El asalto a las ciencias sociales
Por qué estudiar científicamente la sociedad presenta obstáculos que no pueden reducirse a una simple comparación con las ciencias naturales
~ 12 min de lectura
Existe una desigualdad profundamente arraigada en la manera en que solemos imaginar las distintas ciencias. Una afirmación procedente de la física, la química o la biología parece adquirir, casi de inmediato, el prestigio de lo objetivo y rigurosamente demostrado. Una afirmación sobre economía, política o sociedad, en cambio, puede ser recibida como una opinión más entre muchas. Pero esa diferencia de percepción no demuestra que las ciencias sociales sean intelectualmente inferiores. Revela, más bien, la extraordinaria dificultad del objeto al que se enfrentan.
Ese es el problema del que parte El asalto a las ciencias sociales. Las ciencias sociales no pueden reproducir con la misma facilidad las condiciones experimentales de determinadas ciencias naturales. No existe un tubo de ensayo en el que pueda aislarse una sociedad, mantener constantes todas sus variables y repetir una revolución, una crisis económica o una transformación cultural hasta establecer sus resultados con precisión experimental.
Sin embargo, de esa dificultad metodológica suele extraerse una conclusión que no se sigue necesariamente de ella: que el conocimiento social sería menos serio, menos formal o incluso prescindible. El artículo cuestiona justamente ese salto.
El extraño objeto de las ciencias sociales
Las ciencias sociales estudian un objeto con una particularidad excepcional: quienes opinan sobre él viven permanentemente dentro de él. Todos participamos en relaciones económicas, familiares, políticas y culturales. Todos experimentamos alguna forma de sociedad. Esa familiaridad cotidiana puede generar la impresión de que la experiencia inmediata basta para comprender científicamente aquello que vivimos.
Pero vivir dentro de un fenómeno no equivale a poseer un marco teórico, una metodología y los instrumentos necesarios para explicar sus relaciones internas.
Una persona puede utilizar electricidad diariamente sin conocer electrodinámica. Puede enfermar sin conocer biología molecular. Sin embargo, cuando el objeto es la sociedad, nuestra participación directa en él hace mucho más fácil confundir experiencia con conocimiento sistemático.
El problema ya había sido señalado por Destutt de Tracy y recuperado posteriormente por Maurice Duverger: quienes nunca han estudiado las ciencias que se ocupan de la moral, la política y la sociedad pueden estar convencidos, de buena fe, de poseer competencia suficiente para pronunciarse sobre ellas.
De ahí surge una paradoja. Cuanto más próxima resulta la realidad social a nuestra experiencia cotidiana, más fácil puede resultar subestimar la complejidad científica necesaria para comprenderla.
Conocimiento, superestructura e interés privado
Pero la dificultad de las ciencias sociales no es únicamente experimental. El argumento da entonces un paso decisivo: la producción de conocimiento ocurre dentro de sociedades históricamente determinadas. Los científicos, las universidades, las instituciones y las teorías no existen suspendidos fuera de las relaciones materiales de su época.
Desde una perspectiva materialista, las ciencias sociales están atravesadas por la superestructura de cada formación histórica y, por consiguiente, por los intereses de las clases que poseen capacidad para establecer los marcos dominantes de interpretación.
Esto adquiere especial importancia porque el conocimiento social puede hacer visibles relaciones que determinados intereses preferirían mantener naturalizadas. Una investigación puede mostrar que una institución presentada como neutral beneficia sistemáticamente a un grupo; que una distribución de riqueza no es espontánea sino históricamente producida; que una determinada concepción económica depende de supuestos políticos; o que una relación de poder presentada como inevitable tuvo un origen y, por tanto, puede tener un final.
Aquí aparece lo que el artículo denomina, siguiendo a Marx, las furias del interés privado. Una teoría de la materia puede ser indiferente para quienes poseen una determinada posición económica. Una teoría acerca de la propiedad, la distribución, el Estado o las clases sociales puede no serlo en absoluto.
Por eso el menosprecio hacia las ciencias sociales no debe explicarse únicamente como un error intelectual individual. El artículo propone interpretarlo también como un fenómeno sistémico, relacionado con el modo de producción y con las condiciones sociales bajo las cuales se produce y circula el conocimiento.
