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“Is that to say we are against Free Trade? No, we are for Free Trade, because by Free Trade all economical laws, with their most astounding contradictions, will act upon a larger scale, upon the territory of the whole earth; and because from the uniting of all these contradictions in a single group, where they will stand face to face, will result the struggle which will itself eventuate in the emancipation of the proletariat.”

Karl Heinrich Marx · Marx-Engels Collected Works, Vol. VI, p. 290

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Descubriendo La Verdad: Genética, Arqueología y la Descendencia Palestina de Los Antiguos Judíos

Los antiguos judeanos de Judea como ancestros directos de los palestinos contemporáneos

Arqueología, paleogenómica, historiografía, epigrafía y lingüística contra la narrativa del exilio y el «retorno»: una síntesis de la monografía de José Mauricio Gómez Julián.
La monografía parte de una pregunta histórica con consecuencias políticas directas: ¿quiénes son, estrictamente hablando, los descendientes de los antiguos judeanos de Judea?

Su tesis es que la convergencia de la arqueología crítica del Levante meridional, la historiografía, la epigrafía, la paleogenómica y genética de poblaciones y la lingüística histórica apunta a que los palestinos contemporáneos constituyen los herederos demográficos más directos de las antiguas poblaciones de la región, incluidos los judeanos del Reino de Judá. Frente a ello, las poblaciones judías modernas presentan historias demográficas heterogéneas, con proporciones variables de ascendencia levantina y aportes adquiridos mediante migraciones, conversiones y mezcla con poblaciones europeas, africanas y asiáticas.

El argumento no depende de una sola disciplina. Su núcleo consiste precisamente en la corroboración cruzada de líneas de evidencia independientes: el origen cananeo de los primeros israelitas, la inexistencia de una expulsión romana general de Palestina, la continuidad arqueológica durante las transiciones bizantina e islámica, los datos genómicos y la continuidad lingüística y toponímica.
Una cautela metodológica central: la monografía distingue expresamente entre consensos robustos, conclusiones bien fundamentadas y cuestiones todavía abiertas. No sostiene que cada detalle posea el mismo grado de certeza. En particular, todavía no se ha publicado en una revista revisada por pares el genoma de un individuo identificable inequívocamente como «judeano» del Reino de Judá. Por ello, la conexión específica con los judeanos se infiere mediante la convergencia entre continuidad arqueológica e histórica y la comparación genética con poblaciones levantinas antiguas, no mediante una comparación directa entre un «genoma judeano» y palestinos modernos.

De la Biblia como relato fundacional a la historia crítica

La investigación comienza por el problema metodológico de utilizar la Biblia como si fuera una crónica histórica. Revisa la revolución historiográfica asociada con Thomas L. Thompson, Niels Peter Lemche, Philip R. Davies y Keith W. Whitelam, la llamada «escuela minimalista», y la confronta con las objeciones maximalistas y con posiciones intermedias como las de William G. Dever y Lester Grabbe.

El punto fundamental no consiste en afirmar que todo contenido bíblico carezca de historicidad. La monografía subraya precisamente que las posiciones extremas han dado paso a un terreno intermedio: existe material históricamente aprovechable, especialmente desde el primer milenio a. C., pero los relatos patriarcales, el Éxodo, la conquista militar de Canaán y la monarquía unificada en la escala descrita por el texto bíblico no cuentan con el respaldo arqueológico que la historiografía tradicional les atribuía.

Mario Liverani proporciona una de las claves interpretativas del trabajo mediante su distinción entre «historia normal» e «historia inventada»: las antiguas entidades políticas de Israel y Judá deben reconstruirse mediante arqueología, epigrafía, crítica textual y fuentes comparativas, mientras que las grandes narrativas fundacionales deben analizarse también como construcciones político-teológicas desarrolladas por la comunidad postexílica.

Los primeros israelitas surgieron de Canaán

Uno de los pilares más robustos del argumento es el origen autóctono cananeo de los primeros israelitas. Alrededor de 1200 a. C. surgieron aproximadamente 250 pequeñas aldeas sin murallas en las tierras altas centrales. Su cerámica muestra continuidad con las tradiciones del Bronce Tardío, no aparecen estratos generalizados de destrucción atribuibles a una conquista exterior y la organización de los asentamientos es compatible con poblaciones locales en proceso de sedentarización.

