción. De ello se sigue, primero, que el análisis de la dinámica de las necesidades debe partir de la dinámica productiva; y, segundo, que una cantidad dada de productos que presupone una producción estática implica también un consumo estático, es decir, un estado estático del conjunto de la vida económica y, por tanto, de la vida social en general.[58]
Marx dio prioridad al «desarrollo de las fuerzas productivas», pues el objetivo de su enorme trabajo teórico consistía, en sus propias palabras, en «descubrir la ley económica del movimiento de la sociedad moderna». (El Capital, vol. I, p. 14). Resulta difícil descubrir una «ley del movimiento» donde no hay movimiento, donde se supone que un conjunto de productos «cae del cielo».[59] Cabe prever, por tanto, que la perspectiva del consumo, fundamento del sistema austriaco, será estéril frente a los problemas de la dinámica social, precisamente los más importantes de la economía política.
«Son incapaces [los representantes de la Escuela Austriaca.—N. B.] incluso de formular, y mucho menos de resolver, cuestiones tan fundamentales como el desarrollo de la técnica en una sociedad capitalista, el origen de la ganancia capitalista, etc.», afirma Charasoff.[60] En este contexto resultan de interés las admisiones de uno de los principales representantes de la Escuela Austriaca, Joseph Schumpeter. Este tuvo la franqueza de reconocer que la escuela no aporta una explicación de los procesos de desarrollo. «Vemos, por tanto, que nuestro sistema estático —dice Schumpeter— no explica en absoluto todos los fenómenos económicos, por ejemplo, el interés y la ganancia del empresario». (Joseph Schumpeter, Das Wesen und der Hauptinhalt der theoretischen Nationalökonomie, Leipzig, 1908, p. 564).
«[…] Nuestra teoría, pese a sus sólidos fundamentos, fracasa ante los fenómenos más importantes de la vida económica moderna» (ibíd., p. 587).
«Vuelve a fracasar ante cualquier fenómeno que solo pueda […] comprenderse desde el punto de vista del desarrollo. Entre ellos figuran los problemas de la formación de capital y otros, particularmente el progreso económico y las crisis» (ibíd., p. 587).
La teoría más reciente de los estudiosos burgueses fracasa, pues, precisamente ante los problemas fundamentales más importantes de nuestra época. La enorme y rápida acumulación de capital, su concentración y centralización, el progreso técnico extraordinariamente veloz y, por último, la reaparición periódica de las crisis industriales —fenómeno específicamente capitalista que sacude los cimientos del sistema socioeconómico— constituyen, según la propia admisión de Schumpeter, un «libro sellado con siete sellos». Allí donde se detiene la filosofía del erudito burgués comienza a desplegarse la teoría marxista, hasta el punto de que incluso los enemigos más encarnizados del marxismo aceptan fragmentos mutilados de su doctrina como la última palabra del saber.[61]
04Conclusiones
Hemos examinado los tres errores iniciales de la Escuela Austriaca: su subjetivismo, su perspectiva ahistórica y su adopción del consumo como punto de partida. Estos tres puntos de partida lógicos, vinculados a los tres rasgos mentales fundamentales del rentista burgués, implican a su vez los tres errores básicos de su teoría, que reaparecen una y otra vez en las distintas partes del «sistema»: los «círculos viciosos» derivados del método subjetivista; la incapacidad para explicar las formas históricas específicas del capitalismo, debida a su perspectiva ahistórica; y el fracaso ante los problemas del desarrollo económico, inseparable de su orientación hacia el consumo.
Sería equivocado suponer que estos «motivos» actúan de manera independiente. Tanto sus configuraciones psicológicas como sus sistemas lógicos son totalidades complejas: sus distintos elementos se combinan y fusionan de diversas maneras, y sus efectos se refuerzan o debilitan según los demás factores que intervienen.
Por tanto, cada error concreto que descubramos en el análisis posterior y exhaustivo de la teoría de Böhm-Bawerk no procederá de un único «motivo de pensamiento» de los nuevos teóricos del rentismo, sino siempre de varios que actúan simultáneamente. Ello no debe impedirnos distinguir, entre los factores relacionados, los tres fundamentales cuyas distintas combinaciones originan los innumerables «desaciertos» de Böhm-Bawerk. Esos «desaciertos» ponen de manifiesto la completa incapacidad de la burguesía de fin de siglo para el pensamiento teórico.
