Espartaco

“Is that to say we are against Free Trade? No, we are for Free Trade, because by Free Trade all economical laws, with their most astounding contradictions, will act upon a larger scale, upon the territory of the whole earth; and because from the uniting of all these contradictions in a single group, where they will stand face to face, will result the struggle which will itself eventuate in the emancipation of the proletariat.”

Karl Heinrich Marx · Marx-Engels Collected Works, Vol. VI, p. 290

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UN DÍA EN LA VIDA DE LAS TRABAJADORAS DE MAQUILA

Economía política · Trabajo · El Salvador

Un día en la vida de las trabajadoras de la maquila

Condiciones de vida, sobreexplotación, acumulación de capital y trabajo femenino en la industria maquilera salvadoreña.

Trabajadoras de la industria maquilera.
Trabajadoras de la industria maquilera.

Introducción

Nos parece que las condiciones de vida y de trabajo de las obreras de la industria maquilera no son suficientemente conocidas. Por ello, ante la carencia de fondos para realizar investigación propia —aquella que responde a nuestros intereses y no a los de quienes financian determinada investigación—, una vez más acudimos a los trabajos realizados por nuestros estudiantes.

Este procedimiento no sólo resulta beneficioso para nosotros, sino también para ellos: se les acostumbra a investigar, se les capacita en la investigación, se contribuye a su sensibilización social y se refuerza su formación teórica. Al mismo tiempo, brindan a los profesores información valiosa que buscamos compartir con nuestros lectores.

Las condiciones de vida y de trabajo de las obreras de la maquila son tan dramáticas que, cuando se conocen, resulta difícil no preguntarse cómo pueden seguir tolerándose semejantes niveles de sobreexplotación.

El artículo se organiza en cuatro partes. La primera ofrece una visión general de la maquila. La segunda recoge algunos relatos de trabajadoras, seleccionados entre más de cuarenta investigaciones realizadas por estudiantes de Economía Política. La tercera analiza esos relatos desde la perspectiva de la economía política marxista. Finalmente, se presentan conclusiones y algunas propuestas.

1. Alguna información general sobre la maquila en el país

Las visiones descriptivas de la realidad son útiles y necesarias, pero siempre serán insuficientes en la medida en que no expliquen por qué esa realidad es como es. Comprender sus causas resulta indispensable para buscar su transformación.

  • Existían alrededor de 265 empresas maquileras que generaban aproximadamente 90.000 empleos directos. Según el informe citado de la Federación Internacional de Derechos Humanos, ello representaba alrededor del 16 % del empleo total y cerca del 50 % del empleo industrial salvadoreño.
  • UNIFEM, en el documento Perfil de género de la economía centroamericana (2004), situaba el índice de feminización de la maquila en 82 % para Guatemala, 78 % para Honduras, 73 % para El Salvador y Nicaragua y 60 % para Costa Rica. En términos sencillos: en El Salvador, de cada cien empleos en la maquila, aproximadamente setenta y tres correspondían a mujeres.
  • La Federación Internacional de Derechos Humanos señaló en 2005 que muchas empresas no pagaban las horas extraordinarias necesarias para alcanzar metas o cuotas de producción; que los contratos tendían a ser temporales y menores de un año, y que las jornadas podían exceder las 44 horas semanales.
  • El informe estadounidense sobre derechos humanos correspondiente a 2005 registraba aproximadamente 240 plantas de maquila, ubicadas en su mayoría dentro de quince zonas francas. También recogía denuncias de despidos de organizadores sindicales, ausencia de negociación colectiva efectiva, abuso verbal y físico, acoso sexual e insuficiencia de recursos públicos para fiscalizar adecuadamente los derechos laborales.
  • El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer expresó especial preocupación por las precarias condiciones laborales de las mujeres empleadas en las maquilas y por las frecuentes vulneraciones relacionadas con seguridad, higiene y derechos laborales.
  • Human Rights Watch señalaba que la incapacidad del gobierno salvadoreño para garantizar los derechos de los trabajadores del sector privado orientado a la exportación permitía que empleadores locales y compañías multinacionales se beneficiaran de condiciones laborales abusivas.

Estos datos muestran, de manera preliminar pero contundente, la realidad de la maquila salvadoreña. Desde la perspectiva del autor, se trata de condiciones de sobreexplotación de la fuerza de trabajo femenina corroboradas por diversas instituciones dedicadas al monitoreo de los derechos laborales y que, al mismo tiempo, forman parte de las condiciones sobre las cuales se sostiene la rentabilidad del capital invertido en esta actividad.