Las ciencias naturales tampoco existen fuera de la sociedad
Sería un error, sin embargo, convertir esta diferencia en una oposición simplista: ciencias sociales ideológicas frente a ciencias naturales completamente neutrales. El propio artículo rechaza esa caricatura.
Richard Lewontin y Richard Levins han insistido precisamente en que resulta ingenuo presentar la ciencia social como inevitablemente contaminada por la subjetividad mientras se imagina la ciencia natural como una actividad completamente separada de condiciones históricas, culturales y políticas.
Para mostrarlo, el artículo se detiene extensamente en el determinismo genético y la sociobiología. A lo largo de distintos momentos, resultados genéticos complejos y parciales han sido convertidos, especialmente en su transmisión pública, en afirmaciones mucho más fuertes acerca de supuestos genes responsables de comportamientos humanos complejos.
El mecanismo es importante. Encontrar una asociación estadística, localizar una región genética o identificar una posible contribución biológica no equivale a descubrir una causa única y suficiente de un fenómeno. Sin embargo, la distancia entre esos niveles de afirmación puede desaparecer rápidamente cuando el resultado científico se transforma en titular.
El caso de Dean Hamer ocupa un lugar destacado en la argumentación. Sus investigaciones acerca de posibles asociaciones genéticas relacionadas con la orientación sexual masculina dieron lugar a interpretaciones públicas mucho más deterministas de lo que permitían establecer los propios resultados. Años después, Hamer propuso también una relación entre determinadas características genéticas y la predisposición hacia experiencias religiosas.
El interés de estos ejemplos no consiste simplemente en decidir si una hipótesis genética particular terminó siendo correcta o incorrecta. El punto epistemológico es más profundo: también dentro de las ciencias naturales pueden producirse simplificación, extrapolación, condicionamiento ideológico e interpretación interesada.
La objetividad científica, por tanto, no puede descansar en la ficción de una ciencia situada fuera de la sociedad. Debe construirse críticamente mediante teoría, evidencia, contraste, revisión y análisis de las condiciones en las que el conocimiento es producido.
¿Por qué unas ciencias florecen más que otras?
El artículo introduce entonces una cuestión de economía política: ¿por qué las ciencias naturales han experimentado un desarrollo extraordinario mientras las ciencias sociales permanecen comparativamente rezagadas?
Una parte de la respuesta reside, naturalmente, en las diferencias entre sus objetos y en la capacidad de ciertas ciencias para realizar experimentos altamente controlados. Pero la explicación propuesta no se detiene allí.
Los descubrimientos de las ciencias naturales pueden convertirse directamente en nuevas tecnologías, máquinas, materiales, fuentes de energía y procedimientos productivos. Bajo el capitalismo, el conocimiento capaz de incrementar la productividad adquiere por ello una importancia económica inmediata.
El progreso técnico impulsa el desarrollo de las fuerzas productivas y constituye uno de los mecanismos mediante los cuales el capital intenta ampliar sus posibilidades de valorización y contrarrestar sus propias tensiones económicas.
Las ciencias sociales mantienen una relación distinta con el orden existente. Sus descubrimientos no se limitan a perfeccionar los medios mediante los cuales una sociedad produce. También pueden interrogar quién produce, quién posee, quién decide, quién se beneficia y por qué las relaciones existentes adoptan precisamente esa forma.
Neoliberalización, individualismo y conciencia social
La situación de las ciencias sociales tampoco puede separarse de las transformaciones culturales que acompañan a las transformaciones económicas.
El artículo recurre a Zygmunt Bauman para describir una ética posmoderna marcada por el debilitamiento de los grandes ideales colectivos, la centralidad creciente del individuo y una concepción de la vida social en la que los compromisos comunes pueden ser sustituidos por la búsqueda privada del bienestar.
Esa transformación cultural es puesta en relación con los procesos de neoliberalización de la economía mundial. No se trata de afirmar que cada individuo reproduzca mecánicamente una doctrina económica, sino de señalar que determinadas relaciones materiales favorecen determinadas maneras de percibir al individuo, a los demás y a la sociedad.