Notas
En el prefacio al primer volumen de El Capital, Karl Marx caracteriza su método como el método deductivo de la Escuela Clásica. Sería absurdo suponer, como hacen los representantes de la Escuela Histórica, que toda ley abstracta carece por completo de relación con la realidad concreta. «Una ley científica exacta —afirma Emil Sax, representante de la Escuela Austriaca— es una conclusión inductiva del tipo más elevado y general; como tal, y no como axioma a priori, se convierte en punto de partida de la deducción». (Jahrbücher für Nationalökonomie und Statistik, de Conrad, 1894, tercera serie, vol. VIII, p. 116). Alfred Amonn ofrece un análisis preciso de esta cuestión en Objekt und Grundbegriffe der theoretischen Nationalökonomie, Viena y Leipzig, 1911. ↩
Véase, por ejemplo, Carl Menger, Untersuchungen über die Methode der Socialwissenschaften und der politischen Oekonomie insbesondere (1883, p. 259), donde se presentan definiciones bastante acertadas de un verdadero punto de partida teórico. La teoría de la utilidad marginal alcanza su mayor grado de autocrítica en Robert Liefmann, «Über Objekt, Wesen und Aufgabe der Wirtschaftswissenschaft», Jahrbücher de Conrad, vol. XII, p. 106. ↩
Werner Sombart, «Zur Kritik des ökonomischen Systems von Karl Marx», Archiv für soziale Gesetzgebung und Statistik, de Braun, vol. VII, pp. 591–592. Véase también Robert Liefmann, op. cit., p. 5: «El principal problema metodológico del futuro me parece ser la oposición entre los modos individualista y social de considerar los problemas; en otras palabras, entre la perspectiva de la ganancia y la perspectiva económica general». Recomendamos al lector la obra de Liefmann, en la que el método individualista se desarrolla de manera especialmente clara y consecuente. ↩
Véase, por ejemplo, Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, Londres, 1895, vol. I, p. 129: «Puede decirse que cantidades iguales de trabajo tienen, en todo tiempo y lugar, el mismo valor para el trabajador. En su estado habitual de salud, fuerza y ánimo, y con su grado habitual de habilidad y destreza, siempre debe sacrificar la misma porción de su comodidad, su libertad y su felicidad» (cursivas de N. B.). Podrían añadirse numerosas citas semejantes. Por ello, Georg Charasoff se equivoca cuando afirma, en su polémica con Karl Kautsky: «No puede haber duda seria de que la Escuela Clásica, en su doctrina de las leyes del valor, no defendió una perspectiva individualista, sino una perspectiva social consecuente, exactamente como el propio Marx». (Das System des Marxismus, Berlín, 1910, p. 253). Es correcta, en cambio, su afirmación de que incluso algunos estudios marxistas contienen interpretaciones subjetivas de la teoría de Marx; pero no corresponde discutir aquí esa cuestión. ↩
Karl Marx, El Capital, vol. I, p. 23. La cita procede de una reseña de Kaufmann reproducida por el propio Marx, quien manifiesta su pleno acuerdo con ella. ↩
Böhm-Bawerk, «Grundzüge der Theorie des wirtschaftlichen Güterwerts», Jahrbücher für Nationalökonomie und Statistik, de Hildebrandt, vol. XIII, nueva serie, p. 78; véanse también Carl Menger, Untersuchungen über die Methode der Socialwissenschaften und der politischen Oekonomie insbesondere, 1883; Robert Liefmann, op. cit., p. 40. ↩
Esta circunstancia basta para refutar la concepción teleológica de la sociedad como «estructura orientada a un fin», que Stolzmann formula de manera particularmente explícita. «Así como en la vida de la naturaleza no encontramos ninguna tendencia definida hacia un fin, ninguna intención sistemática, economía o administración de recursos […], tampoco las encontramos en las relaciones entre los seres humanos». (Profesor Wipper, Fundamentos de la teoría de la ciencia histórica, Moscú, 1911, p. 162, en ruso). Véase también la brillante exposición de la «independencia» del resultado de las acciones individuales en Ludwig Feuerbach, de Friedrich Engels. En su crítica del método «social», es decir, del método objetivo, R. Liefmann se concentra precisamente en la concepción teleológica y sostiene que todo defensor consecuente de aquel método debe aceptarla. Acusa incluso a marxistas como Hilferding de practicar la teleología, por lo que su victoria sobre ella resulta relativamente fácil. En realidad, la teoría marxista considera la sociedad como un sistema que no se reduce a una subjetividad consciente. ↩
