US LONG TERM RATE OF PROFIT, AND THE FALL IN THE QUARTERLY RATE UP TO Q3 2022.

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US LONG TERM RATE OF PROFIT, AND THE FALL IN THE QUARTERLY RATE UP TO Q3 2022.

THE AUTUMN STATEMENT (or Harmageddon). FROM PROFIT GOUGING TO INTEREST RATE GOUGING.

THE AUTUMN STATEMENT (or Harmageddon). FROM PROFIT GOUGING TO INTEREST RATE GOUGING.

The wage price spiral refuted

Do ‘excessive’ wage rises lead to rising inflation and thus drive economies into a wage-price spiral?  Back in 1865, at the International Working Men’s Association, Marx debated with IWMA Council member Thomas Weston.  Weston, a leader of the carpenter’s union, argued that asking for increased wages was futile because all that would happen would be […]

The wage price spiral refuted

OBSERVATIONS OF CARCHEDI & ROBERTS’ PRESENTATION ON INFLATION GIVEN AT THE RECENT HISTORICAL MATERIALISM CONFERENCE.

carchedi-roberts-inflation-presentation-finalDownload The purpose of this post is to ensure our understanding of Marxist categories remains precise and that all our investigations are rigorous.

OBSERVATIONS OF CARCHEDI & ROBERTS’ PRESENTATION ON INFLATION GIVEN AT THE RECENT HISTORICAL MATERIALISM CONFERENCE.

Historical Materialism Conference – monopoly, imperialism, inflation and Ukraine

As usual it won’t be possible to report on all the many sessions at this year’s London Historical Materialism conference that took place last weekend.  I could only attend a few sessions and concentrated, naturally, on ones to do with Marxist economics.  Also, I was participating in two sessions myself that clashed with others that […]

Historical Materialism Conference – monopoly, imperialism, inflation and Ukraine

WHY MARXISTS CANNOT IGNORE CIRCULATING CAPITAL!

defending-turnover-for-the-last-timeDownload klems-1987-2021Download This posting is a courtesy to those commenting on turnover and circulating capital in a recent post on Michael Roberts blog. On the spreadsheet, which is vast, all calculations for the graphs are coloured. to help the reader navigate it.

WHY MARXISTS CANNOT IGNORE CIRCULATING CAPITAL!

BREVES ANOTACIONES SOBRE EL PAPEL DE LA VIOLENCIA EN EL SURGIMIENTO DE LA FORMACIÓN ECONÓMICO-SOCIAL CAPITALISTA Y SU CONSOLIDACIÓN COMO MODO DE PRODUCCIÓN

ISADORE NABI

Karl Marx:

“Pero la acumulación de capital presupone plusvalía; la plusvalía presupone la producción capitalista; la producción capitalista presupone la preexistencia de masas considerables de capital y de fuerza de trabajo en manos de los productores de mercancías. Todo el movimiento, por tanto, parece girar en un círculo vicioso, del que sólo podemos salir suponiendo una acumulación primitiva (la acumulación previa de Adam Smith) que precede a la acumulación capitalista; una acumulación que no es el resultado del modo de producción capitalista, sino su punto de partida (…) La llamada acumulación primitiva, por lo tanto, no es más que el proceso histórico de divorciarse del productor de los medios de producción. Aparece como primitivo, porque forma la etapa prehistórica del capital y del modo de producción que le corresponde.”

Andre Gunder Frank. World Accumulation, 1492-1789. 7. Conclusions: On So-called Primitive Accumulation, 7.4. On Unending Class Struggle in Accumulation, p. 267-271.