Israel Finkelstein y William G. Dever, pese a sus profundas diferencias historiográficas y cronológicas, convergen en este punto: las poblaciones que posteriormente serían identificadas como israelitas surgieron principalmente desde el interior de la sociedad cananea, no como una población extranjera que conquistó Canaán desde fuera.

La epigrafía: Merneptah y Tel Dan

La monografía incorpora una línea de evidencia que el HTML anterior prácticamente omitía: la epigrafía. La estela de Merneptah, hacia 1208 a. C., contiene la primera referencia extrabíblica conocida a «Israel» y lo identifica mediante un determinativo egipcio correspondiente a un pueblo o grupo socioétnico, no a un Estado territorial.

La estela de Tel Dan, del siglo IX a. C., contiene la secuencia generalmente interpretada como «Casa de David». La lectura fue discutida por algunos minimalistas, pero es aceptada por la mayoría de los especialistas. Para la monografía, estas inscripciones introducen una distinción decisiva: la crítica al relato bíblico no requiere negar la existencia histórica de Israel o de una dinastía davídica. Lo que la evidencia extrabíblica no confirma es el Éxodo, la conquista de Canaán ni un imperio salomónico de las dimensiones descritas en la Biblia.

Del politeísmo cananeo al monoteísmo yahvista

Otro componente sustancial del paper es la evolución religiosa de Israel. A partir de Mark S. Smith, William G. Dever, Othmar Keel, Christoph Uehlinger y Thomas Römer, la monografía presenta el monoteísmo yahvista no como el punto inicial de la historia israelita, sino como el resultado de un proceso histórico prolongado.

La evidencia textual, arqueológica y epigráfica muestra la coexistencia de Yahweh, El, Baal y Asherah en distintos momentos de la religión israelita. Las inscripciones de Kuntillet Ajrud y Khirbet el-Qom, junto con figurillas judeanas, altares, piedras cultuales y otros materiales, documentan prácticas religiosas incompatibles con la imagen retrospectiva de un Israel primordialmente monoteísta.

El proceso habría avanzado desde el politeísmo y la monolatría hacia un monoteísmo más exclusivo, acelerado por la crisis del exilio babilónico y consolidado durante el período persa. La posible influencia del zoroastrismo sobre elementos posteriores del judaísmo —dualismo, escatología, angelología— es tratada expresamente como un debate abierto, no como una conclusión establecida.

El caso filisteo

La monografía también utiliza a los filisteos como ejemplo de la capacidad histórica del sustrato levantino para absorber poblaciones migrantes. El ADN antiguo de Ascalón muestra un componente relacionado con el sur de Europa durante el Hierro I temprano que deja de ser detectable aproximadamente dos siglos más tarde, coincidiendo con una creciente integración cultural en el entorno cananeo.

De ahí no se concluye que los palestinos sean simplemente «descendientes de los filisteos». El argumento es más amplio: los palestinos contemporáneos representan una síntesis histórica de las sucesivas poblaciones del Levante meridional —cananeos, israelitas, judeanos, samaritanos, filisteos, fenicios y otros grupos— sobre un sustrato local caracterizado por una fuerte continuidad demográfica.

Asirios, babilonios y la diferencia entre deportar una élite y vaciar un territorio

La monografía insiste en distinguir las deportaciones históricamente documentadas de la idea de un vaciamiento demográfico total. Tras la conquista asiria del Reino de Israel, una parte de la población fue deportada, otra huyó hacia Judá y una cantidad considerable permaneció en el territorio. La deportación imperial afectaba de manera desproporcionada a élites políticas, administrativas y especializadas; no equivalía automáticamente a eliminar a toda la población campesina.

El mismo principio se aplica a la conquista babilónica. Jerusalén sufrió una destrucción profunda y hubo deportaciones reales, pero otras zonas —particularmente Benjamín— muestran continuidad rural. Por ello, el llamado «exilio babilónico» se interpreta como una ruptura política, institucional y cultural de enorme importancia, pero no como la desaparición física de la población de Judá.

Durante el período persa se consolidó progresivamente el judaísmo como sistema religioso diferenciado. Esa transformación proporciona el contexto histórico en el que la monografía sitúa la redacción y reorganización de una parte fundamental de la tradición bíblica.

De Ioudaios a «judío»: conversiones asmoneas y transformación de la identidad

La expansión asmonea de los siglos II y I a. C. constituye otro punto de inflexión. Juan Hircano I impuso la circuncisión y la observancia de la ley judía a los idumeos; Aristóbulo I hizo lo propio con poblaciones itureas. La propia dinastía herodiana procedía de aquella población idumea incorporada al judaísmo.