«En las relaciones económicas —dice Piotr Struve— se considera al sujeto económico en sus relaciones con otros sujetos económicos; las categorías económicas intermedias [las categorías de la economía mercantil.—N. B.] expresan las resultantes objetivas, u objetivadas, de esas relaciones: no contienen nada “subjetivo”, aunque su origen esté “en lo subjetivo”. Por otra parte, no expresan directamente las relaciones entre los sujetos económicos y la naturaleza, el mundo exterior; en ese sentido, no contienen ningún elemento “objetivo” o “natural”». (Economía y precio, Moscú, 1913, pp. 25–26, en ruso). Sin embargo, Struve señala el elemento naturalista de la teoría del valor —«trabajo coagulado»— y establece una contradicción entre ese elemento y el «sociológico». Compárese con Karl Marx, Teorías sobre el plusvalor, vol. I, p. 277: «La materialización del trabajo no debe entenderse en el sentido tan escocés que le da Adam Smith. Cuando hablamos de una mercancía como expresión material del trabajo, en el sentido de su valor de cambio, se trata de un modo de existencia meramente figurado, es decir, puramente social, que nada tiene que ver con su realidad corpórea». «El error procede de que una relación social se ha expresado bajo la forma de un objeto» (p. 278). ↩
Piotr Struve vincula este método «universalista» con el realismo lógico, en oposición al método «singularista», asociado en lógica al llamado nominalismo. «En las ciencias sociales —dice—, la orientación realista del pensamiento se manifiesta particularmente en que el sistema de relaciones psíquicas entre los seres humanos, es decir, la sociedad, no se considera solo como una unidad real, una suma o (!) un sistema, sino también como una unidad viviente, un ser vivo. Conceptos como sociedad, clase y poder aparecen, o pueden fácilmente considerarse (!!!), como “universales” del pensamiento sociológico. Es fácil hipostasiarlos» (op. cit., p. XI). Struve no aduce esta opinión —como podría pensarse— para demostrar la incompetencia del modo de investigación marxista, que identifica con el «realismo lógico-ontológico de Hegel […] y de los filósofos escolásticos» (op. cit., p. XXVI). Sin embargo, en Marx no hay el menor indicio de una tendencia a considerar la sociedad o las agrupaciones sociales como seres vivos; la expresión «unidad viviente» es diferente y todavía más imprecisa. Basta comparar su método con el de la corriente «social-orgánica», cuya formulación más reciente se encuentra en Stolzmann. El propio Marx era plenamente consciente de los errores del realismo lógico hegeliano: «Hegel cayó en el error […] de concebir lo real como resultado del pensamiento que se coordina a sí mismo, se absorbe en sí mismo y actúa espontáneamente; en cambio, el método que asciende de lo abstracto a lo concreto es solo la manera en que el pensamiento se apropia de lo concreto y lo reproduce como concreto pensado. No es, en absoluto, el proceso de génesis de lo concreto mismo». (Karl Marx, Introducción a la crítica de la economía política, en Contribución a la crítica de la economía política, Chicago, 1913, p. 293). ↩
Conviene precisar que Bastiat habla de individuos aislados como una abstracción que considera metodológicamente útil, aunque, desde el punto de vista histórico, la juzga «una de las ilusiones engañosas de Rousseau» (véanse también pp. 93–94). ↩