El proceso desigual y desnivelado de acumulación fue a la vez causa (en un primer momento) y consecuencia (posteriormente como proceso retroalimentativo) de la creciente diferenciación de las fuerzas y relaciones productivas, y éstas de las diferencias en la composición e intereses de clase. Por ejemplo (…) variaciones relativamente menores en las circunstancias productivas y sociales entre Europa oriental y occidental a finales de la Edad Media permitieron, no obstante, durante la expansión económica del siglo XVI, el declive de la servidumbre y el desarrollo de las manufacturas en Europa en algunas partes de Occidente, mientras generaba o reforzaba una clase de terratenientes en Oriente cuyos intereses se oponían a un desarrollo similar y estaban ligados en cambio a la producción de productos básicos para la exportación. Para la producción de éstos, en ausencia de suficiente oposición urbana, forzaron con éxito al campesinado a una segunda servidumbre. La división del trabajo generó el desarrollo de clases poderosas de empresarios y funcionarios productivos, comerciales, políticos y militares (la distinción a menudo era difícil de hacer) cuyos intereses económicos inmediatos estaban ligados a la producción y el comercio con Europa a expensas de las masas de la población local y, en consecuencia, estas regiones no experimentaron ningún desarrollo autónomo y sufrieron el desarrollo del subdesarrollo de la misma manera que Asia y otras partes de África más tarde. Menos claro es cómo y por qué estos intereses metropolitanos y locales lograron imponerse a sí mismos y su orden económico, social y político con tanto éxito, a pesar de la oposición frecuente, si no constante, de los sectores oprimidos y explotados de la población (su oposición pasiva, activa y violenta, con algunas excepciones, no ha sido registrada en gran medida por los grupos gobernantes que han escrito la historia). En Europa misma, el proceso de diferenciación y generación de intereses en conflicto estuvo, por supuesto, lejos de ser uniforme y contribuyó a una agitada historia de conflictos internos y externos.

Como observó Marx, la fuerza y ​​la violencia fueron las comadronas de todo el proceso de acumulación originaria de capital. Gran parte de esta fuerza y ​​violencia fue organizada e institucionalizada por el Estado, cuya principal razón de ser ha sido y sigue siendo el subsidio asociado de una clase social y sector a expensas de otro. Aunque quizás todavía insuficientemente estudiado, la importancia del Estado en el sistema colonial, tanto en la patria como en la colonia, y en el sistema mercantil asociado y las guerras comerciales es intuitivamente evidente. Pero, como Adam Smith, si no todos los que lo reconocen como el padre de su disciplina, lo enfatizaron y Marx volvió a reiterarlo, el surgimiento y la acción del Estado jugaron un papel igualmente esencial en el desarrollo del capitalismo “doméstico” o “nacional” imponiendo la separación de los productores de sus medios de producción y la provisión de una fuerza de trabajo capaz de producir plusvalor, por no decir extra, plusvalía, o mediante la provisión de leyes y medidas que faciliten la realización de plusvalía por el capital. El desarrollo del Estado, y particularmente del Estado absolutista en el siglo XVII, no tuvo lugar hasta que fracasaron los intentos de construir un imperio, especialmente de los Habsburgo (…) Pero en la medida en que este sea el caso, también se puede sugerir (aunque Wallerstein dice que era intrínsecamente imposible) que el fracaso del imperio mismo fue en parte ocasionado inmediatamente por el fin de la expansión económica. Del mismo modo, se puede sugerir que el surgimiento del Estado fuerte con una soberanía nacional más limitada fue el resultado de la depresión económica en el siglo XVII, y en Francia ya en parte del siglo XVI. Esto impuso el atrincheramiento económico y exacerbó el conflicto económico, social y político dentro de las regiones vecinas y los grupos socioeconómicos al mismo tiempo que los convirtió en rivales por oportunidades más limitadas de aquellos en otras naciones en formación. Luis XIV y Colbert, por un lado, y Cromwell y el Parlamento Largo, por el otro, representaron los resultados de la depresión del siglo XVII, aunque no representaron las únicas soluciones posibles. Las políticas “nacionalistas” de sus estados fueron la respuesta, en tiempos de dificultades económicas, de compromiso y arbitraje entre grupos de interés económicos en pugna y la conversión de los intereses del ganador en política estatal y nacional. Esto fue más claramente visible en las alianzas internacionales cada vez más motivadas comercialmente y en las guerras anglo-neerlandesas, anglo-francesas e hispánicas de los siglos XVII y XVIII. Los capítulos 2 y 3 (relativos a la depresión del siglo XVII y la economía política del ciclo de expansión y rivalidad, respectivamente) distinguen entre estas entre guerras “ofensivas”, o campañas militares y diplomacia internacional durante o inmediatamente después de períodos de auge económico, y guerras “defensivas”, durante períodos de recesión económica y depresión. El lugar de las guerras “religiosas” y de sucesión dinástica, así como de todas las guerras, en el proceso mundial de acumulación de capital necesita, por supuesto, necesita mucho más estudio.