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2. Relatos de trabajadoras de la maquila

El propósito de esta sección es presentar de manera más viva, con el humor y también con el dramatismo de la realidad cotidiana, no solamente las condiciones laborales de estas mujeres, sino la totalidad de su jornada: desde la hora en que se levantan hasta el momento en que logran acostarse, incluyendo aquello que realizan durante los días que formalmente deberían ser de descanso.

El día de María

Sonó el despertador y eran las 4:30 a. m. No sentí la noche, pero qué se le podía hacer. Me fui a bañar rapidito y después tuve que despertar a los cipotes. ¡Y cómo cuesta levantar a esos monos! Pero pobrecitos, era muy temprano.

Se bañaron, me arreglé y después les preparé tortilla con frijoles y un cafecito de desayuno a Pedro y a Juan, para que se fueran listos y comidos a la casa de mi hermana. Gracias a ella salgo adelante: me los cuida durante el día y los lleva a la escuela.

Empecé a caminar la cuesta. Son como diez minutos hasta la parada. Esperé un buen rato el bus y después tardé unos cincuenta minutos más en llegar a la maquila. Se sienten bien largos porque el bus va lleno y casi siempre me toca ir parada. Son cincuenta centavos los que se me van sólo en pasajes, ¡y cómo se sienten, si casi sólo en eso y la comida se le va a uno la quincena!

Llegué como a las 6:30 a. m. Me bajé del bus y fui a buscar desayuno en el chalet de la niña Toña, que es la que me lo da más barato, para estar a las 7:00 a. m. adentro de la fábrica. Esa es la hora a la que quieren que una esté ya sentada en su cubículo, aunque mi hora de entrada sea a las 7:30.

Hoy no me ha tocado tan pesado como otros días, aunque el desgaste siempre se siente igual. Apenas son las doce y todavía me faltan más de cuatro horas aquí. ¡Uy, qué hambre tengo! Lo peor es que tengo que salir rápido porque, si no me apuro, se acaban las tortas con jugo que vende a un dólar la niña Juanita.

Cuando ya iba terminando llegaron unos muchachos de esos que van a la universidad y me preguntaron si podían hacerme unas preguntas sobre mi vida y mi trabajo.

Al principio me hicieron preguntas bien personales y me sentí un poco incómoda y desconfiada, pero al ratito se me pasó. Se miraban buena gente, así que les empecé a contar mis experiencias trabajando en las maquilas, porque no sólo he trabajado en ésta.

Mi nombre es María Esperanza, tengo 37 años y no estoy ni casada ni acompañada, pero tengo dos hijos: Pedro, de 13 años, que va a séptimo grado, y Juan, que va a tercer grado.

Vivo sola y gracias a mi hermana puedo salir adelante. Ella me hace el favor de ver a los niños mientras vengo a trabajar y la ventaja es que vive a la par de mi casa. En esta maquila ya tengo diez años de estar trabajando y sólo me cambiaría si me pagaran más.

Me costaría encontrar otro trabajo porque ahora piden bachillerato y yo sólo llegué hasta noveno grado. Aquí no les interesa si uno estudió porque todo es aprender el oficio que nos toca hacer.

Después del almuerzo volví a cortar. Cerca de la 1:30 p. m. me dieron ganas de ir al servicio, pero no tenía ganas de pedirle permiso a don Jesús porque es muy enojado. Una vez le gritó a doña Conchita porque estaba conversando con una trabajadora de confección.

Nada, sin embargo, se compara con lo que viví en Charles Products S. A. de C. V., una maquila que estaba camino al aeropuerto. Yo trabajaba en el departamento de limpieza de las camisas ya elaboradas y mi meta era limpiar cincuenta docenas al día.

No nos dejaban hablar ni siquiera para preguntarle algo a una compañera. El ambiente era malo: no había ventanas, el calor era insoportable, el ruido de la maquinaria exagerado, la iluminación muy pobre y los baños estaban en condiciones deplorables.

Cada vez que consideraban que trabajaba demasiado lento me gritaban. No nos dejaban ir al baño: los abrían hasta la hora del almuerzo y sólo nos daban treinta minutos.

