Teoría del comercio · Econometría · Política económica
¿Y si David Ricardo estaba equivocado?
Un nuevo desafío econométrico a la ventaja comparativa
Basado en: Gómez Julián, J. M. (2025). “Teorías del comercio internacional versus resultados de los tratados comerciales.” Revista Cubana de Economía Internacional, 12(1), 36–57. Leer el artículo original
La mayoría de las personas que han llevado un curso introductorio de economía se han encontrado con una idea engañosamente sencilla: los países deberían especializarse en aquello que hacen relativamente mejor, incluso si otro país es mejor produciendo todo. Esta es la doctrina de la ventaja comparativa, atribuida en gran medida al trabajo de David Ricardo de comienzos del siglo XIX sobre el comercio entre Inglaterra y Portugal. Se ha convertido en una de las justificaciones más citadas del libre comercio y de la arquitectura de los tratados comerciales modernos.
Un artículo de 2025 de Juan Manuel Gómez Julián, publicado en la Revista Cubana de Economía Internacional, plantea una pregunta provocadora: ¿los datos reales de los tratados comerciales respaldan la ventaja comparativa, o apuntan de nuevo hacia la idea más antigua y sencilla de la ventaja absoluta? Su respuesta, alcanzada mediante una combinación de análisis histórico, razonamiento matemático y modelización econométrica moderna, probablemente incomode buena parte del pensamiento convencional sobre política comercial.
Las dos ideas en competencia, explicadas en lenguaje sencillo
Antes de entrar en la contribución del artículo, conviene dejar absolutamente claro qué está en juego. Imaginemos dos países:
- País A puede producir tanto trigo como acero de manera más eficiente —más rápido, más barato y utilizando menos recursos— que el País B.
- País B es menos eficiente en la producción de ambos bienes.
La ventaja absoluta (Adam Smith, 1776) sostiene: el País A es sencillamente mejor en ambos bienes. El País B no tiene ninguna razón evidente para competir directamente con él, y el comercio entre ambos estará condicionado por la magnitud de la diferencia en sus capacidades productivas.
La ventaja comparativa (David Ricardo, 1817) responde: un momento; aunque el País A sea mejor en ambos bienes, es proporcionalmente mejor produciendo acero que trigo. El País B, aunque sea peor en todo, es relativamente menos malo produciendo trigo. Por tanto, si el País A se concentra en el acero y el País B en el trigo, y ambos comercian, los dos terminan beneficiándose. La superioridad absoluta no importa; lo que importa es la proporción entre las eficiencias dentro de cada país.
La idea es elegante. Pero también es, como sostiene Gómez Julián, sorprendentemente frágil cuando se contrasta con datos del mundo real.
Lo que realmente hace el artículo
Gómez Julián aborda la cuestión desde tres ángulos complementarios, lo que proporciona al artículo una amplitud metodológica poco habitual.
1. Generalización matemática
En primer lugar, examina hasta qué punto cada teoría se sostiene cuando se la lleva matemáticamente más lejos; es decir, cuando se pregunta si su lógica continúa siendo válida bajo supuestos más generales y realistas que los modelos de manual originales de dos países y dos bienes. Según encuentra, la ventaja comparativa depende de un conjunto estrecho de supuestos —tecnologías idénticas en determinados aspectos, costos constantes, ausencia de costos de transporte y pleno empleo— que tienden a desmoronarse cuando el modelo se vuelve más realista. La ventaja absoluta, por el contrario, mantiene su coherencia bajo una gama más amplia de condiciones.
2. Contexto histórico
En segundo lugar, el artículo reconstruye la historia intelectual del problema. Ricardo desarrolló la ventaja comparativa en un mundo en el que la naturaleza de la producción era fundamentalmente distinta de la actual economía globalizada e intensiva en tecnología. El autor sostiene que la teoría fue producto de su época: útil como experimento mental, pero no como guía fiable para la política comercial moderna, especialmente cuando la brecha tecnológica entre los socios comerciales es muy amplia.
3. Evidencia econométrica
Es aquí donde el artículo realiza su contribución más distintiva. Gómez Julián utiliza dos familias de modelos estadísticos para comprobar cuál de las dos teorías explica mejor los resultados reales de los tratados comerciales:
- Modelos de Equilibrio General Computable (EGC) — modelos de simulación a gran escala que intentan representar la economía completa, sector por sector, y posteriormente simulan qué ocurre cuando un tratado comercial modifica aranceles, cuotas o condiciones de acceso a los mercados. Son ampliamente utilizados por instituciones como el Banco Mundial y la OMC.
- Modelos Lineales Generalizados (GLM) bayesianos objetivos — un enfoque estadístico moderno que emplea inferencia bayesiana —actualizando las creencias mediante los datos— con un mínimo de supuestos subjetivos (priores “objetivos”). Esto permite que los datos hablen con mayor libertad, sin imponer fuertes ideas preconcebidas acerca de cuál “debería” ser la respuesta.
Los resultados combinados apuntan en la misma dirección: los resultados comerciales entre países con asimetrías tecnológicas significativas son explicados mejor por la ventaja absoluta que por la ventaja comparativa.
¿Qué significa esto en la práctica?
Las implicaciones prácticas son importantes y van a contracorriente de las recomendaciones dominantes en materia de política comercial durante las últimas décadas.
Si la ventaja comparativa es el enfoque correcto, entonces el libre comercio entre cualesquiera dos países —ricos o pobres, tecnológicamente avanzados o no— resulta mutuamente beneficioso casi por definición. La recomendación de política económica es sencilla: liberalizar, firmar acuerdos y reducir barreras.
Pero si la ventaja absoluta constituye un modelo mejor, entonces la estructura del acuerdo importa enormemente. Un tratado comercial entre un país altamente industrializado y otro predominantemente agrícola no es intrínsecamente beneficioso para ambas partes. Puede encerrar al país menos desarrollado en exportaciones de bajo valor agregado mientras inunda sus mercados con bienes manufacturados que desplazan a la industria local. Las asimetrías tecnológicas y salariales entre los firmantes pasan entonces a ocupar un lugar central, en lugar de constituir una consideración secundaria.
En otras palabras, los resultados de Gómez Julián sugieren que los tratados comerciales deberían diseñarse prestando una atención deliberada a los desequilibrios de poder y a las capacidades productivas de las partes involucradas, en lugar de firmarse simplemente bajo el supuesto de que todo comercio es necesariamente beneficioso.
Por qué esto importa más allá de la economía
Si sos politólogo, analista de políticas públicas o simplemente alguien que sigue la geopolítica, este debate está lejos de ser meramente académico. Los tratados comerciales se encuentran entre los instrumentos más importantes de la política exterior y de la estrategia económica interna. Moldean la política industrial, los mercados laborales, los patrones migratorios e incluso las alianzas geopolíticas.
La cuestión de si un tratado comercial es “justo” o “beneficioso” depende de la teoría económica utilizada para evaluarlo. Si la teoría dominante es incorrecta —o, como mínimo, incompleta—, décadas de recomendaciones en materia de política comercial podrían haber subestimado sistemáticamente los riesgos de la liberalización entre socios desiguales.
Esto no significa que el proteccionismo sea la respuesta. Pero sí significa que los términos de la relación importan. Un tratado comercial que tome en consideración las brechas tecnológicas, incluya disposiciones para la transferencia de tecnología e incorpore mecanismos de ajuste es un instrumento muy distinto de uno que simplemente elimine los aranceles entre economías desiguales y dé el asunto por terminado.


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