La relación del conflicto ideológico y religioso con el proceso de acumulación de capital, y con su incidencia y ritmo desiguales, también requiere un estudio más sistemático. En el contexto del materialismo histórico, el argumento de R. H. Tawney en Religion and the Rise of Capitalism (1947) de que las condiciones de este último proporcionan el contexto del primero, es más persuasivo que el de Weber en The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism (1958) de que el primero genera el segundo. He argumentado (1974, 1978) cuán insatisfactoria es esta tesis de Weber en contraste con el análisis de las relaciones de producción e intercambio en el proceso de acumulación de capital. Así, si judíos y protestantes estuvieron en Europa asociados a la expansión económica (aunque no por razones de su “ética”), su expulsión aquí y allá, y la Contrarreforma en uno u otro principado, parecería haber estado inmediatamente relacionada con la contracción económica y/o dominio renovado de los intereses territoriales y/o contracción económica[1]. Que la rebelión y la revolución están relacionadas con alteraciones en la composición de clase que surgen de cambios en las fuerzas y relaciones de producción, y en particular que a menudo son desencadenadas por crisis económicas, está ampliamente documentado, pero no analizado sistemáticamente en el contexto del proceso de acumulación como un todo. Las revoluciones inglesa, francesa y estadounidense de los siglos XVII y XVIII, analizadas en los capítulos 2 y 5 (relativos a la depresión del siglo XVII y a la depresión y revolución del período 1762-1789, respectivamente), sin mencionar las revoluciones y contrarrevoluciones posteriores y contemporáneas, están relacionadas con tales crisis económicas y políticas.

Observar y argumentar que estos eventos políticos e ideológicos superestructurales no son arbitraria o simplemente autodeterminados, sino que durante siglos han sido partes determinadas de la incidencia y el ritmo desiguales del proceso de acumulación de capital, y esto, además, no solo a escala local o nacional sino a escala mundial, no niega que a su vez ejerzan influencias cualitativamente cruciales y de largo alcance sobre este proceso de acumulación y su “infraestructura”. Por ello, el argumento central al respecto es que los movimientos políticos e ideológicos, así como los culturales y científicos, son decisivos para el proceso económico[2]. Una de mis hipótesis al respecto (presentada en los capítulos 2 y 5) es que la incidencia de grandes invenciones científicas y técnicas, así como de “revolución” filosófica y artística, es coincidente y generada o acelerada por la crisis economía (y por ello, también crisis política). Tal vez el avance científico y cultural gradual acumulativo sea alimentado y logrado durante los períodos de expansión económica, a cuya continuación también pueden ayudar a contribuir. Pero mi hipótesis es que las “revoluciones kuhnianas[3]” en los paradigmas científicos, filosóficos o culturales surgen directa o indirectamente de la crisis económica en la que “la necesidad es la madre de la invención”. En los capítulos 2 y 5 sugiero que la revolución científica del siglo XVII asociada con Galileo, Leibniz, Descartes y otros y la revolución tecnológica de finales del siglo XVIII asociada con Watt, Arkwright, Ely y otros fueron en parte crisis económicas generadas por intentos en la reducción de los costos de producción y la expansión de las fronteras económicas bajo limitaciones económicas.

Aunque hay alguna evidencia de investigación tecnológica patrocinada y financiada por el Estado y otras instituciones (y el establecimiento de sociedades e institutos científicos) asociada con la crisis del siglo XVII, el hecho de que muchos de los principales avances científicos y tecnológicos en ese entonces y desde entonces provinieran de “outsiders” extra- institucionales (Einzelgänger, autodidacta) parecerían dar aún más plausibilidad a mi hipótesis ya que son ellos los que están particularmente convulsionados por la agitación de los tiempos, y por eso son outsiders.