Recuerdo que una vez me enfermé. Como padezco de los riñones, me dio una gran infección y sentía un dolor tan fuerte que me hacía revolcarme en el suelo. Le suplicaba al encargado que me dejara ir al ISSS, pero no me dejó. Eso fue lo último que aguanté. Renuncié y me fui sin indemnización.

Ya en mi actual trabajo no aguantaba más las ganas de ir al baño, así que, aunque con miedo, me levanté y pedí permiso:

—Don Jesús, ¿puedo ir al baño?

Y el hombre, con su voz de ogro, me dijo:

—¿Y que no habías ido ya en la mañana vos? ¡Apurate pues!

Salí corriendo, pero cuando llegué el baño estaba con llave. Fui a buscar el otro, cruzando el área de confección, pero antes de llegar sonó el silbato del supervisor y me mandó de regreso. Sólo nos daban cinco minutos al día para ir al baño, así que me tocó aguantarme y regresar a mi puesto.

Seguí cortando hasta cerca de las 4:00 p. m. A esa hora ya estaba desesperada por el calor y por el ruido constante de las máquinas.

Tenía que haber ido al Seguro, pero si falto un día no me lo pagan. Preferí dejarlo para el otro mes porque ya se acerca el día treinta y tengo que pagar el alquiler. También tengo que comprar zapatos para uno de los cipotes y, con lo que me queda de la quincena, apenas alcanza para los gastos básicos.

Al fin llegaron las 4:30 p. m. Empecé a caminar para tomar el primer bus. Después tomé otro para llegar a mi casa cerca de las 7:15 p. m. Fui a traer a los cipotes donde mi hermana, les hice la cena, revisé sus tareas y, cuando pude, les ayudé.

Ya de noche lavé los trastos y dejé medio preparadas las cosas para el día siguiente. Me acosté cerca de las once. Ahora sólo queda esperar que mañana sea un poquito menos pesado.

El día de Karla Concepción

Karla es una mujer que lucha diariamente para sacar adelante a su familia. A los quince años se fue de su casa después de un embarazo inesperado y comenzó a vivir con José Martínez. Su primer hijo, Manuel, nació con una discapacidad intelectual que le impide valerse completamente por sí mismo.

Dos años después nacieron sus gemelas, Nayeli y Elvira. Poco tiempo más tarde, su compañero cayó en el alcoholismo, dejó su trabajo como carpintero y finalmente desapareció. A los diecinueve años, Karla se vio obligada a regresar a la casa de su madre y buscar su primer empleo, que encontró después de ocho meses.

Su bajo nivel de escolaridad dificultaba la búsqueda. Había estudiado solamente hasta noveno grado. Finalmente fue contratada por una empresa maquilera dedicada al ensamblaje de camisas y camisetas destinadas a la exportación.

El proceso de producción estaba dividido en doce líneas, cada una con alrededor de treinta y cuatro operarios, en su gran mayoría mujeres. Cada línea contaba con supervisoras encargadas de controlar el trabajo, la calidad, el funcionamiento de las máquinas y el cumplimiento de las normas internas.

Para protegerse de las partículas que despide la tela al ser cortada y cosida, las trabajadoras utilizaban mascarillas sencillas que debían pagar con sus propios ingresos.

Karla trabajaba como operaria de línea con salario mínimo. Cerraba camisas, pegaba y decoraba cuellos, hacía ruedos y realizaba otras operaciones rotativas.

Existían incentivos por superar las metas de producción, que podían alcanzar unas cien docenas diarias dependiendo de la tarea. Con el bono, su salario semanal podía situarse entre cincuenta y sesenta dólares; en las épocas de menor producción debía conformarse con el salario base.

Su jornada comenzaba a las 3:45 a. m. Se bañaba, se arreglaba y preparaba desayuno y almuerzo para sus hijos. A las 4:45 despertaba a los niños, los preparaba y los llevaba donde su abuela. A las 5:50 tomaba el bus hacia el trabajo.

Llegaba alrededor de las 6:50 a. m. y comenzaba a trabajar a las siete. A las 8:20 tenía quince minutos de descanso para desayunar. A las 12:15 disponía del período de almuerzo.

Terminaba la jornada alrededor de las 5:00 p. m. y llegaba a casa cerca de las ocho de la noche. Allí comenzaba otra jornada: preparar la cena, realizar los quehaceres domésticos, atender a sus hijos y organizar el día siguiente.