W. Stanley Jevons, The Theory of Political Economy, Londres y Nueva York, 1871, p. 21. Los «economistas matemáticos» y los «estadounidenses» abandonan en su mayor parte esta posición. Véase Léon Walras, Études d’économie sociale (Théorie de la répartition de la richesse sociale), Lausana y París, 1896: «No debe afirmarse que el individuo es la base y el fin de toda sociedad sin añadir, al mismo tiempo, que el estado social es también el centro de toda individualidad» (p. 90). En John Bates Clark predomina el objetivismo. Sin embargo, el carácter confuso y poco elaborado de estas concepciones se advierte, por ejemplo, en la definición del economista estadounidense Thomas Nixon Carver: «El método seguido consiste en estudiar analíticamente los motivos que rigen la conducta de los seres humanos en la vida comercial e industrial». (The Distribution of Wealth, Nueva York, 1904, p. XV). Y, aun así, el propio Carver intenta «objetivar» la teoría del valor. ↩
«A las totalidades construidas por nosotros, que no existen fuera de nuestra conciencia, podemos oponer las totalidades reales, constituidas por la vida misma. Entre todos los lactantes del territorio de la Rusia europea no existe otra relación que la establecida en nuestras tablas estadísticas; los árboles de un bosque, en cambio, mantienen una interacción permanente y constituyen una unidad determinada, se los reúna o no bajo un concepto general». (A. Chuprov, Fundamentos de una teoría de la estadística, San Petersburgo, 1909, p. 76, en ruso). ↩
«Si procedemos inductivamente a partir de los hechos, la consideración de la realidad económica nos sitúa […] ante verdaderas montañas de hechos que demuestran que el individuo que actúa económicamente, pese a todos sus pensamientos y acciones, depende del estado dado del marco objetivo del orden económico existente». (R. Stolzmann, op. cit., p. 35). ↩
«El punto de partida de todo fenómeno social es siempre el individuo; pero no el individuo aislado que estudian tanto los críticos de Marx como los pensadores del siglo XVIII […], sino el individuo en sus vínculos con otros individuos, la totalidad de los individuos […], en la cual el individuo desarrolla una vida psíquica diferente de la que tendría en aislamiento». (Louis B. Boudin, The Theoretical System of Karl Marx, traducción alemana, Stuttgart, 1909, prólogo de Karl Kautsky, p. XIII). Marx ha expuesto repetidamente, de forma muy concreta, la necesidad de una perspectiva social: «La producción material de los individuos, determinada socialmente, constituye naturalmente el punto de partida. El cazador o pescador individual y aislado que sirve de punto de partida a Smith y Ricardo pertenece a las insípidas ilusiones del siglo XVIII». (Introducción a la crítica de la economía política, publicada con Contribución a la crítica de la economía política, Chicago, 1913, pp. 265–266). «La producción de individuos aislados fuera de la sociedad […] es una monstruosidad y una imposibilidad tan grandes como el desarrollo de un lenguaje sin individuos que vivan juntos y se hablen» (op. cit.). Rudolf Hilferding observa acertadamente: «De los motivos de los individuos que actúan económicamente —motivos determinados, a su vez, por la naturaleza de las relaciones económicas— solo podemos derivar una tendencia a igualar las condiciones económicas: precios iguales para mercancías iguales, ganancias iguales para capitales iguales, remuneraciones y tasas de explotación iguales para trabajos iguales. Pero nunca llegaremos por esa vía, partiendo de motivos subjetivos, a las relaciones cuantitativas mismas». (Das Finanzkapital, p. 325, nota). ↩
Böhm-Bawerk, Zum Abschluss des Marxschen Systems, en Staatswissenschaftliche Arbeiten. Festgaben für Karl Knies, Berlín, 1896. Alice M. Macdonald tradujo la obra al inglés, con prólogo de James Bonar, Londres, 1898. ↩
Los propios austriacos reconocen que se trata de una abstracción: «El ser humano no administra sus recursos como una criatura aislada; una unidad económica individual, en el sentido estricto del término, es una abstracción». (Emil Sax, Das Wesen und die Aufgaben der Nationalökonomie, Viena, 1884, p. 12). Pero no toda abstracción es admisible. El propio Böhm-Bawerk afirma que «en la ciencia, ni siquiera el pensamiento y la “lógica” pueden alejarse de los hechos de manera desenfrenada […]. Solo puede hacerse abstracción de las particularidades irrelevantes para el fenómeno investigado, y estas deben ser efectiva y realmente irrelevantes». (Zum Abschluss des Marxschen Systems, p. 194). ↩