Mi hipótesis es que la crisis económica también se vuelve indirectamente efectiva a través de la crisis política que engendra y este efecto es particularmente fuerte en aquellos individuos (también solitarios o rebeldes) que sugieren los avances revolucionarios en la filosofía y las artes, así como en las ciencias. La mayor parte del Renacimiento coincidió con la crisis o crisis de los siglos XIV y XV, y muchas de sus figuras más importantes se movieron políticamente por ello (aunque el “Alto Renacimiento” en Italia coincidió con lo que aparentemente ya era un período de auge económico). Pero muchas de las principales figuras de la renovación filosófica y artística del siglo XVII y de la Ilustración de finales del siglo XVIII trabajaron y ganaron aceptación en tiempos de crisis económica y política. De manera similar, puede decirse que las “revoluciones” científicas, filosóficas y culturales de los siglos XIX y XX ocurrieron durante períodos de crisis económicas y políticas particulares, o que fueron generadas por ellos, y por la mediación de mentes particularmente agitadas por estas crisis. El trabajo de tales mentes, a su vez, ha tenido una influencia de largo alcance en el curso de la historia humana y en el proceso de acumulación de capital posterior. Hasta cierto punto, incluso la interpretación y escritura “revolucionaria” de la historia ha tenido y puede tener alguna influencia en el curso de la historia misma.


[1] Un argumento relacionado se encuentra en la obra de Wallerstein The Modern World-System. Vol. I. Capitalist Agriculture and the Origins of the European World-Economy in the Sixteenth Century (1974).

[2] Entendiendo esto como una retroalimentación de lo económico para sí (usando la terminología hegeliana), puesto que lo superestructural es un reflejo de lo económico, aunque no un reflejo pasivo.

[3] Relativas a Thomas Kuhn.

En favor de la simplicidad: un paradigma para la economía política del siglo 21

Alan Freeman Universidad Metropolitana de Londres RESUMEN Esta es una pre-publicación del capítulo con el mismo nombre que ha sido publicado por primera vez en Freeman et al (2001), reproducido con el amable permiso de los editores. Lo he reacomodado para uso académico como un texto por separado, con las referencias incluidas y con notas […]

En favor de la simplicidad: un paradigma para la economía política del siglo 21

UN COMENTARIO SOBRE “¿Formadores de precios o interdependencia?”

Una idea muy extendida en Argentina es que la elevada inflación se debe, en gran medida, a los “formadores de precios”. Se trataría de oligopolios que aumentan “de manera unilateral” los precios de sus productos, desatando una cadena de subas en cascada en el resto de la economía. La “unilateralidad” en el establecimiento de esos […]

¿Formadores de precios o interdependencia?

Más allá de la interesante curiosidad de que alguien que no considera válido el teorema fundamental de la economía política marxista (la ley de la tendencia decreciente de la tasa media de ganancia) acuda a los fundamentos del Marxismo para refutar la idea de la existencia del poder de monopolio, un error gnoseológico fundamental que exhibe el artículo en cuestión es olvidar, como a menudo los economistas “marxistas” lo hacen, de que si bien la inflación tiene su fundamento último en el sector real, no es menos cierto que el poder económico que les procura a los grandes capitalistas su dominancia en el sector real se transmite al sector financiero por cuanto estos sectores están íntimamente vinculados (con dominancia, en última instancia, del sector real sobre el sector financiero -y los cracks bursátiles son, precisamente, el mecanismo mediante el cual los sistemas de economía política corrigen la violación al postulado anterior-), así como tampoco es menos cierto que la ciencia en cuestión no se llama economía (ni siquiera los amos y amas de casa hacemos economía, porque siempre hay relaciones de poder, en una sociedad de clases, inherentes a todo fenómeno de distribución del ingreso -probablemente en las tribus del Amazonía es diferente-), sino economía política y en tal sentido posee la implicación de relaciones de poder, de relaciones de dominantes y dominados que expresan una determinada estructura de clases que se corresponde a un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, relaciones de poder que son también técnicas, puesto que lo político es un fenómeno exclusivo de las sociedades humanas y, por consiguiente, un fenómeno de estudio de las ciencias sociales, y como tal posee inherentemente una explicación científica, íntimamente ligada a la de los fenómenos económicos, de ahí que la ciencia se llame, insisto, economía política.