En su vivienda recibían agua únicamente dos veces por semana. Los días en que llegaba debía levantarse aún más temprano para llenar barriles y almacenar la cantidad necesaria hasta el siguiente abastecimiento.

Karla consideraba que el ambiente laboral era relativamente tolerable porque no sufría agresiones ni acoso sexual, pero deseaba conseguir un trabajo con mejores ingresos. Tampoco existían oportunidades reales de ascenso: algunas mujeres habían permanecido décadas como operarias sin promoción.

La empresa tampoco permitía la formación de sindicatos. Quien manifestaba interés en organizarlos podía perder su empleo.

Los gastos mensuales asociados únicamente al transporte y la alimentación durante los días laborales rondaban los setenta y cinco dólares. Sumadas las demás necesidades familiares, los gastos básicos ascendían aproximadamente a doscientos cuarenta dólares mensuales.

Su ingreso, aun incorporando bonificaciones y horas extras, no le permitía cubrir adecuadamente gastos como ropa y calzado. Diciembre, gracias al aguinaldo y otras bonificaciones, era prácticamente el único momento del año en que podía comprarlos.

El día de Rita

Rita llevaba tres años trabajando en una maquila situada en la carretera Troncal del Norte.

De lunes a viernes se levantaba a las 4:30 a. m. Necesitaba tiempo para preparar su desayuno y el de su familia, así como el almuerzo que su esposo llevaba al trabajo y la comida de sus hijos. Cuando podía, desayunaba en casa y trataba de aprovechar esos breves momentos de convivencia familiar.

Salía hacia el trabajo a las 6:00 a. m. Caminaba unas cuadras hasta la parada y tomaba dos autobuses. El recorrido duraba entre cuarenta y cuarenta y cinco minutos.

Entraba a las 7:00 a. m. y desde entonces cosía mangas de camisetas y camisas infantiles. Trabajaba sin interrupción hasta el mediodía, cuando disponía de treinta minutos para almorzar, siempre y cuando hubiese terminado primero la tarea asignada para la mañana.

No recibía malos tratos directamente de la propietaria, pero sí fuertes presiones de los supervisores. Las horas extras eran prácticamente obligatorias: cuando se negaba a realizarlas podía recibir reprimendas y una carga mayor de trabajo al día siguiente.

Según su relato, tampoco existía sindicato. Cuando se anunciaban inspecciones del Ministerio de Trabajo, las trabajadoras recibían instrucciones de afirmar que las condiciones laborales eran buenas, bajo amenaza de despido.

La maquila no contaba con botiquín adecuado para emergencias ni con condiciones satisfactorias de seguridad industrial.

Su jornada ordinaria podía terminar a las 8:00 p. m., mientras determinados turnos extraordinarios se prolongaban hasta las 2:00 a. m. Durante esos turnos disponían de unas pocas horas para dormir en colchonetas dentro del taller.

Cuando no realizaba esas horas extraordinarias llegaba a su casa después de unas dos horas de viaje. Allí todavía debía planchar ropa, ordenar la vivienda y atender las demás labores domésticas. Podía acostarse alrededor de las 11:30 p. m.

Su salario mensual era de 157,20 dólares. Después de transporte, alimentación y descuentos de seguridad social, calculaba que le quedaban aproximadamente cien dólares.

Las extensas jornadas, el calor, el trabajo realizado de pie, el estado de los medios de producción, la falta de tiempo para sus hijos y la insuficiencia de sus ingresos hacían que Rita se sintiera explotada.

Sabía también que sus posibilidades de encontrar otro empleo eran muy limitadas, pues había dejado de estudiar a los doce años. No podía renunciar porque el ingreso de su esposo tampoco bastaba para mantener a la familia.

Sus fines de semana tampoco constituían verdadero descanso. Después de asistir a la iglesia, debía lavar, planchar, limpiar, cocinar y dejar preparada la comida para la semana. Algunas de sus jornadas comenzaban a las 4:30 de la mañana y concluían cerca de las 2:00 de la madrugada.

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3. Las condiciones de trabajo y el patrón de acumulación de capital en El Salvador

Las tendencias de la acumulación de capital

Cuando Marx expone en el capítulo XXIII de El Capital la Ley General de la Acumulación Capitalista, hace referencia a la sobrepoblación relativa y al ejército industrial de reserva. La fórmula según la cual «su miseria se halla en relación directa a los tormentos de su trabajo» parece, desde la perspectiva del autor, ajustarse a la realidad descrita por las trabajadoras de la maquila: salarios extremadamente bajos, largas jornadas, malas condiciones físico-ambientales y maltrato.