En términos materialistas, existe una relación entre Ser Social y Conciencia Social. Las formas mediante las cuales una sociedad produce y reproduce su vida material participan también en la formación de las ideas con las que esa sociedad se interpreta.
Por eso una crisis de las ciencias sociales no debe analizarse como si fuese exclusivamente una crisis interna de departamentos universitarios, publicaciones académicas o metodologías. Puede ser también la expresión intelectual de contradicciones mucho más amplias presentes en la sociedad que produce esas ciencias.
Dos reduccionismos que empobrecen nuestra comprensión
Esta crítica desemboca en otro problema epistemológico: la tendencia a comprender fenómenos complejos mediante esquemas demasiado simples.
Levins identifica dos grandes orientaciones que han ejercido una enorme influencia sobre las ciencias modernas: el reduccionismo mecánico y el idealismo holístico.
El primero intenta explicar el conjunto descomponiéndolo en partes cada vez más elementales, como si conocer perfectamente cada pieza bastara necesariamente para reconstruir todas las propiedades del sistema. El segundo corre el riesgo inverso: convertir el conjunto en una totalidad abstracta cuya estructura termina separándose de los mecanismos materiales que la producen.
Para las ciencias sociales, esta tensión es especialmente importante. Una sociedad no puede entenderse exclusivamente sumando decisiones individuales, pero tampoco invocando abstracciones colectivas sin explicar las relaciones concretas mediante las cuales aquellas emergen y se reproducen.
El desafío consiste precisamente en estudiar las interacciones entre partes y totalidad, individuo y estructura, historia y presente, causa y consecuencia, sin borrar ninguno de esos niveles.
Una opinión política no deja de ser examinable por ser política
Hay otro fenómeno cotidiano que el ensayo cuestiona: la idea de que determinados asuntos políticos deberían dejar de discutirse porque toda discusión política sería, en último término, una confrontación irresoluble entre opiniones personales.
Pero una ideología política no aparece de la nada. Descansa sobre una determinada concepción de la sociedad, sobre supuestos acerca del ser humano y sobre relaciones causales que, en mayor o menor medida, pueden ser confrontadas con la realidad.
Por eso una discusión científicamente seria no consiste en decidir quién habla con mayor seguridad ni quién posee más autoridad social. Debe examinar la correspondencia entre marco teórico y hechos observables; estudiar los indicadores disponibles; evaluar la epistemología desde la que se construyen las preguntas; y analizar si la metodología elegida permite aumentar efectivamente nuestro conocimiento.
Las estadísticas tampoco hablan por sí solas
Llegados a este punto aparece una de las advertencias metodológicas más importantes del artículo. Apelar a «los datos» no resuelve por sí solo una controversia.
Antes de interpretar un indicador es necesario preguntar cómo fue construido. ¿Qué mide exactamente? ¿Qué deja fuera? ¿Qué población utiliza? ¿Qué categorías presupone? ¿Cuál es el período de referencia? ¿Cómo fueron seleccionadas las observaciones? ¿Qué procedimiento transforma el fenómeno real en la cifra finalmente presentada?
Después debe analizarse también la interpretación. Dos conjuntos de estadísticas pueden describir dimensiones diferentes de una misma realidad, y la selección interesada de unas cifras mientras se omiten otras puede producir una representación engañosa sin necesidad de falsificar ningún número.
De ahí que la conocida imagen de los números como entidades completamente «frías» y autosuficientes sea insuficiente para las ciencias sociales. Los números no seleccionan por sí mismos qué fenómenos estudiar, qué variables construir, qué modelos estimar ni qué significado atribuir a sus resultados.
El artículo aplica esta advertencia también a la economía y, particularmente, a aquellas formulaciones de la teoría neoclásica que pueden proteger sus supuestos bajo un lenguaje altamente técnico. El tecnicismo puede ser indispensable para alcanzar precisión, pero la complejidad matemática de una afirmación no constituye por sí misma una garantía de verdad acerca de la realidad social.
La estadística debe ser interrogada, reconstruida y contrastada con aquello que pretende representar. Precisamente porque constituye una herramienta extraordinariamente poderosa, su utilización exige una crítica igualmente rigurosa.