El mismo articulista, en otro artículo, ha planteado la interesante hipótesis de que la inflación ocurre para que las innovaciones tecnológicas repercutan en la tasa media de ganancia, es decir, para que se materialice la plusvalía relativa. Más allá de que la hipótesis en cuestión sea planteada en un escenario de valores y no de precios de producción, además del hecho de que Rosdolsky ha señalado (fundamentalmente en el apartado relativo a los salarios reales dentro de su estudio de los Grundrisse) que la caída de los salarios reales no es una tendencia generalizada a escala planetaria (o alza, en el caso que la innovación no provenga de las ramas productivas que producen mercancías que componen la canasta salarial, al menos durante el período de rezago de la transmisión de la innovación a las ramas productivas que componen la canasta en cuestión), es razonable esperar que el escenario de precios de producción simplemente complejice y/o complique el mecanismo mediante el cual la relación entre la plusvalía relativa y la inflación se expresa, así como también que se pueda justificar que en los países desarrollados los salarios reales no caigan en términos del mecanismo mediante el cual ocurre un proceso de nivelación tendencial a nivel mundial de los salarios (en la primera página del capítulo VIII del tomo III de El Capital, en la antesala a su planteamiento sobre el surgimiento de los precios de producción -capítulo IX de la misma fuente antes referida-), específicamente explicando que en los grandes centros industriales los salarios reales no decaen porque las ganancias de los capitalistas de estos centros, mermadas por tal efecto, son compensadas por las ganancias que estos mismos capitalistas obtienen de sus inversiones en los países de la perisferia (perisferias de tales centros). Sin embargo, lo curioso del planteamiento del articulista es que en tal artículo se dice explícitamente que para que esto ocurra los bancos centrales deben garantizar un determinado nivel de inflación (y se hace alusión a la “regla de Taylor” que siguen muchos bancos centrales -con independencia que no es el único régimen monetario existente en los países capitalistas y que los planteamientos en cuestión deberán ser generalizados considerando esos otros regímenes monetarios-). Más allá que el articulista no explica los criterios técnicos bajo los cuales los bancos centrales fijan determinada tasa de inflación a la luz de su hipótesis de la innovación tecnológica como causa fundamental de la inflación (lo cual es fundamental para que la hipótesis se sostenga), cualquier persona que tenga conocimiento práctico y objetivo de cómo se trabaja al interior de los bancos centrales (a nivel de los economistas jefe, gerencia, presidencia y junta directiva) sabe que muchas políticas monetarias se toman en tales instituciones bajo el único criterio de procurarles mayores ganancias a los grandes capitalistas (por ejemplo, las devaluaciones cambiarias que ocurren en muchos países -como parte de una política cambiaria- en determinados momentos del año, como en el caso particular del escenario en que ocurre una depreciación del dólar estadounidense, los bancos privados en determinados países tienen sus posiciones dolarizadas y el banco central devalúa la moneda nacional para que las ganancias de los bancos privados no se vean afectadas -y en muchos casos aumenten-), sin que existan de por medio, ni siquiera por asomo, el riesgo de que por no realizarse tal política monetaria las condiciones de reproducción del proceso de acumulación de capital se rompan y la economía pueda entrar en crisis, o que en ausencia de tales políticas monetarias los inversionitas decidiecen abandonar el país, etc., es decir, sin que exista ningún fundamento técnico-económico de por medio, aunque sí un fundamento técnico-político. Insistimos, por ello se llama economía política y no meramente economía. Esto no significa que la hipótesis planteada por el articulista citado sobre la naturaleza tecnológica (y, por consiguiente, real) de la inflación no pueda ser el elemento central (de hecho, el elemento central de la inflación es una cuestión técnica-económica proveniente del sector real, sea a través de la hipótesis citada o de otra hipótesis de la misma naturaleza), sino que no es lo único que constituye el fenómeno en cuestión, por el contrario, tal fenómeno tiene dos aristas, ambas totalmente materiales y objetivas (en donde la política está supeditada a la económica por cuanto las relaciones de clase existen en cuanto al interior del proceso de producción existe una distinta vinculación con los medios de producción por parte de dos sectores de la sociedad humana), ambas regidas por criterios científico-técnicos.