Las trabajadoras entrevistadas afirman que abandonarían la maquila si encontraran un empleo mejor. Pero las alternativas son escasas. El desempleo y el subempleo persistentes ejercen una presión permanente sobre quienes dependen de estos puestos de trabajo.

La valorización del capital

Aunque no se disponga de cifras precisas sobre las ganancias obtenidas por el capital maquilero, el autor sostiene que los bajos salarios, las ventajas fiscales y la combinación de diversos mecanismos de extracción de plusvalía permiten inferir elevadas tasas de rentabilidad.

Aun pagando salarios por tiempo, las empresas establecen metas de producción que obligan a aumentar la intensidad del trabajo o prolongar la jornada. Al mismo tiempo, la incorporación de medios y métodos modernos de producción eleva la productividad.

Las trabajadoras describen controles incluso sobre necesidades elementales: limitaciones para conversar, permisos para utilizar los baños, grandes dificultades para acudir al ISSS y dudas respecto del pago efectivo de las cotizaciones descontadas de sus salarios.

La organización sindical podría servir para mejorar parcialmente estas condiciones, pero los testimonios recopilados describen un ambiente fuertemente antisindical en el que quienes intentan organizarse arriesgan el despido.

La doble jornada de las trabajadoras

La jornada real de las obreras no comienza al entrar a la fábrica ni termina al salir de ella. Se inicia de madrugada en el hogar, continúa durante el desplazamiento hacia el trabajo, se prolonga dentro de la maquila y recomienza al regresar a casa.

Preparar alimentos, atender a los hijos, lavar, limpiar, planchar, organizar la vivienda y dejar listo el día siguiente constituyen una segunda jornada que se extiende también durante los fines de semana.

Las horas de descanso efectivo son poquísimas. El tiempo de reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo queda comprimido entre la fábrica, el transporte y el trabajo doméstico.

Condiciones de trabajo

El artículo describe ambientes caracterizados por aire contaminado con partículas textiles, temperaturas elevadas, mala iluminación, ruido constante, hacinamiento, restricciones a la conversación, insuficiente seguridad industrial y control estricto de los tiempos de descanso.

Desde la interpretación del autor, la ausencia de «porosidad» dentro de la jornada incrementa la intensidad del trabajo y acelera el desgaste físico de las trabajadoras.

A esas condiciones se añaden denuncias de malos tratos, acoso sexual, precariedad laboral y temor permanente a la pérdida del empleo.

Que la maquila genere puestos de trabajo no resuelve, para el autor, la cuestión esencial. La necesidad social no es simplemente disponer de cualquier empleo, sino de un empleo digno que permita satisfacer las necesidades materiales y desarrollar una vida propiamente humana.

Subsunción del trabajo en el capital

La maquila aparece como una actividad capitalista que subsume el trabajo tanto directa como indirectamente. La subsunción directa es real en la medida en que el trabajo asalariado está integrado a un proceso productivo modificado mediante maquinaria moderna, división técnica de las tareas y fragmentación extrema del proceso de producción.

Existe además, según el autor, una subsunción indirecta: los salarios son tan reducidos que no bastan para reproducir materialmente a la familia trabajadora, por lo que se vuelve indispensable recurrir a redes familiares, actividades domésticas y otras formas de reproducción situadas parcialmente fuera de la relación salarial inmediata.

La sobreexplotación de la fuerza de trabajo

Desde la teoría marxista utilizada en el artículo, explotación no significa necesariamente que el salario se encuentre por debajo del valor de la fuerza de trabajo. Incluso cuando ésta se paga por todo su valor existe explotación porque el trabajador genera una plusvalía apropiada por el capitalista.

La maquila representaría, sin embargo, una situación adicional de sobreexplotación: salarios insuficientes para reproducir adecuadamente la fuerza de trabajo, largas jornadas, elevada intensidad, condiciones insalubres, precariedad, inseguridad y vulneraciones de derechos.

Las prácticas antisindicales

Las leyes laborales salvadoreñas no prohíben formalmente la sindicalización y los convenios internacionales ratificados por el país reconocen ese derecho. Sin embargo, los testimonios y documentos citados describen una realidad distinta dentro de numerosas maquilas.