Siguiendo a Shaye J. D. Cohen, la monografía subraya la transformación semántica de Ioudaios: de una designación primordialmente etnogeográfica —«judeano», habitante de Judea— pasó a adquirir un sentido también religioso y cultural. Desde entonces, era posible convertirse en judío sin haber nacido judeano. Esta transformación constituye una precondición conceptual para comprender la posterior expansión de la diáspora.

El mito de una expulsión romana total

Las guerras contra Roma fueron devastadoras. La destrucción del Segundo Templo en 70 d. C. y, especialmente, la rebelión de Bar Kojba de 132–135 d. C. provocaron enormes pérdidas humanas y materiales en Judea. La monografía no minimiza esa destrucción.

Lo que rechaza es una afirmación distinta: que Roma deportara en masa a la población judía de toda Palestina y vaciara la tierra. Adriano prohibió el acceso judío a Aelia Capitolina —Jerusalén—, pero no existe evidencia de una política romana de deportación total de Palestina. La continuidad de asentamientos en diversas regiones y el desplazamiento del centro de la vida judía hacia Galilea contradicen ese escenario.

En Galilea surgieron centros rabínicos como Usha, Séforis y Tiberíades; allí se compiló la Mishná hacia el año 200 y posteriormente el Talmud de Jerusalén. La destrucción romana fue, por tanto, enormemente importante en el plano institucional y regional, pero no produjo la desaparición física de la población judía de la tierra.

  • Consenso historiográfico: la inexistencia de una expulsión romana masiva de todos los judíos de Palestina no es una tesis exclusiva de Shlomo Sand. Historiadores como Israel Bartal y Anita Shapira reconocen que la idea de un exilio colectivo impuesto por Roma pertenece mucho más a la cultura popular que a la historiografía especializada.
  • Matiz necesario: aceptar que no hubo una expulsión general no implica negar las muertes, esclavizaciones, desplazamientos locales y destrucciones producidas por las guerras romanas.
  • Diáspora: la existencia de importantes comunidades judías fuera de Palestina es anterior a las guerras romanas y debe explicarse mediante una combinación de migraciones, crecimiento demográfico y conversiones, no mediante un único episodio de expulsión.

De la permanencia a la conversión: continuidad de la población palestina

Este es uno de los eslabones centrales de la monografía. Si la población rural no fue expulsada de manera general, la pregunta pasa a ser qué ocurrió con ella. La respuesta propuesta es una transformación religiosa progresiva sobre una base demográfica ampliamente continua.

Durante los siglos IV al VII, una parte creciente de la población de Palestina se cristianizó bajo dominio bizantino. Después de la conquista árabe de 634–638, la islamización tampoco ocurrió de manera inmediata. Los modelos demográficos y la evidencia arqueológica examinados en el paper sitúan el proceso a lo largo de varios siglos, hasta la época medieval tardía.

Gideon Avni encuentra una notable continuidad de los patrones de asentamiento y de la cultura material durante la transición bizantino-islámica. Richard Bulliet y otros investigadores muestran asimismo que la conversión al islam siguió una trayectoria gradual. El resultado es fundamental para el argumento: cambió la religión de la población mucho más rápidamente que su composición biológica.

La continuidad judía tampoco desapareció

La monografía enfatiza que la presencia judía en Palestina nunca se extinguió por completo. Comunidades judías sobrevivieron durante la Antigüedad tardía, la Edad Media y el período otomano; los llamados Musta’arabim, judíos autóctonos arabizados, compartían lengua y numerosas prácticas cotidianas con sus vecinos musulmanes y cristianos.

Este hecho no contradice la tesis de continuidad palestina. Al contrario, para el paper demuestra que permanecer en el territorio no exigía conservar una religión determinada: distintas ramas de una población históricamente relacionada podían permanecer como judías, convertirse al cristianismo o posteriormente al islam.

Ben-Gurión, Ben-Zvi, Borochov y Belkind

La monografía concede especial importancia a que varios dirigentes del sionismo temprano sostuvieron, antes de la consolidación del conflicto nacional, que los fellahin palestinos descendían en buena medida de poblaciones judías y cananeas antiguas que permanecieron en la tierra y cambiaron posteriormente de religión.