Esto me recuerda a aquella célebre frase de Lenin, citada por Rosdolsky, que describía cómo los “marxistas”, a causa de no leer a Hegel, seguían (para aquella época) sin entender a Marx, cuestión que sigue siendo válida para los “marxistas” de hoy en día (e incluso de los anteriores a Lenin, célebre es también la frase de Marx de “Si estos son marxistas, yo no soy marxista”), especialmente para los economistas. La lógica dialéctica-materialista no es una lógica dicotómica, es decir, no es del tipo “o es una relación regulada rigurosamente por un criterio técnico-económico o es subjetivismo”, por cuanto la base económica y la superestructura ideológica están íntimamente ligadas (supeditándose la superestructura, en última instancia, a la base), tanto como lo está lo económico a lo político, puesto que un sistema económico de clases (de economía política) no puede subsistir sin una dictadura, es decir, sin que una clase A (la dominante) imponga a otra clase B (la dominada) sus intereses (intereses que son antagónicos entre sí) con independencia del medio usado para ello, porque aunque la independencia antes expresada exista, lo ideológico (expresado como alienación, concepto teórico que Marx desarrolla en los Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844) es el elemento indispensable para garantizar la existencia fáctica de la dictadura (en dictaduras militares, es decir, en dictaduras formales, evidentemente lo ideológico juega un papel menos preponderante -no por ello deja de ser preponderante, porque al fin y al cabo la rebelión contra las dictaduras militares es, en la enorme mayoría de casos, contra la no-inclusión política, no contra la estructura distributiva y menos contra las relaciones sociales de producción-, mientras que en dictaduras fácticas -las democracias burguesas- lo ideológico cobra aún más relevancia), por lo que existe una retroalimentación entre la base económica y la superestructura ideológica, en cuanto la ideología sólo son las condiciones materiales de existencia (la existencia se define como lo que es, lo que no es, lo que será, lo que no será, lo probable, lo posible y lo lógico) de períodos de tiempo pasados cristalizadas en el presente, bajo determinada teleología (causa final, finalidad, que en sociedades de clase, para el caso de la ideología dominante -que es la ideología que en promedio permea la sociedad-, es la alienación), en la cabeza de los individuos. No por ello significa que la superestructura no esté sometida, en última instancia, a la base económica, así como existe una retroalimentación de la misma índole entre la fuerza de trabajo y los medios de producción (siendo estos últimos crisálidas en el tiempo de la primera) y no por ello Marx afirmó que el capital podía crear valor, sino todo lo contrario como es (o debería ser) ampliamente conocido. Que la propiedad privada, tal como Marx replicó a Proudhon, no sea un robo sino una necesidad histórica, no significa que no puedan operarse robos a través de ella (entendiendo estos como apropiaciones de trabajo ajeno que no obedecen rigurosamente a necesidades de acumulación -es decir, sin las cuales las condiciones de reproducción se romperían-, sino que obedecen a motivos subjetivos del capitalista, explicados estos a su vez de forma objetiva por la psicología que genera la categoría económica que los capitalistas personifican, que imprime en ellos la necesidad de ser voraces, codiciosos y ambiciosos; puesto que la ética es parte de la superestructura y esta ya se definió en términos objetivos, materiales y temporales, no existe contradicción entre esta afirmación y lo antes expuesto). ¿Acaso el violento, mugriento y sangriento proceso de acumulación originaria de capital descrito por Marx (que no sólo ocurrió en Europa, también en toda América Latina, aunque con una fenomenología parcialmente diferente) no requiere de un sistema ético en la cabeza de los individuos que la llevaron a cabo?, ¿o es que acaso un consecuente y devoto monge franciscano, o un pacifista, podrían haber llevado a cabo un genocidio de tal índole y magnitud? Roma no terminó de ser Roma por las lanzas que llevaban sus legiones, sino por las ideas que esas legiones, con esas lanzas, imponían en la cabeza de los pueblos que conquistaban, más no por ello es menos cierto que esas lanzas existían gracias a las condiciones materiales de existencia del Imperio mismo.