Para el autor, el deber fundamental del Estado debería ser proteger esos derechos independientemente del riesgo de que determinadas empresas amenacen con trasladar sus operaciones.

El aprovechamiento de la miseria

En sociedades con escasas oportunidades de empleo, aceptar un trabajo mal remunerado puede parecer preferible a no disponer de ningún ingreso. Precisamente por ello, la necesidad material reduce la capacidad de negociación del trabajador.

El artículo sostiene que semejante situación no puede legitimarse apelando simplemente a las fuerzas del mercado. La combinación de salarios extremadamente bajos, débil fiscalización laboral y precariedad termina reproduciendo las mismas condiciones de subdesarrollo utilizadas para justificar la existencia de la maquila.

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4. Conclusiones y propuestas

La primera conclusión había sido adelantada desde el inicio: las condiciones de vida y de trabajo descritas son suficientemente dramáticas como para considerar inadmisible la permanencia de semejantes niveles de sobreexplotación.

Desde la perspectiva marxista del artículo, la explotación ordinaria tiende a ocultarse detrás de la forma salarial, que presenta el salario como si fuese el precio del trabajo y no el precio de la fuerza de trabajo. Las situaciones que las trabajadoras identifican directamente como «explotación» corresponderían, en muchos casos, a manifestaciones especialmente intensas de sobreexplotación: salarios muy bajos, jornadas excesivas, intensidad productiva, precariedad y violaciones de derechos.

El trabajo genera valor y, según la teoría expuesta, ese valor se divide entre la parte destinada a reproducir la fuerza de trabajo —el salario— y la plusvalía apropiada directa o indirectamente por el capital. Cuando el salario cae por debajo de lo necesario para la reproducción de esa fuerza de trabajo, la explotación adquiere un carácter extraordinariamente intenso.

El artículo también subraya la contradicción entre el reconocimiento formal de derechos humanos, sociales y económicos y la incapacidad institucional de garantizar su cumplimiento efectivo.

En numerosas maquilas no se cumplirían adecuadamente las disposiciones relativas a duración de la jornada, trabajo nocturno, horas extraordinarias, libertad sindical, seguridad industrial, estabilidad laboral y prestaciones sociales. Existen excepciones, pero el problema descrito es estructural.

Propuestas

No basta con denunciar. Sin embargo, cualquier propuesta, por racional o ética que resulte, se encuentra condicionada por el marco socioeconómico y político dentro del cual pretende aplicarse.

  • Hacer cumplir efectivamente la legislación laboral vigente. Un Estado de derecho presupone, en primer lugar, que las leyes existentes sean aplicadas también dentro de la industria maquilera.
  • Elevar el salario mínimo de la maquila. El autor propone que sea igual o superior al salario medio urbano, considerando la intensidad del trabajo, los niveles de productividad y las ventajas fiscales de las que gozan numerosas empresas.
  • Promover empresas autogestionarias. Se plantea estudiar la transformación de empresas maquileras capitalistas en organizaciones productivas participativas, solidarias y autogestionadas.
  • Favorecer una mayor integración con el mercado interno. Empresas autogestionadas podrían destinar parte de su producción al mercado nacional, contribuyendo gradualmente a una industrialización sustitutiva de importaciones por una vía diferente.
  • Fortalecer la organización de las trabajadoras. Las organizaciones feministas y laborales podrían desempeñar un papel más activo en la formación, organización y defensa de los derechos de las mujeres empleadas en la maquila.
  • Romper el círculo entre subdesarrollo y salarios bajos. La pobreza y la falta de empleo se utilizan para justificar salarios extremadamente reducidos y exenciones fiscales; esas mismas políticas, a su vez, pueden contribuir a reproducir el subdesarrollo que supuestamente pretendían superar.
El problema no consiste únicamente en generar empleo. Consiste en crear condiciones bajo las cuales trabajar permita también vivir dignamente.

Notas

Nota 1 El texto original remite al informe especial sobre El Salvador de los Country Reports on Human Rights Practices correspondiente a 2005, publicado por el Bureau of Democracy, Human Rights, and Labor de Estados Unidos.
Nota 2 El artículo remite a los informes CEDAW/C/SLV/3-4, CEDAW/C/SLV/5 y CEDAW/C/SLV/6 relativos al cumplimiento de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer.

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