David Ben-Gurión y Yitzhak Ben-Zvi defendieron esta continuidad en trabajos de 1918; Ber Borochov había formulado una tesis similar en 1905, Israel Belkind rechazó en 1928 la idea de que los judíos hubieran dejado de habitar el país tras Roma, y Ben-Zvi volvió sobre la ascendencia local de los fellahin en 1929. El paper argumenta que esta interpretación perdió centralidad posteriormente a medida que cambiaron las necesidades políticas del movimiento sionista.

La paleogenómica: continuidad, mezcla y los límites de lo que el ADN puede demostrar

La paleogenómica proporciona la dimensión cuantitativa del argumento, pero la monografía advierte expresamente contra utilizar categorías estadísticas como si fueran poblaciones históricas perfectamente delimitadas.

El estudio de Agranat-Tamir y colaboradores analizó decenas de genomas del Levante de las edades del Bronce y del Hierro. Pese a la diversidad cultural y política regional, esos individuos muestran una base genética relacionada y permiten establecer una referencia para estudiar la continuidad con las poblaciones actuales.

  • Palestinos contemporáneos: los modelos examinados en la monografía sitúan aproximadamente entre 81 % y 87 % de su ascendencia en poblaciones levantinas de la Edad del Bronce, complementada por componentes posteriores, entre ellos aportes africanos y europeos.
  • Judíos asquenazíes: distintos estudios de genoma completo encuentran una población claramente mezclada. Carmi et al. la modelan aproximadamente como 50 % de origen medio-oriental y 50 % europeo, mientras otros análisis producen intervalos diferentes según el método empleado. Una parte importante del componente europeo procede del sur de Europa.
  • Cuello de botella asquenazí: la población moderna deriva de un severo cuello de botella estimado en aproximadamente 350 individuos hace unos 600–800 años.
  • Erfurt: el ADN de 33 judíos asquenazíes medievales del siglo XIV revela una heterogeneidad genética mayor que la actual, posteriormente reducida mediante deriva genética y endogamia.
  • Cromosoma Y: alrededor del 70 % de los cromosomas Y judíos y el 82 % de los palestinos musulmanes analizados por Nebel et al. pertenecían al mismo acervo cromosómico general, dominado por linajes J1 y J2, mostrando un profundo sustrato patrilineal levantino compartido.
  • Judíos mizrajíes: constituyen un matiz decisivo. La monografía señala proporciones de ascendencia levantina del orden del 80–90 % en diferentes poblaciones mizrajíes, comparables a las palestinas.
Lo que los datos permiten afirmar con mayor precisión: los palestinos contemporáneos muestran, a escala de genoma completo, una proximidad muy elevada con las antiguas poblaciones levantinas y una continuidad superior a la observada en los asquenazíes, cuya historia incluye una considerable mezcla europea. Pero esto no significa que los judíos modernos carezcan de ascendencia levantina. La monografía rechaza explícitamente esa conclusión simétrica.

Tampoco existe todavía un conjunto publicado de genomas inequívocamente identificados como judeanos del Reino de Judá. Los datos preliminares de Kiriath-Jearim mencionados en el trabajo apuntan hacia continuidad con perfiles cananeos, pero su publicación formal se encuentra pendiente. Además, herramientas como qpAdm pierden capacidad para discriminar entre fuentes históricas estrechamente relacionadas, y los componentes de programas como ADMIXTURE son construcciones estadísticas, no pueblos históricos literalmente preservados en el ADN.

La hipótesis jázara

La monografía distingue también entre la existencia histórica de conversiones al judaísmo entre la élite jázara —que no se discute en términos generales— y la afirmación mucho más fuerte de que los jázaros constituyeran el origen principal de los asquenazíes. Los análisis genómicos modernos no encuentran la contribución caucásica o centroasiática masiva que esa hipótesis requeriría. Por ello, el paper considera refutada la hipótesis jázara como explicación principal del origen asquenazí.

La genética no puede fundamentar derechos territoriales; pero sí puede someter a prueba afirmaciones genealógicas cuando esas afirmaciones se utilizan como argumentos políticos.

Lengua: cananeo → hebreo → arameo → árabe

El argumento lingüístico complementa la evidencia genética. El hebreo pertenece al conjunto de lenguas cananeas. Con la expansión de los grandes imperios mesopotámicos, el arameo se convirtió progresivamente en lengua franca y desplazó al hebreo en numerosos usos cotidianos, sin que ello implicara un reemplazo de la población.