Para que no quede duda de la afirmación anterior, el mismo articulista, que no se ruboriza al hablar de dialéctica sin citar a Hegel, ha expresado abiertamente en su blog (específicamente en respuesta a comentarios que yo esgrimí en una de sus publicaciones), que la ley de la tendencia decreciente de la tasa media de ganancia no es válida científicamente. Más allá que existen sobradas verificaciones empíricas de que esta tendencia es objetiva, verificaciones que no sólo provienen de escuelas marxistas que son antagónicas en su uso instrumental de las matemáticas (como la escuela temporalista y la escuela simultaneista, por ejemplo), sino también de macroeconometristas neoclásicos como Mankiw o Blanchard (este último fue economista jefe del Fondo Monetario Internacional, que representa la ortodoxia financiera a nivel institucional supranacional), afirmar eso es precisamente ser lego en lógica dialéctica; muchos economistas buscan emplear una lógica sublime (que termina siendo muchas cosas, menos sublime), pero olvidan que la realidad existe y que hay que “contaminarse” de ella. Lo anterior es así por cuanto la sociedad comunista sin clases es la teleología histórica-social de la humanidad desde la perspectiva de Marx y, para que ello se verifique, debe existir un fundamento material y objetivo de la inviabilidad a largo plazo del modo de producción capitalista, es precisamente este fundamento la ley de la tendencia decreciente de la tasa media de ganancia, ley que cualquier empresario que posea un cierto nivel mínimo de acumulación de capital y de elevada composición orgánica del mismo, comprende con total claridad. Esta ley, planteada por vez primera por Adam Smith (según el mismo Marx), no fue simplemente resultado observacional del comportamiento de los capitalistas en la época de Marx, tampoco fue simplemente el resultado de teorizar sobre los datos que Engels enviaba a Marx sobre la estructura y dinámica productiva de sus empréstitos fabriles (lo que puede ser verificado en la correspondencia entre ellos), tampoco fue una mera continuación de los postulados clásicos sobre dicha tendencia, es también el resultado lógico de la ingeniería inversa que Marx realiza al sistema hegeliano, por cuanto los valores (que en el sistema hegeliano son la esencia, esencia que Hegel retoma de Spinoza) son “diluidos” en un mecanismo (que Hegel crea sintetizando orgánicamente todos los sistemas filosóficos que le precedieron, especialmente el metafísico de Aristóteles, que es conciliado con los requerimientos instrumentales del sistema kantiano; para el caso del sistema económico capitalista es la competencia capitalista misma) en que la premisa se presenta depurada dialécticamente en el resultado (los precios de producción, para el caso del sistema económico capitalista). Establecido lo anterior (no sólo a nivel conceptual, sino a nivel de las estructuras matemáticas con que se representan), si la dinámica económica capitalista se estudia en presencia de perpetua innovación tecnológica (que es lo que ocurre en la realidad objetiva, por ejemplo, con el caso de los teléfonos inteligentes, por mostrar un ejemplo simple y cotidiano) es inexorable que la tasa media de ganancia del sistema caiga (capítulo XIII del tomo III de El Capital), aunque como también establecería Marx en los capítulos XIV y XV de la misma fuente citada, esta ley es contarrestada a causa del desarrollo de las contradicciones internas de los componentes integrantes. Los “marxistas” (a quienes es preciso, en términos gnoseológicos, mejor llamar neo-marxistas), no comprenden que el sistema de Marx, al igual que el sistema hegeliano, es “de una sola pieza” (indivisible, o conjunto conexo, como se conoce a ciertos sistemas de conjuntos en Matemáticas), puesto que la gran fortaleza del sistema de Marx es la unificación orgánica de la ontología (la doctrina del Ser), la lógica y la teoría del conocimiento, gnoseología o epistemología, de la misma forma en que en mecánica cuántica al hablar de “Momento” no se puede hablar del “Momento” de una de las fuerzas fundamentales de la Naturaleza, porque dentro de la integral a través de la cual se calcula dicho Momento, no es posible separar dentro de la función objetivo las fuerzas fundamentales a través de ella modelada, a diferencia de lo que ocurría en mecánica clásica en que sí es posible separar las fuerzas que actúan sobre un sistema físico (por ejemplo, una palanca). Esto expresa una ontología, una lógica y una gnoseología muy clara: que la Naturaleza es orgánica e indivisible a nivel de su esencia (entendiendo la esencia, al igual que Hegel, como el fundamento de la existencia), aunque por supuesto sea posible dividir las partículas que la componen a nivel local (y que incluso, como señaló Lenin en Materialismo y Empiriocriticismo, el potencial de esta división sea tendencialmente inagotable), puesto que si no fuese posible se incurriría en una visión leibniziana de la existencia, es decir, en una visión monista extrema. Se hace referencia a otro tipo de sistemas, porque cualquier persona que posee conocimientos básicos de dialéctica sabe que la misma es una metalógica multinivel recursiva hacia el pasado o, en términos más simples, que la verdad está en lo absoluto, en la totalidad.