Böhm-Bawerk, ibíd., p. 101. Struve, que califica de escolástica esta forma de estudio —véanse las notas de las pp. XXV y XXXII de la edición rusa—, habla en otro pasaje de una aplicación empíricamente correcta del método universalista. Ello no le impide afirmar que la perspectiva sociológica necesaria para la economía política debe partir, en última instancia, del ser humano, de su psique [es decir, del «individuo».—N. B.] (p. 26). Al mismo tiempo, no concede «ninguna importancia particular a las sutilezas del subjetivismo psicológico», como si estas no estuvieran lógica y necesariamente ligadas a sus «fundamentos». El lector advertirá que Struve ha elegido una posición muy cómoda. R. Liefmann ofrece una respuesta negativa a la pregunta de Böhm-Bawerk en la obra citada. ↩
Incluso John Neville Keynes, partidario de la teoría de la utilidad marginal, sostiene que «los fenómenos de la vida industrial en toda su extensión solo pueden explicarse mediante el método deductivo, partiendo de unas pocas leyes elementales de la naturaleza». (The Scope and Method of Political Economy, citado de la traducción rusa editada por Manuilov, Moscú, 1899, p. 70). ↩
Véase Tugan-Baranovsky, Grundlagen der Nationalökonomie. Conviene señalar, sin embargo, que los fisiócratas comprendieron realmente el capitalismo, aunque no fueran conscientes de ello, mientras que Tugan-Baranovsky se esfuerza por comprenderlo y solo consigue formular expresiones carentes de sentido. (Véase N. Bujarin, «Eine Ökonomie ohne Wert», Die Neue Zeit, 1914, pp. 22–23). ↩
La cita procede de una reseña de Kaufmann que Marx reproduce en el epílogo a la segunda edición de El Capital (vol. I, pp. 22–23). ↩
Ni siquiera los críticos «benevolentes» comprenden este punto; véase Georg Charasoff, op. cit., pp. 260–261. ↩
En su Geschichte der Nationalökonomie, el profesor August Oncken distingue tres métodos: el exacto o filosófico; el histórico, o más precisamente histórico-estadístico; y el histórico-filosófico, de carácter sintético (p. 9). Añade: «En el terreno del socialismo, el método histórico-filosófico fue defendido por Saint-Simon y, después, en un sentido extremadamente materialista, por Karl Marx y Friedrich Engels […]. Solo puede combatirse eficazmente [el materialismo histórico.—N. B.] en ese mismo terreno histórico-filosófico» (op. cit.). Esto equivale a reconocer la fecundidad del método marxista, aunque Oncken considere necesario unirlo al idealismo de Kant para combatir mejor el efecto pernicioso de la teoría materialista. ↩
Es natural que Bulgákov no comprenda este punto. Véase su crítica de la previsión marxista en Filosofía de la economía, en ruso. ↩
«Los fenómenos regidos por leyes naturales del tipo actual […] solo aparecieron cuando quedaron atrás todas las formas de aislamiento, incluida la inaccesibilidad local». (Neumann, «Naturgesetz und Wirtschaftsgesetz», Zeitschrift für die gesamte Staatswissenschaft, dirigida por Artur Schäffle, 1892, año 48, núm. 3, p. 446). Struve elogia a Marx por su análisis del fetichismo de la mercancía, pero cree que tanto él como toda la escuela del socialismo científico se equivocan al atribuirle carácter histórico. Ello no le impide relacionar estrechamente ese fetichismo con la economía mercantil, que considera una categoría histórica. (Véase Struve, «Wirtschaftssystem», en la obra citada). ↩
Karl Marx, Introducción a la crítica de la economía política, Chicago, 1913, p. 269. Aunque estas palabras se escribieron en 1857, siguen siendo plenamente aplicables. ↩
La Introducción a la crítica de la economía política, citada con frecuencia, contiene una exposición completa de las concepciones metodológicas de Marx. A propósito de las «condiciones de producción» históricas y ahistóricas, resume: «En suma: todas las etapas de la producción poseen determinaciones comunes que generalizamos en el pensamiento; pero las llamadas condiciones generales de toda producción no son más que abstracciones que no permiten comprender ninguna etapa histórica real de la producción» (ibíd., p. 274). ↩