Después de la conquista islámica ocurrió un proceso estructuralmente semejante. El árabe sustituyó al griego en la administración bajo los omeyas y fue reemplazando paulatinamente al arameo entre la población local. La transición lingüística se prolongó durante siglos.

Por ello, la trayectoria cananeo → hebreo → arameo → árabe no representa para la monografía una sucesión de cuatro pueblos que se reemplazaron mutuamente, sino en gran medida una sucesión de lenguas habladas sobre una base poblacional históricamente continua.

Toponimia y etnografía: la memoria conservada en el paisaje

Los nombres de lugares refuerzan esa interpretación. Beit Lahm (Belén), Beisan (Beth-shean), Bir as-Saba (Be’er Sheva), ‘Anata (Anathoth), Seilun (Shiloh) y numerosos topónimos más muestran la conservación y transformación fonética de nombres antiguos dentro del árabe palestino.

La investigación recupera también los trabajos etnográficos de Tawfiq Canaan y Hilma Granqvist. Canaan documentó prácticas campesinas palestinas con posibles antecedentes preislámicos y precristianos, entre ellas el término ard ba’liyyeh para las tierras dependientes de la lluvia, que preserva lingüísticamente el nombre de Baal, la antigua divinidad cananea asociada a las tormentas.

El hebreo moderno

El paper contrapone esta continuidad orgánica con la recuperación moderna del hebreo. Siguiendo especialmente a Ghil’ad Zuckermann, caracteriza al hebreo israelí como una lengua revitalizada en los siglos XIX y XX sobre bases semíticas antiguas pero con una influencia estructural significativa de lenguas europeas —especialmente el yidis— habladas por numerosos revitalizadores.

La monografía reconoce que existen formulaciones más radicales, como la de Paul Wexler, que no representan el consenso lingüístico. Su argumento no depende de ellas: basta con distinguir entre una lengua revitalizada conscientemente y una cadena dialectal que evolucionó históricamente en el mismo territorio.

La diáspora judía como mosaico histórico

Si Roma no expulsó en bloque a la población de Palestina, queda por explicar la enorme diáspora judía ya existente en la Antigüedad. La respuesta de la monografía no es monocausal. La diáspora se formó mediante migraciones, conversiones voluntarias, conversiones forzadas y absorción matrimonial de poblaciones locales, con pesos relativos diferentes según el lugar y la época.

Las conversiones asmoneas demuestran tempranamente que la pertenencia judía podía adquirirse. Durante el mundo grecorromano existieron prosélitos y «temerosos de Dios», aunque la magnitud exacta del proselitismo activo es objeto de debate entre especialistas como Louis Feldman y Martin Goodman.

La extraordinaria expansión demográfica del judaísmo antiguo —desde una población comparativamente reducida tras la conquista babilónica hasta varios millones de personas durante el período romano— constituye para el paper una fuerte evidencia de que la conversión desempeñó un papel sustancial que el crecimiento natural por sí solo difícilmente puede explicar.

La monografía examina después casos muy distintos: el reino himyarita de Arabia meridional, las discutidas tradiciones sobre conversiones bereberes, Beta Israel en Etiopía, Bene Israel y Cochin en India, los judíos de Kaifeng en China y las comunidades sefardíes y asquenazíes de Europa. El resultado no es una única genealogía, sino un mosaico de comunidades con historias biológicas y culturales diferentes vinculadas por el judaísmo.

Dos simplificaciones que el propio paper rechaza:

1. No es sostenible que todos los judíos modernos desciendan biológicamente de manera lineal y homogénea de los antiguos israelitas.

2. Tampoco es sostenible afirmar que los judíos modernos no poseen ninguna conexión genética con el antiguo Levante.

La evidencia muestra, precisamente, una historia de continuidad levantina combinada con grados muy diferentes de mezcla según cada comunidad.

Las implicaciones historiográficas y políticas

La monografía no presenta sus conclusiones demográficas como políticamente neutrales. Su punto de partida teórico es explícitamente gramsciano: las narrativas históricas pueden convertirse en mecanismos de hegemonía cuando pasan a funcionar como «sentido común» legitimador de relaciones políticas presentes.

Desde esta perspectiva, el relato de un pueblo étnicamente continuo expulsado por Roma y «retornado» dos milenios más tarde cumple, según el paper, una función política específica: transforma una colonización moderna en la restauración de una soberanía ancestral. La investigación contrapone ese relato a la historia documentada del sionismo europeo, la Declaración Balfour de 1917, el Mandato británico, la inmigración organizada, la partición de 1947, la Nakba de 1948 y el posterior patrocinio estadounidense de Israel.