La complejidad de las ciencias sociales
Todo lo anterior invierte una intuición muy extendida. Las ciencias sociales no son menos complejas porque sus conclusiones puedan ser menos exactas que determinadas predicciones de las ciencias naturales. En muchos sentidos ocurre justamente lo contrario.
Deben estudiar sistemas abiertos, históricos y cambiantes; trabajar con sujetos que aprenden y reaccionan; analizar instituciones que modifican su comportamiento; distinguir entre regularidades y contingencias; utilizar datos cuya propia construcción posee una historia; y hacerlo, además, dentro de sociedades atravesadas por los mismos conflictos que son objeto de investigación.
Esto tampoco significa idealizarlas. El artículo reconoce expresamente su atraso relativo y la necesidad de una profunda humildad intelectual. Defender las ciencias sociales no consiste en declarar verdaderas todas las teorías formuladas bajo su nombre. Consiste precisamente en exigirles más: mejor teoría, mejores métodos, mejor evidencia y una crítica constante de sus propios supuestos.
Una ciencia crítica debe conservar incluso la posibilidad de revisar o sustituir sus propios paradigmas cuando la realidad deje de corresponderse con ellos.
Conocer la sociedad para transformarla
El argumento alcanza finalmente su dimensión más profunda. La ciencia no existe simplemente para acumular descripciones del mundo. El conocimiento amplía nuestra capacidad material de intervenir sobre él.
Las ciencias naturales han transformado nuestra relación con la materia, la energía, la enfermedad, la distancia y la producción. Las ciencias sociales poseen una función análoga sobre otro terreno: permiten que las sociedades conozcan conscientemente los mecanismos mediante los cuales se organizan y, al conocerlos, amplíen su capacidad para modificarlos.
De ahí la dimensión teleológica que aparece al final del artículo. Investigar científicamente no es únicamente reconstruir lo que existe; implica también producir conocimiento capaz de orientar acciones hacia determinados fines.
Históricamente, las ciencias sociales y las doctrinas políticas han servido para organizar los órdenes surgidos de grandes transformaciones. El liberalismo político y económico proporcionó, por ejemplo, categorías fundamentales con las que la burguesía pudo comprender y estructurar el nuevo orden nacido de las revoluciones modernas.
Esto convierte a las ciencias sociales en algo más que una colección de disciplinas académicas. Son también uno de los instrumentos mediante los cuales una sociedad puede pasar de ser simplemente objeto de fuerzas que no comprende a sujeto consciente de su propia transformación.
Maurice Duverger imaginaba precisamente esa posibilidad: el desarrollo de las ciencias sociales podría hacer posible una política cada vez más consciente, en la que las personas comprendieran los mecanismos mediante los cuales pueden ser dirigidas, persuadidas o manipuladas.
Desde esta perspectiva, el problema del menosprecio hacia las ciencias sociales deja de ser una disputa corporativa entre facultades universitarias. Lo que está en juego es la capacidad de una sociedad para conocerse a sí misma.
Una sociedad puede desarrollar tecnologías extraordinariamente sofisticadas y continuar siendo incapaz de explicar científicamente las relaciones sociales mediante las cuales esas tecnologías son producidas, distribuidas y utilizadas. Puede dominar procesos naturales mientras permanece subordinada a procesos sociales que ella misma ha creado.
Por eso la defensa de las ciencias sociales no exige rebajar los estándares de rigor. Exige exactamente lo contrario: reconocer la enorme complejidad de su objeto y construir los instrumentos teóricos, metodológicos y empíricos adecuados para comprenderlo.
Si las ciencias naturales permiten transformar conscientemente la naturaleza, las ciencias sociales contienen la posibilidad de algo igualmente decisivo: que la humanidad comprenda las fuerzas sociales de las que forma parte y pueda intervenir conscientemente sobre ellas.
El verdadero asalto a las ciencias sociales comienza cuando confundimos la dificultad de conocer la sociedad con la imposibilidad —o la inutilidad— de conocerla científicamente.
Compártelo:
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en Reddit (Se abre en una ventana nueva) Reddit
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Enviar un enlace por correo electrónico a un amigo (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky


Leave a Comment/Deja un Comentario