Böhm-Bawerk, Kapital und Kapitalzins, 1909, vol. II, primera parte, pp. 54–55. Piotr Struve, formado en la escuela marxista, defiende una perspectiva igualmente superficial: «La actividad económica pura reconoce también categorías como costos de producción, capital, ganancias y rentas» (op. cit., p. 17). Por actividad económica pura entiende «la relación económica del sujeto económico con el mundo exterior» (op. cit.). Una variante más sutil de esa idea se remonta a Karl Rodbertus, que distingue entre los conceptos lógico e histórico del capital. Esta terminología encubre el tono apologético de los economistas burgueses y resulta superflua, pues ya existe un término para las «categorías lógicas»: por ejemplo, medios de producción. Volveremos sobre ello al analizar la teoría de la ganancia. ↩
«En la primera piedra que [el “salvaje”] arroja contra el animal que persigue, en el palo que toma para derribar la fruta que cuelga fuera de su alcance, vemos la apropiación de un objeto para facilitar la adquisición de otro y descubrimos así el origen del capital». (Robert Torrens, An Essay on the Production of Wealth, pp. 70–71; véase Karl Marx, El Capital, vol. I, p. 205, nota). La definición de Böhm-Bawerk del capital como «concepto colectivo de los productos intermedios» coincide, por tanto, con la de Torrens, que Marx ridiculiza en el primer volumen de El Capital. (Véase Böhm-Bawerk, Kapital und Kapitalzins, vol. II, primera parte, p. 587). ↩
Los críticos de Marx suelen omitir este punto. Véase, por ejemplo, Franz Oppenheimer, Die soziale Frage und der Sozialismus, especialmente la sección «Robinson — Kapitalist». ↩
Véanse R. Stolzmann, op. cit., p. 26; John Neville Keynes, op. cit., p. 66: «Incluso la ley de los rendimientos decrecientes del suelo, considerada como fenómeno natural, no puede entenderse como una ley económica en sentido estricto». ↩
«El punto de partida, la base del “sistema”, es el análisis de los fenómenos elementales de todo el campo de la actividad económica del ser humano in abstracto, prescindiendo, por tanto, de las particularidades de las relaciones sociales». (Emil Sax, Das Wesen und die Aufgaben der Nationalökonomie, p. 68). ↩
Friedrich Engels, Herrn Eugen Dührings Umwälzung der Wissenschaft, tercera edición, Stuttgart, 1894, p. 150. El carácter ahistórico del objetivismo de los «matemáticos» y los «angloamericanos» los lleva a aceptar una perspectiva puramente mecánica que no reconoce la sociedad, sino únicamente un agregado de objetos en movimiento. ↩
R. Stolzmann, op. cit., prólogo, p. 2; véase también R. Liefmann, op. cit., p. 5: «El llamado método social de observación […], aplicado […] por Karl Marx hace ya medio siglo». Liefmann subraya aquí acertadamente las particularidades del método marxista. ↩
Stolzmann considera necesario tratar los fenómenos sociales como fenómenos ético-sociales. Confunde así dos cosas: la ética entendida como conjunto de normas desde el cual estudiar la realidad económica, y la ética como hecho relacionado con los fenómenos económicos. En el primer caso, hablar de la economía política como ciencia ética equivaldría a convertirla en un conjunto de preceptos. En el segundo, con igual derecho podría llamársela ciencia filológica, alegando como «razón suficiente» que los fenómenos del lenguaje también se relacionan con la vida económica.
La insustancialidad a la que llega la «ética» de estos «críticos» se aprecia en este pasaje: «El salario constituye una magnitud moral» —Der Lohn bedeutet eine moralische Grösse— (p. 198; cursivas de N. B.). El salario no estaría determinado únicamente por la costumbre y la ley, «sino también por la voz de la conciencia y por una coacción interior, es decir, por el imperativo propio del corazón» —Sondern auch durch die Stimme des Gewissens und den Zwang von innen, d. h. durch den eigenen Imperativ des Herzens— (p. 198). Sentimentalismos semejantes aparecen en otros pasajes (véanse pp. 199, 201, etc.).