El paper sitúa así al Estado de Israel dentro de la historia moderna del colonialismo de asentamiento y de los intereses geopolíticos occidentales en Oriente Medio, y sostiene que la narrativa bíblico-genealógica opera como uno de sus dispositivos de legitimación cultural.

Esta interpretación no se presenta como una crítica al judaísmo ni a los judíos como población. La monografía dedica una sección específica a voces judías e israelíes críticas del sionismo —entre ellas Tony Judt, Judith Butler, Norman Finkelstein y los llamados «nuevos historiadores» israelíes— precisamente para distinguir entre judaísmo, identidad judía, historiografía y proyecto político sionista.

Lo que la monografía considera establecido —y lo que no

  • Consenso robusto: los primeros israelitas surgieron principalmente del sustrato cananeo local, no mediante una conquista exterior de Canaán como la descrita en Josué.
  • Consenso robusto: Roma no llevó a cabo una deportación masiva de toda la población judía de Palestina tras las guerras de los siglos I y II.
  • Consenso robusto según la síntesis del paper: una parte predominante de la población palestina desciende de poblaciones antiguas del Levante que permanecieron en la región y atravesaron sucesivas transformaciones religiosas y lingüísticas.
  • Conclusión bien fundamentada, con matices: las comunidades judías de la diáspora se formaron mediante combinaciones diferentes de ascendencia levantina, migración, conversión y mezcla con poblaciones locales.
  • Conclusión bien fundamentada: la secuencia lingüística cananeo–hebreo–arameo–árabe es compatible con cambios de lengua sin sustitución demográfica general.
  • Conclusión bien fundamentada: judíos y palestinos comparten un profundo sustrato genético levantino; las diferencias actuales reflejan historias posteriores divergentes de permanencia, migración, endogamia, mezcla y deriva genética.
  • Debates abiertos y límites: no existe todavía ADN publicado inequívocamente atribuible a individuos judeanos del Reino de Judá; la magnitud relativa del proselitismo antiguo continúa discutida; las proporciones genéticas dependen de modelos estadísticos y poblaciones de referencia; y algunas cuestiones religiosas e historiográficas, como el alcance de influencias zoroastrianas, permanecen abiertas.

Conclusión: continuidad bajo la transformación

La tesis final de la monografía no consiste en imaginar una población palestina biológicamente «pura» ni inmutable. Es prácticamente lo contrario: la continuidad histórica puede coexistir con migraciones, mezclas, cambios religiosos, transformaciones culturales y sustituciones lingüísticas profundas.

La población del Levante meridional absorbió durante milenios a cananeos, israelitas, judeanos, samaritanos, filisteos y otros grupos. Las conquistas asiria, babilónica, persa, helenística, romana, bizantina y árabe transformaron profundamente las instituciones, religiones y lenguas de la región sin producir, en la mayoría de esos episodios, una sustitución completa de su población.

Dentro de ese proceso histórico, el paper sostiene que los palestinos contemporáneos representan la principal continuidad demográfica de las poblaciones antiguas que permanecieron en el territorio, incluidos los antiguos judeanos, mientras las poblaciones judías modernas presentan trayectorias heterogéneas: algunas —particularmente las mizrajíes— conservan niveles muy elevados de ascendencia levantina; otras —como los asquenazíes— combinan una ascendencia levantina sustancial con una contribución europea igualmente sustancial.

Por ello, el estudio rechaza simultáneamente dos extremos: tanto la ficción de una continuidad biológica homogénea y exclusiva entre todos los judíos modernos y los antiguos habitantes de Judea como la afirmación inversa de que los judíos modernos carezcan de raíces levantinas.

Finalmente, la monografía insiste en una frontera normativa fundamental: la genética no concede derechos territoriales y la proximidad genética no determina quién merece ciudadanía, dignidad, autodeterminación o derechos políticos. Su relevancia aparece cuando una determinada genealogía histórica es utilizada como justificación política. En ese caso, sostiene el autor, las ciencias históricas, arqueológicas, lingüísticas y genómicas tienen legitimidad para someter esa genealogía a examen.

De este modo, arqueología, historiografía, epigrafía, genética y lingüística convergen en la tesis que organiza toda la investigación: la historia de Palestina es mucho más una historia de continuidad humana bajo transformaciones sucesivas que una historia de expulsión total seguida, dos mil años después, por el retorno de la misma población.


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