Así, retomando lo relativo a las sociedades humanas, la teleología intra-histórica (a nivel de un modo de producción, en este caso el capitalista, que tiene como finalidad la acumulación, concentración y centralización de capital) se somete a la teleología inter-histórica, por cuanto el mismo proceso de acumulación de capital genera las condiciones para el derrumbe económico y político del capitalismo y el surgimiento, desde las mismas entrañas del capitalismo, de una nueva sociedad, de la sociedad comunista sin clases y con ello, como expresa Marx en el prólogo de Contribución a la Crítica de la Economía Política, se pondrá fin a la prehistoria de la humanidad y se dará comienzo a un nuevo ciclo de las sociedades humanas, superando el ciclo de las sociedades de clase (aunque este nuevo ciclo generado desde ellas, desde lo que se supera), generadas desde las sociedades sin clase (a causa de la precariedad tecnológica, lo cual se explica magistralmente en El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado). Un mundo mejor es posible y no sólo es posible, sino que también se gestará y la lucha de clases será su partera, no como un hecho histórico que emanará esencialmente de la conciencia de los individuos, sino de la necesidad histórica (objetivas y materiales) de la sociedad humana en general (como establece Engels, la violencia es la partera de la Historia, lo cual ocurre también en física fundamental, por ejemplo, con el papel que los agujeros negros supermasivos al fondo de la galaxia desempeñan en las órbitras de los cuerpos celestes y estas últimas en el surgimiento de la vida, así como también a nivel más abstracto con los operadores de aniquilación halmitonianos de partículas), como la premisa que se presenta en el resultado de forma depurada y que determina dicho resultado, como una necesidad histórica que se cristalizará en la conciencia de los seres humanos cuando exista el suficiente grado de desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo. En palabras de Marx, el monopolio feudal engendró la libre competencia capitalista, esta última engendró los monopolios capitalistas y, así, se establecen gradual y progresivamente (no sin retrocesos, puesto que la evolución dialéctica de la existencia en general y en particular ocurre a manera de espiral; Lenin señaló que concebir un desarrollo lineal, uniforme y sin retrocesos es antidialéctico, anticientífico y teóricamente falso) las condiciones para esa sociedad que dará luz, justicia y dignidad a los seres humanos, la sociedad de Rimbaud y Neruda, que hará que la poesía no haya cantado en vano.

Hasta la victoria siempre.

NOTA: La imagen de presentación del artículo ha sido tomada de: https://thenextrecession.wordpress.com/2016/10/04/the-us-rate-of-profit-1948-2015/

Capital constante, salarios y Economía vulgar

Lo que aquí señala Astarita es equivalente a lo que en su momento Marx critió de Proudhon en Miseria de la Filosofía.

El objetivo de esta nota es precisar la diferencia entre el valor de una mercancía y el valor agregado por el trabajo empleado en la producción. Me motiva hacerlo una nota publicada en un periódico de izquierda, en la que se afirma que la empresa Mondelez, de la alimentación, puede pagar los salarios de sus […]

Capital constante, salarios y Economía vulgar