El «sentido práctico» de Stolzmann lo lleva a proteger a las personas del abrazo del socialismo (véase p. 17). Con ese propósito tampoco desdeña la demagogia: «Naturalmente —afirma contra los marxistas—, es mucho más sencillo y menos comprometido limitarse a desacreditar el orden existente y, ofreciendo piedras en vez de pan a los hambrientos, consolarlos con la perspectiva de la próxima transformación […]. Pero al trabajador no le agradará esperar tanto tiempo», etc. Estas lamentables palabras también parecen inspiradas por el «imperativo del corazón» del consejero privado Stolzmann. Cuando este resulta interesante, lo es por su comprensión de la teoría y el método de Marx; su ética sobredimensionada solo puede atraer a autores como Bulgákov, Frank y Tugan-Baranovsky. ↩
Jevons afirma también: «La economía política debe fundarse en una investigación completa y precisa de las condiciones de la utilidad; para comprender este elemento debemos examinar necesariamente la naturaleza de las necesidades y los deseos humanos. Necesitamos, ante todo, una teoría del consumo de la riqueza». (The Theory of Political Economy, 1871, p. 46; cursivas de N. B.). Léon Walras, Études d’économie sociale, p. 51, reserva a la economía pura únicamente la consideración «de la richesse» [de la riqueza] y sitúa el análisis de la producción en la economía aplicada, économie politique appliquée. Thomas Nixon Carver se aproxima más a la perspectiva de la producción y coincide con Marshall: «En otras palabras, el objeto de la ciencia son las actividades económicas, más que los bienes económicos» (p. XI). En otro pasaje ordena esas «actividades» así: producción, consumo y valoración. (The Distribution of Wealth, Nueva York, 1904). En todos estos autores encontramos diversos grados de eclecticismo, unas veces respecto de Marx y otras de Böhm-Bawerk. ↩
Kautsky observa acertadamente que la Escuela Austriaca supera incluso las robinsonadas del siglo XVIII: Robinson no produce sus medios de consumo con su propio trabajo, sino que los recibe como un regalo del cielo. (Louis B. Boudin, The Theoretical System of Karl Marx, prólogo de Karl Kautsky a la edición alemana, Das theoretische System von Karl Marx, p. X). Las conocidas ecuaciones de intercambio de Léon Walras coinciden plenamente con esta perspectiva. En Principes d’une théorie mathématique de l’échange, p. 9, formula así su tarea: «Dadas las cantidades de mercancías, establecer el sistema de ecuaciones cuyas raíces sean los precios de esas mercancías». El lector advertirá que tampoco aquí se considera la producción. ↩
«La producción produce, por tanto, el consumo: primero, al proporcionarle su material; segundo, al determinar el modo de consumir; tercero, al crear en los consumidores la necesidad de sus productos como objetos de consumo». Karl Marx, Introducción a la crítica de la economía política, ibíd., p. 280. ↩
Según Karl Marx, la producción es «el verdadero punto de partida y, por ello, el factor predominante». (Introducción a la crítica de la economía política, ibíd., p. 282). Aquí se expresa con claridad el vínculo entre su teoría económica y su teoría sociológica. Deben advertirlo quienes creen posible declararse «de acuerdo» con una dimensión de la doctrina marxista mientras rechazan la otra. ↩
Frank no comprende por qué debe distinguirse el trabajo de las demás «condiciones de producción»: ¿acaso la posesión de la tierra no es, además de una forma específica de distribución, una «necesidad eterna de la humanidad»? Según él, sigue sin demostrarse por qué precisamente el trabajo debe constituir un rasgo distintivo de los fenómenos económicos. (G. Frank, Die Werttheorie von Marx und ihre Bedeutung, pp. 147–148). Las formas de distribución derivan del «modo de producción»; en cuanto a la propiedad territorial, el elemento meramente estático de la «posesión de la tierra» no puede explicar ningún cambio, ninguna dinámica. ↩
Georg Charasoff, Das System des Marxismus, Berlín, 1910, p. 19. Las «ecuaciones de intercambio» de Léon Walras ya mencionadas son estáticas. Vilfredo Pareto incurre en un error semejante en Cours d’économie politique, tomo I, Lausana, 1896, p. 10. ↩
Esto vale también para Tugan-Baranovsky, a quien se considera una «autoridad» en la teoría de las crisis. ↩


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